La tenue luz de la tarde entraba por los ventanales de la pequeña cafetería en el centro de Salta. El aroma a café recién hecho y el murmullo de las conversaciones creaban un ambiente cálido y acogedor. En una de las mesas junto a la ventana, Benjamín y Bombón compartían una cita que, para él, había sido largamente esperada.
—No puedo creer que finalmente hayamos logrado salir sin interrupciones —dijo Benjamín con una sonrisa, removiendo su café.
Bombón apoyó el mentón sobre su mano y lo miró con una media sonrisa.
—Todavía no cantes victoria… siempre pasa algo.
Benjamín rodó los ojos con dramatismo.
—No seas tan pesimista. Hoy es nuestro día, sin fantasmas, sin gritos, sin cementerios embrujados…
—Toca madera —río Bombón, dándole un pequeño golpe a la mesa de madera frente a ellos.
Se quedaron en silencio por un momento, disfrutando la compañía del otro. Benjamín no podía evitar mirarla con fascinación. Después de tanto tiempo, después de tantas bromas y flirteos de su parte, finalmente estaban compartiendo un momento tranquilo, sin peligro acechando en cada esquina.
—¿Sabés? —dijo de repente—. Nunca te había visto con el pelo así. Te queda bien.
Bombón levantó una ceja y sonrió.
—¿Recién te das cuenta? Lo tengo así desde hace semanas.
Benjamín se encogió de hombros.
—Bueno, entre la Llorona, los espectros y los ataques paranormales, no tuve mucho tiempo de admirarlo.
Bombón soltó una risa y negó con la cabeza.
—Sos un caso perdido, Benja.
—Pero te encanta —respondió él, apoyando el codo en la mesa y acercándose un poco más.
El momento parecía perfecto. Los ojos de Bombón brillaban con un toque de diversión, y Benjamín estaba listo para soltar algún comentario que la hiciera sonrojar.
Pero entonces…
La puerta de la cafetería se abrió de golpe.
Bautista irrumpió con paso apresurado, jadeando como si hubiera corrido todo el camino. Llevaba el abrigo mal puesto y los ojos desorbitados.
—¡Benjamín, tenemos un problema!
El encanto del momento se esfumó en un instante.
Benjamín cerró los ojos y apretó los puños sobre la mesa, conteniendo un suspiro de frustración.
—¿En serio? —murmuró.
—Te dije que no cantes victoria —susurró Bombón, reprimiendo una risa.
Bautista llegó hasta su mesa, inclinándose sobre ellos para recuperar el aliento.
—No es broma. Hay un caso en la iglesia de San Francisco. Algo está ocurriendo ahí y necesitamos resolverlo cuanto antes.
Bombón frunció el ceño.
—¿La iglesia de San Francisco? ¿Qué pasó?
Bautista asintió, todavía respirando con dificultad.
—El párroco dice que han estado ocurriendo cosas extrañas. Objetos que se mueven solos, susurros en los pasillos, sombras que aparecen y desaparecen… y lo peor es que el crucifijo principal cayó de la pared sin razón alguna.
Benjamín se pasó una mano por la cara, frustrado.
—No puede ser… ¡justo ahora tenía una cita!
—Sí, sí, lo que digas, Romeo —lo interrumpió Bautista—, pero tenemos trabajo.
Bombón suspiró y terminó su café de un solo trago antes de ponerse de pie.
—Vamos, Benja, antes de que la iglesia se nos venga abajo.
Benjamín los miró a ambos con resignación.
—Prométeme que, después de esto, vamos a tener una cita sin interrupciones.
Bombón sonrió, inclinándose un poco hacia él.
—Si salimos vivos… quizás.
Benjamín gruñó, pero no pudo evitar sonreír mientras la seguía hacia la salida.
Una nueva misión los esperaba… y, como siempre, el peligro acechaba en cada sombra.
La imponente iglesia de San Francisco se alzaba ante ellos, iluminada tenuemente por las farolas de la calle. Su arquitectura antigua, con sus columnas imponentes y vitrales desgastados por el tiempo, proyectaba una atmósfera solemne, pero también inquietante.
Los tres cruzaron las enormes puertas de madera con precaución. El silencio dentro del templo era casi sepulcral, roto solo por el eco de sus propios pasos sobre el suelo de mármol.
—Bien… estamos dentro —susurró Benjamín, observando a su alrededor.
Bombón encendió la linterna de su celular, iluminando los enormes bancos alineados frente al altar.
—Esto se siente… demasiado tranquilo —murmuró.
—Por ahora —agregó Bautista, caminando un poco más adelante.
El olor a incienso todavía flotaba en el aire, mezclado con un leve aroma a humedad. Las sombras bailaban sobre los muros a medida que la luz de la linterna se deslizaba por el lugar.
—¿Por dónde empezamos? —preguntó Bombón.