Entre la tierra y el infierno

Kisaragi: La estación de los que no regresan

La noche del 12 de octubre de 2004, el aire en la línea de trenes locales de Shizuoka era denso, casi irrespirable. Yurika, una joven de veintitrés años, miraba su reloj con creciente impaciencia. Las 11:47 p.m. Su turno en el hospital había terminado tarde y el tren de regreso a casa, un trayecto que normalmente tomaba siete minutos, ya llevaba más de veinte sin detenerse en una sola estación.

El único sonido era el traqueteo rítmico sobre los rieles y el suave murmullo de la ventilación. En el vagón, apenas iluminado por una luz amarillenta, otros cinco pasajeros dormían profundamente, sus cuerpos balanceándose con el movimiento del tren como marionetas sin cuerdas. Yurika sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. Algo estaba mal. Muy mal.

Sacó su teléfono, un modelo antiguo con una pantalla diminuta. No era un foro, sino algo más personal. Abrió la aplicación de mensajes LINE y buscó el contacto de su padre, Kenji.

Yurika: Papá, ¿estás despierto?

La respuesta tardó unos segundos que se le hicieron eternos.

Papá: Yurika, ¿qué pasa? Son casi las doce.

Yurika: Estoy en el tren, pero algo va mal. No se ha detenido en más de 20 minutos. Normalmente solo tardo 7. Hay otras cinco personas, pero todas duermen. Estoy asustada.

Papá: ¿Será un tren expreso? A veces pasa. No te preocupes, seguro que te saltas algunas paradas.

Yurika: No, papá. He pasado por un túnel. No hay túneles en mi ruta desde Shin-Hamamatsu.

Esta vez, la respuesta de su padre tardó más. Yurika podía imaginarlo, con el ceño fruncido, intentando encontrar una explicación lógica.

Papá: ¿Puedes ver el nombre de la línea o algún letrero? ¿Has preguntado al conductor?

Yurika: No hay conductor visible. Y no, no hay letreros. Es como si... el tren no fuera el mismo.

De repente, el tren comenzó a frenar. Un chirrido metálico, agudo y lastimero, llenó el silencio. Yurika miró por la ventana. El andén de una estación solitaria emergió de la oscuridad. Las luces fluorescentes parpadeaban, revelando un lugar desierto y desolado. En un letrero descolorido, leyó el nombre: Kisaragi.

Yurika: Papá, el tren se ha detenido. La estación se llama Kisaragi. ¿La conoces?

Papá: ¿Kisaragi? No, no me suena de nada. Déjame buscarlo...

Yurika dudó. Las puertas se abrieron con un siseo neumático. El aire que entró era frío y olía a humedad y a algo más, algo metálico y antiguo. ¿Debería bajar? Los otros pasajeros ni siquiera se movieron. Antes de que pudiera decidir, las puertas se cerraron de golpe y el tren volvió a arrancar, dejándola sola en el andén.

El pánico, frío y afilado, le atravesó el pecho.

Yurika: ¡Papá! ¡El tren se ha ido sin mí! ¡Me he quedado en el andén! ¡No hay nadie aquí!

Papá: ¡No te muevas! ¡Llama a la policía ahora mismo! ¿Estás bien? ¿Qué ves?

Yurika: Solo una estación vacía. Es vieja, huele mal. Voy a llamar a la policía.

Pasaron unos minutos que se sintieron como horas. Yurika temblaba, abrazándose a sí misma. La llamada a la policía había sido un desastre. Al explicar su situación, el agente al otro lado de la línea se rio.

"Señorita, ¿Kisaragi? No existe ninguna estación con ese nombre en la prefectura. ¿Ha bebido esta noche? Esto no es una línea de emergencias para bromas."

Yurika colgó, sintiendo que el mundo se desmoronaba a su alrededor.

Yurika: La policía cree que es una broma. Dicen que Kisaragi no existe.

Papá: ¡No puede ser! Voy a buscar el mapa ahora mismo. ¡No cuelgues!

Yurika, presa de una nueva oleada de terror, se fijó en el kanji del letrero. Lo fotografió con su teléfono, aunque la imagen salió borrosa, y se lo envió a su padre.

Yurika: Mira cómo está escrito. Es extraño.

Su padre, que siempre había sido un hombre culto, respondió casi de inmediato, y su mensaje hizo que la sangre de Yurika se helara.

Papá: Yurika, escúchame con atención. El primer kanji no es el de "niebla" o "bruma". Es el de Oni. Significa "demonio". Sal de ahí. Ahora.

El corazón le martilleaba en el pecho. Buscó un taxi, gritó, pero solo el viento le respondió. No había nada. Ni coches, ni luces, ni señales de vida. Solo un túnel oscuro al final de las vías, una boca negra que parecía tragárselo todo. Decidió seguir las vías hacia el túnel. Era el único camino.

Mientras caminaba, tropezó con un cambio de agujas y cayó, raspándose las rodillas y las palmas de las manos. El dolor era real, tangible. Pero lo que la aterrorizó fue el sonido que llegó desde el otro lado del túnel.

Don... don... don...

Tambores. Un ritmo lento y monótono, como un corazón latiendo bajo tierra. Como si un ritual se estuviera llevando a cabo en la oscuridad.

Yurika: Papá, tengo miedo. Escucho tambores.

Papá: ¡No te acerques al túnel! ¡Vuelve a la estación!

Pero era demasiado tarde. Una figura apareció en la boca del túnel, a contraluz. Era un hombre. Cojeaba. Cuando se acercó, Yurika ahogó un grito. Tenía una sola pierna. La otra, faltaba por completo. El hombre, con el rostro bañado en sombras, le gritó con una voz ronca y desesperada.




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