Esta historia aborda temas de enfermedad grave, hospitalización y momentos en los que un personaje no quiere seguir viviendo. Si estás pasando por algo parecido, no estás solo: habla con alguien de confianza.
* * *
Era una tarde normal, de esas que no prometen nada. El sol caía de lado sobre la cancha y alargaba la sombra de la portería hasta la línea de medio campo. El viento traía olor a sal, como todas las tardes, y Joe hacía años que ya no lo notaba.
Joe estaba solo. Sentado sobre el balón, con los codos en las rodillas, miraba pasar las nubes. En una vio un defensa. En otra, a sí mismo recortando hacia adentro y sacando un disparo que se colaba en el ángulo. Movió el pie sin darse cuenta, como si de verdad le pegara.
Hacía una semana que habían terminado las clases. Una semana, y la cancha ya se sentía demasiado grande.
Sus amigos se habían ido todos. Uno a la montaña con sus tíos. Otro a visitar a su papá en otra ciudad. Otro presumía fotos de un país que Joe solo conocía por los mapas de la escuela. En casa, sus padres salían temprano y volvían de noche; la comida lo esperaba en el refrigerador con una nota que casi siempre decía lo mismo.
A sus diecinueve años, a un paso de terminar el bachillerato, Joe había aprendido a estar solo. Lo que no había aprendido era a que no le doliera.
—¡Joe! ¿Qué haces ahí, pensando en tu ex? —gritó una voz desde la orilla.
Joe levantó la vista. Era Alex, que venía por la orilla de la cancha con la mochila colgando de un solo hombro y la camisa del uniforme por fuera del pantalón.
—No tengo ex —dijo Joe.
—Por eso —replicó Alex—. Pensando en la que nunca tuviste.
Joe se rio a su pesar y le lanzó el balón. Alex lo paró con el pecho, lo dejó caer y trató de hacer dos dominadas. A la segunda se le fue rodando hasta la banca.
—¿Y tú qué haces con uniforme en vacaciones? —preguntó Joe.
—No me hables de eso. —Alex se dejó caer en el césped a su lado—. Tres materias, bro. Tres. Matemáticas, física y química. Si no las paso en el curso de verano, no me gradúo.
—Te dije que dejaras de dormirte en física —le recordó Joe.
—No me dormía. Meditaba.
Hablaron de todo y de nada. Del partido del domingo, de un videojuego nuevo que ninguno podía comprar, de la maestra de química que les ponía exámenes sorpresa hasta en vacaciones. Alex le contó que el profesor le había dejado trabajos extra para subir la calificación. Joe le contó que llevaba tres días pateando el balón contra la pared.
—Qué triste suena eso —dijo Alex.
—Es triste —admitió Joe.
Alex miró la hora en su celular y resopló.
—Tengo que ir al cyber a investigar para los trabajos. ¿Te vienes? Aunque sea para que no te pongas a hablar con la pared.
Joe se encogió de hombros. No tenía nada mejor que hacer. Nunca tenía nada mejor que hacer.
—Vamos —dijo al fin.
* * *
El cibercafé estaba a cuatro cuadras, entre una tiendita y una papelería. Adentro olía a aire acondicionado viejo y a plástico caliente. Las máquinas zumbaban en fila; en una esquina, dos niños gritaban mientras jugaban en red. El encargado, un señor de lentes gruesos, les cobró una hora y les señaló las computadoras siete y ocho.
Alex abrió el buscador, escribió "leyes de Newton ejercicios resueltos" y suspiró como si le pesara el alma.
Joe no tenía nada que investigar. Abrió el navegador por costumbre y entró a una página con un logotipo amarillo y letras gruesas: Habbo Hotel.
La pantalla se llenó de un mundo en perspectiva, como visto desde una esquina alta. Un hotel enorme hecho de pequeños cuadros de colores. Salas con sillones, pisos a cuadros, fuentes, alfombras. Y personas: cientos de muñequitos pixelados caminando de un lado a otro, con globos de texto sobre la cabeza.
El avatar de Joe apareció en su sala: tenis blancos, camiseta de fútbol con el número 10 y el pelo alborotado. Sobre su cabeza flotaba su nombre: Joe_10.
Así funcionaba el hotel: se hacía clic en un cuadro del piso y el personaje iba hasta ahí, con ese paso cortito y saltarín que tenían todos. Lo que uno escribía aparecía en un globito sobre la cabeza y se iba subiendo hasta perderse en el techo. Había un botón para bailar, otro para saludar con la mano y una consola donde se guardaban los amigos y sus mensajes. Si alguien decía una grosería, el juego la tapaba con una palabra ridícula.
Para Joe era como la vida misma, pero sin que nadie pudiera verle la cara. Por eso le gustaba.
Alex se inclinó hacia su pantalla.
—¿Y eso qué es?
—Habbo —le explicó Joe—. Es como un hotel virtual. Te haces tu personaje, tienes tu propia sala y la decoras con muebles. Aquí les dicen furnis.
—¿Y para qué?
—Para platicar con gente. Hay salas públicas donde entra cualquiera: cafés, piscinas, discotecas. Y hay salas que hace la gente. Mira. —Joe abrió el navegador del juego y le enseñó la lista—. Hay hospitales, policías, restaurantes. Te dan un trabajo, un uniforme, y si cumples tu turno te pagan en créditos.
—¿Créditos?
—La moneda del juego. Con eso compras furnis, ropa, mascotas.
Alex miró su pantalla, donde las leyes de Newton lo esperaban con toda su crueldad. Luego miró la de Joe, donde un avatar bailaba solo en medio de un piso de colores.
—Enséñame a hacerme uno —pidió Alex.
—¿Y tus trabajos?
—Tengo toda la semana.
En cinco minutos, AlexRecursa existía. Gorra hacia atrás, sudadera roja y una sonrisa de dos píxeles. Alex se rio del nombre que él mismo había escogido y no quiso cambiarlo.
* * *
Esa tarde trabajaron en un hospital virtual. A Joe le dieron bata de enfermero; a Alex, de camillero. Durante una hora pasaron de sala en sala recibiendo "pacientes" que llegaban quejándose de enfermedades inventadas. Uno decía que le dolía el corazón porque su novia lo había dejado. Otro decía que se había tragado un furni.
—Esto es mejor que la vida real —escribió Alex en el chat.
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basada en hechos reales, amor a distancia, enfermedad y esperanza
Editado: 02.10.2026