H.T.A: Los fantasmas de las sombras.

Capítulo 2: Café Maldito

La noche había caído sobre la ciudad con un aire pesado, como si algo invisible flotara en el ambiente. La cafetería "La Estación" era un refugio para aquellos que buscaban un momento de tranquilidad en la rutina nocturna. Entre charlas bajas y el aroma de café recién hecho, los clientes disfrutaban de sus bebidas sin sospechar que esa noche se convertiría en una pesadilla.

Afuera, la niebla empezaba a deslizarse por las calles como un manto espectral. Un leve crujido hizo que algunos giraran la cabeza, pero lo ignoraron, atribuyéndolo al viento. Sin embargo, el sonido se repitió, más fuerte esta vez.

La puerta de la cafetería se abrió sola.

No fue un golpe de viento ni el vaivén de un cliente indeciso. Fue un movimiento pausado, deliberado, como si una fuerza invisible la hubiese empujado.

El murmullo de las conversaciones se desvaneció. Todas las miradas se clavaron en la entrada, donde la figura de un joven se recortaba contra la neblina exterior.

Su ropa era extraña. Llevaba un pantalón acampanado de mezclilla, una camisa con solapas anchas y un chaleco de cuero marrón. Su cabello, largo y lacio, caía sobre su rostro pálido. Parecía sacado de una fotografía antigua, de otra época.

Sin decir una palabra, el muchacho avanzó con pasos lentos y mecánicos hasta una de las mesas junto a la ventana. Se sentó y entrelazó los dedos sobre la mesa con una calma inquietante.

Una de las meseras, Victoria, intercambió miradas con su compañero en la barra.

—Debe ser algún borracho disfrazado o algo así —murmuró el barista, encogiéndose de hombros.

Pero Victoria no estaba tan segura. Había algo en la presencia del joven que le erizaba la piel.

Respiró hondo y se acercó a la mesa.

—Buenas noches, ¿qué va a querer? —preguntó con voz temblorosa.

El joven levantó lentamente la cabeza.

Sus ojos eran vacíos, pozos oscuros sin brillo.

Victoria sintió que su garganta se cerraba. La temperatura a su alrededor pareció descender de golpe.

—Señor… ¿está bien? —insistió, aunque cada célula de su cuerpo le gritaba que se alejara.

El joven abrió la boca.

No para hablar.

Sino para gritar.

El sonido que salió de su garganta no era humano. Era un alarido desgarrador, un chillido que hizo vibrar los cristales de las ventanas hasta que estallaron en mil pedazos.

Los clientes gritaron y se cubrieron la cabeza mientras los vidrios llovían sobre ellos. Algunos se lanzaron al suelo, otros corrieron hacia la salida.

Victoria, paralizada por el terror, vio cómo el rostro del joven comenzaba a cambiar.

Su piel se arrugó y resquebrajó como un papel viejo, su mandíbula se desencajó con un crujido espantoso y los ojos se hundieron aún más hasta volverse sombras sin forma.

—¡Dios mío! —gimió un cliente antes de salir corriendo.

El café quedó sumido en el caos.

Las luces parpadearon, los muebles se sacudieron como si algo invisible los estuviera moviendo. La radio de fondo, que antes sonaba con una canción suave de jazz, comenzó a emitir un ruido blanco perturbador.

Victoria se tambaleó hacia atrás, tropezando con una silla.

El joven—o lo que quedaba de él—giró la cabeza en su dirección con movimientos entrecortados y antinaturales. Su boca seguía abierta, pero el grito se había detenido. Ahora solo la miraba.

Entonces, sin previo aviso, desapareció.

No salió corriendo. No se esfumó como un fantasma clásico.

Simplemente… dejó de estar allí.

El barista se levantó temblando desde detrás del mostrador.

—¿Viste eso? ¿Qué demonios fue eso?

Victoria no pudo responder. Solo sabía que algo había entrado en la cafetería esa noche. Y que, de alguna forma, aún seguía allí.

El sol del mediodía bañaba la ciudad con su luz dorada, pero en el interior de la casa de Benjamín, el ambiente era tenso. Bombón y Bautista cruzaron el umbral con cierta cautela, observando la vieja casona con una mezcla de curiosidad y recelo.

Benjamín los recibió en la sala, donde ya tenía sobre la mesa varios papeles, su laptop abierta y una pizarra improvisada con anotaciones apresuradas.

—¿Qué es todo esto? —preguntó Bombón, cruzándose de brazos.

Benjamín sonrió con entusiasmo.

—He estado pensando en lo que pasó anoche. El video del en vivo se hizo viral, y la gente no deja de comentar sobre la figura que apareció al final del pasillo. Pero lo que más me inquieta es que… no es el único caso.

Sacó su celular y deslizó el dedo por la pantalla hasta llegar a una noticia reciente.

"Terror en la cafetería ‘La Estación’: testigos afirman haber visto un espectro antes de que los vidrios estallaran misteriosamente"

Bautista se inclinó sobre la mesa y leyó en voz alta.

—‘Algunos clientes aseguran que un joven con vestimenta de los años 70 entró al lugar, pero su rostro se deformó y desapareció ante los ojos de todos. El local ha cerrado temporalmente por reparaciones y por el impacto psicológico de sus empleados…’




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