En tu voz no estoy enferma

Capítulo 2 — Nube

Durante tres días, Joe trabajó en el hospital virtual. Empujó camillas, atendió pacientes que fingían desmayos y aguantó a un jefe de piso que exigía que le dijeran "doctor". El tercer día cobró sus monedas, se quitó la bata y, casi sin pensarlo, volvió al Club Massiva.

Esta vez el sillón rosa no estaba vacío.

Gr3cia estaba sentada en la misma esquina, con la misma sudadera enorme y un vasito pixelado en la mano, como si nunca se hubiera ido.

—Hola —escribió Joe.

—Hola, enfermero —contestó ella—. Todavía traes la insignia del hospital.

Joe revisó su perfil. Había olvidado quitarse la insignia del hospital. Se la quitó rápido, con la cara caliente, aunque nadie podía verlo.

—¿Y Mei? —preguntó él.

—Ya se fue. Es mi prima. Vino unos días de visita a mi casa, por sus vacaciones. Pasó a saludarme antes de irse a la playa con sus papás. Jugamos juntas un rato desde aquí.

Hubo una pausa. Luego otra línea:

—No podía quedarse mucho tiempo aquí.

Joe pensó que "aquí" significaba su ciudad, o su casa, o el juego. No preguntó. No tenía manera de saber que esa frase guardaba algo que Grecia, la chica detrás de Gr3cia, no le diría en mucho tiempo.

—¿Y Alex? —preguntó ella.

—En sus exámenes. Esta vez sí se lo está tomando en serio. Creo que es la primera vez en su vida que abre un libro de física sin dormirse.

—Qué bueno. Que se gradúe.

—Sí.

Y ahí se acabó la conversación.

Se quedaron sentados uno junto al otro sin saber qué decir. Joe preguntó qué música le gustaba; ella dijo que "de todo". Ella preguntó qué había comido; él dijo "lo que había". Sin Mei y sin Alex, que eran los que hablaban por los cuatro, el silencio entre los dos se sentía como un pasillo largo.

—¿Vamos al Lido? —propuso Joe al fin—. Aunque sea para hacer algo.

* * *

El Habbo Lido era la piscina del hotel: agua azul de cuadritos, sillas de sol, y un trampolín alto al que se subía haciendo fila. Para saltar había que cambiarse en los vestidores. Joe salió con un short de fútbol. Grecia salió con un traje de baño... y la misma sudadera encima.

—¿Te vas a meter a la piscina con sudadera? —escribió Joe.

—Tengo frío —contestó ella.

—Es una piscina de píxeles.

—Tengo frío de píxeles.

Joe se rio solo en el cibercafé. El encargado lo miró por encima de sus lentes.

Hicieron fila para el trampolín. Joe saltó primero y cayó de panza. Grecia saltó después y entró al agua limpia, perfecta, como una flecha. Después se quedaron flotando en una esquina de la piscina, mirando el cielo de mentira del Lido, donde unas nubes blancas de pocos píxeles se movían muy despacio.

—Esa parece un perro —escribió Grecia.

Joe apartó las manos del teclado.

—¿Tú también le buscas formas a las nubes? —escribió por fin.

—Todo el tiempo. Desde mi ventana se ven muchas. Es de las pocas cosas que puedo ver todos los días.

—Yo también —contestó Joe—. Desde la cancha. Me acuesto en el césped y veo jugadas. Una vez vi un defensa central tirando una barrida.

—Eso es lo más Joe que he leído en mi vida.

—¿Y tú qué ves?

El cursor de Grecia parpadeó un buen rato.

—Lugares. Lugares a los que voy a ir algún día. Una playa. Una montaña con nieve. Una cancha llena de gente gritando.

—¿Te gusta el fútbol?

—Nunca he ido a un estadio. Nunca he pisado una cancha. —Una pausa—. Cuéntame cómo es la tuya.

Y Joe le contó. Le contó del césped quemado en las esquinas, de la red rota de la portería norte, de la pared donde pateaba cuando estaba solo, del carrito de los helados que pasaba a las cinco. Le contó cómo se siente correr con el balón pegado al pie y el viento en la cara. Escribió tanto que se le acabó la hora y tuvo que pagar otra.

Grecia leyó todo sin interrumpir. Al final escribió:

—Ya la vi. Gracias.

Se despidieron tarde.

—¿Mañana? —preguntó Joe.

—Mañana. Me debes la portería sur.

* * *

Así empezaron los días.

Joe llegaba al cibercafé después de comer y Grecia ya estaba conectada, siempre, como si viviera ahí. Trabajaban juntos en el hospital y en una heladería virtual donde ella era la cajera más rápida del hotel. Juntaban sus monedas y las gastaban juntos en el catálogo.

Amueblaron sus dos cuartos. El de Joe terminó con una alfombra verde que parecía cancha, dos porterías pequeñas y una televisión que no prendía. El de Grecia era distinto: una ventana enorme con nubes pintadas, macetas en todas las esquinas, una cama blanca, una lámpara de estrellas y un estante lleno de libros que nadie podía abrir.

—Tu cuarto parece un lugar donde alguien se queda mucho tiempo —le dijo Joe una tarde.

—Es que me quedo mucho tiempo —contestó ella. Y cambió de tema.

Compitieron en guerras de bolas de nieve, perdieron juntos en trivias y adoptaron un perrito pixelado que vivía en el cuarto de ella y al que llamaron Penal. Cuando Joe no estaba conectado, Grecia le dejaba notas pegadas en la puerta de su sala: "Penal te extraña". "Hoy vi una nube con forma de balón". "Me debes la portería sur, todavía".

En algún momento, sin que ninguno lo notara, Joe empezó a decirle Nube. Porque fue lo primero que de verdad compartieron. Porque siempre estaba ahí arriba, conectada, mirando todo. Porque nunca se dejaba ver del todo.

—¿Nube? —escribió ella la primera vez.

—¿No te gusta?

—Nadie me había puesto un apodo bonito. Normalmente me ponen otros.

Joe no preguntó cuáles.

* * *

Una tarde, justo antes de despedirse, Grecia escribió algo que nunca había escrito:

—¿Me das tu número?

Joe tardó en contestar. No porque no quisiera, sino porque no se lo esperaba.

—¿Para qué?

—Para oírte. —Y luego, rápido, como para que no sonara raro—. Necesito hablar con alguien que no me pregunte cómo me siento.

Joe leyó esa frase dos veces. Después escribió su número.




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