H.T.A: Los fantasmas de las sombras.

Capítulo 1: La herencia del miedo

El vuelo de Benjamín aterrizó en Mendoza poco después del atardecer. Mientras descendía por la escalerilla del avión, una brisa seca y cálida le golpeó el rostro. Apenas puso un pie en el aeropuerto, sintió la presión de la responsabilidad cayendo sobre él como un balde de agua fría. Heredar propiedades sonaba emocionante en los papeles, pero cuando esas propiedades venían con historias de fantasmas, la cosa cambiaba.

Benjamín ajustó su chaqueta de diseñador y recorrió el pasillo hasta la salida, donde lo esperaba su chofer personal, Ernesto. El hombre, de cabello gris y porte impecable, lo saludó con la seriedad de siempre.

—Bienvenido de vuelta, señor Benjamín —dijo con una leve inclinación de cabeza.

—Gracias, Ernesto. Vamos directo a la casa de mi abuelo, quiero verla cuanto antes.

El trayecto fue silencioso. La carretera serpenteaba entre viñedos interminables y montañas recortadas contra el cielo nocturno. Apenas había iluminación, salvo por los faros del auto que pintaban sombras alargadas en la tierra seca. Benjamín apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos por un instante, pero no logró relajarse. Desde el momento en que supo de la muerte de su abuelo, una sensación de inquietud no lo abandonaba.

Finalmente, el auto giró por un camino de tierra y la vieja casona apareció en la distancia. Se alzaba imponente, con su estructura de piedra ennegrecida por los años y ventanales oscuros como ojos observándolo desde la distancia. A pesar de estar cerrada, parecía contener una presencia expectante, como si estuviera esperando su llegada.

Al bajar del auto, una extraña brisa recorrió su espalda, erizándole la piel. Se frotó los brazos con un escalofrío y giró hacia Ernesto, quien permanecía con el ceño fruncido.

—Han pasado cosas raras aquí desde que su abuelo falleció —comentó el chofer en voz baja, como si temiera que la casa pudiera escucharlo.

Benjamín resopló con una risa escéptica. No creía en cuentos de terror, pero no podía ignorar que la noche en la que le avisaron de la muerte de su abuelo tuvo una pesadilla inquietante: el anciano lo miraba con ojos hundidos y le susurraba con voz cavernosa: "Cuida la casa, pero no la mires de noche". Un sueño. Solo un sueño.

O eso quería creer.

Subió los escalones de la entrada y deslizó la llave en la cerradura. Al girarla, un crujido grave resonó en el interior, como si la casa despertara de un largo letargo. Abrió la puerta con cautela y avanzó dentro.

El aire estaba impregnado de polvo y humedad. Los muebles antiguos, cubiertos con sábanas blancas, daban la sensación de ser figuras espectrales aguardando en la penumbra. Una fina capa de polvo cubría el suelo de mármol, mostrando huellas dispersas de pisadas que no recordaba haber dejado. Respiró hondo, tratando de disipar la incomodidad que crecía en su pecho.

Decidió inspeccionar la casona de inmediato. Subió las escaleras con calma, repasando cada rincón con la mirada. Su abuelo había sido un hombre de hábitos rigurosos, y su despacho era el reflejo de ello. La gran biblioteca de madera oscura, el escritorio imponente y los cuadros de paisajes áridos le daban un aire solemne y antiguo.

Fue ahí donde ocurrió lo primero raro.

Un viejo reloj de pared, que según recordaba había dejado de funcionar años atrás, se puso en marcha de golpe. Las manecillas avanzaron solas y, un segundo después, el péndulo se balanceó con un chasquido seco. Luego, la medianoche sonó con campanadas huecas que retumbaron en su pecho.

—Bueno, abuelo, si querías asustarme, casi lo logras —murmuró con una risa nerviosa, aunque la tensión en su cuerpo no se disipó.

Pero entonces, en el reflejo de la ventana, vio algo que lo congeló en su lugar. Una sombra se deslizó detrás de él, moviéndose en la penumbra. Se giró de inmediato, pero no había nadie.

El silencio era absoluto. Solo su respiración agitada y el leve tic-tac del reloj llenaban la habitación.

Y, por primera vez, una duda incómoda se instaló en su mente.

¿Y si las historias sobre la casa eran ciertas?

A la mañana siguiente, el silencio sepulcral de la casona fue abruptamente interrumpido por el sonido de una bocina insistente en la entrada. Benjamín, aún adormilado, se asomó por una de las ventanas polvorientas y suspiró al reconocer el pequeño auto rosa de su hermana. Minutos después, Bombón irrumpió en el vestíbulo con una energía desbordante, cargando una mochila repleta de luces LED, cámaras y trípodes. Bautista la seguía con un paso más tranquilo, sosteniendo un cuaderno en el que solía anotar ideas para sus relatos de terror.

—¡Benji! —exclamó Bombón con entusiasmo—. ¿Cómo es posible que no hayas hecho ya un tour de esta mansión en ruinas? ¡La gente en TikTok se muere por estas cosas!

—Buenos días para ti también —respondió él con una mueca.

—En serio, hermano —intervino Bautista, inspeccionando los muebles cubiertos con sábanas—. Esto parece el set de una película de horror clásica. Imagina todas las historias que pueden haber ocurrido aquí…

—Sí, sí, lo que sea —dijo Benjamín, cruzando los brazos—. Solo no hagas nada estúpido, Bombón. No quiero que la gente piense que estoy vendiendo una casa embrujada.

—¿Venderla? —ella puso cara de espanto fingido—. ¡Estás desperdiciando una mina de oro! Podríamos convertirla en una atracción paranormal, cobrar entrada… ¡o mejor aún, hacer un reality show de supervivencia!




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