La luna llena iluminaba el sendero mientras los cinco estudiantes avanzaban entre la maleza espesa del bosque. Mateo, Rocío, Julián, Bianca y Tomás habían decidido aventurarse en una cabaña abandonada, lejos de la civilización, en busca de una experiencia llena de adrenalina.
La cabaña se erguía entre los árboles como una reliquia de otro tiempo. Sus paredes de madera estaban cubiertas de musgo y humedad, y las ventanas rotas permitían que la brisa nocturna susurrara a través de la estructura.
—Esto es una pésima idea —murmuró Bianca, abrazándose a sí misma.
—Relájate, Bi —respondió Julián con una sonrisa—. Solo será una noche de diversión.
El interior de la cabaña era aún más siniestro. Unas escaleras crujientes llevaban al piso superior, mientras que una chimenea de piedra ennegrecida ocupaba un rincón del salón.
Pero lo que más les llamó la atención fue un extraño libro sobre la mesa del centro.
El tomo tenía una encuadernación extraña, como si estuviera hecho de piel humana. Las páginas, de un tono amarillento y viejo, estaban cubiertas de símbolos indescifrables y extraños dibujos de figuras deformes.
A su lado, había una vieja grabadora de carrete.
—¿Qué es esto? —preguntó Mateo, tomando el libro con cautela.
Rocío revisó la grabadora y, sin pensarlo demasiado, presionó el botón de reproducir.
Un crujido salió de los altavoces antes de que una voz grave y envejecida hablara:
"Si alguien encuentra esto… escúchenlo con atención. He dedicado mi vida a estudiar este libro… el Necronomicón Ex Mortis. Sus páginas contienen antiguos encantamientos que pueden abrir portales… y despertar algo que nunca debería ser despertado…"
Mateo se rió.
—Dale, esto parece sacado de una película de terror barata.
Pero antes de que alguien pudiera responder, la voz continuó:
"Ahora procederé a leer una de sus inscripciones…"
Un cántico gutural comenzó a sonar desde la grabadora. Las palabras eran incomprensibles, pero parecían retorcerse en el aire, penetrando en la piel de los jóvenes.
De repente, el viento sopló con fuerza, azotando las ventanas. Las luces parpadearon, y un eco espectral resonó desde el bosque.
—Apaga eso… —susurró Bianca, con los ojos muy abiertos.
Pero la cinta seguía corriendo.
De pronto, un grito desgarrador se escuchó desde afuera.
Tomás corrió hacia la ventana y lo que vio le heló la sangre.
Las sombras entre los árboles se movían solas. Algo se arrastraba entre la espesura.
Y entonces, Bianca comenzó a convulsionar.
Sus ojos se tornaron completamente blancos, su cuerpo se arqueó hacia atrás de manera antinatural y una risa distorsionada escapó de su boca.
—No debieron despertar a los muertos.
Los demás retrocedieron horrorizados mientras Bianca se elevaba en el aire por fuerzas invisibles. Su piel se tornó grisácea y su cabello se erizó con electricidad estática.
Los espíritus habían despertado.
Y la posesión apenas comenzaba.
La carretera de tierra se extendía ante ellos como una grieta en medio del bosque. Benjamín, Bautista y Bombón avanzaban en el auto, con la única luz de los faros iluminando la espesa niebla que se cernía sobre los árboles.
—Díganme de nuevo… ¿por qué aceptamos este caso? —preguntó Bombón, ajustando la cámara de su celular, lista para documentarlo todo.
—Porque somos cazadores de fenómenos paranormales, ¿recuerdas? —respondió Bautista, hojeando una libreta con información sobre el lugar—. Y esta cabaña tiene un historial que no podemos ignorar.
Benjamín, quien iba al volante, mantuvo la vista en la carretera.
—Desde hace décadas se han reportado desapariciones y alucinaciones en esta cabaña —dijo con tono serio—. Los últimos en venir fueron un grupo de universitarios hace dos semanas. Uno de ellos, Tomás, fue encontrado en estado de shock a varios kilómetros de aquí, sin recordar nada.
—Y los demás… —susurró Bombón.
—Nunca aparecieron.
El silencio se instaló en el auto mientras se acercaban al destino.
Cuando finalmente llegaron, la imagen era digna de una película de terror: una cabaña antigua, con las ventanas rotas y la madera carcomida por el tiempo, en medio de un claro del bosque.
Bautista bajó primero y sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Hay algo aquí… algo que nos está observando.
Benjamín suspiró y tomó su linterna.
—Entonces, mejor entremos rápido antes de que se nos haga más de noche.
Bombón activó su transmisión en vivo mientras los tres se acercaban a la puerta.
Pero justo cuando Benjamín giró el picaporte, la puerta se abrió sola con un crujido largo y agónico.