Los tres chicos estaban en la casa de Benjamín, sentados alrededor de la mesa del comedor, con una pila de periódicos viejos, una laptop abierta y varios celulares iluminando la habitación en su búsqueda de un nuevo caso paranormal. Afuera, la noche caía lentamente, tiñendo el cielo de tonos violáceos, y el sonido de la televisión encendida en la sala apenas llegaba como un murmullo lejano.
—Escuchen esto… —dijo Bautista, rompiendo el silencio con un tono intrigado. Sostenía su celular con ambas manos, los ojos fijos en la pantalla—. Hay reportes de actividad en el cementerio municipal de Salta. Varios vecinos afirman que han visto a La Llorona rondando por el lugar.
Bombón levantó la vista del cuaderno donde había estado anotando posibles casos y arqueó una ceja.
—¿La Llorona? ¿No es solo una leyenda urbana? —preguntó con escepticismo.
Benjamín apoyó los codos en la mesa y negó con la cabeza lentamente.
—Muchas leyendas tienen algo de verdad —respondió con seriedad—. Y si la gente está viendo algo, significa que hay una presencia en el cementerio. La pregunta es… ¿qué es realmente?
Bautista deslizó el dedo por la pantalla y continuó leyendo en voz alta:
—Los testigos aseguran que escuchan gritos y llantos todas las noches. Algunos dicen haber visto a una mujer vestida de blanco deambulando entre las tumbas, y lo más extraño es que muchos aseguran haber sentido una necesidad incontrolable de sujetar una Biblia, como si algo los obligara.
Un escalofrío recorrió la habitación.
Bombón se cruzó de brazos, su expresión pasó de la incredulidad a la preocupación.
—Eso suena a una manifestación poderosa. Si lo que dicen es cierto, estamos hablando de un espíritu con gran energía residual, o algo peor.
Benjamín sonrió, con un brillo de emoción en los ojos.
—No hay mejor manera de averiguarlo que viéndolo con nuestros propios ojos.
Bautista cerró el artículo y miró a sus amigos.
—Entonces, esta noche vamos al cementerio.
El silencio se apoderó de la habitación por unos segundos. Afuera, una ráfaga de viento sacudió los árboles, golpeando las ventanas con un sonido hueco.
Bombón suspiró y tomó su mochila.
—Más vale que esta vez no salgamos corriendo como en el último caso…
Benjamín soltó una carcajada y se puso de pie.
—Eso depende de qué nos espere ahí dentro.
Pasada la medianoche, los tres chicos llegaron a la entrada del cementerio municipal de Salta. Un portón de hierro forjado, oxidado por el tiempo, se alzaba frente a ellos, crujiendo levemente con el viento. La niebla densa cubría el suelo como un velo fantasmal, deslizándose entre las tumbas y mausoleos, mientras la luz mortecina de la luna apenas lograba filtrarse a través de las nubes, proyectando sombras distorsionadas en el terreno.
Benjamín miró a su alrededor con una mueca de incomodidad y cruzó los brazos, frotándose ligeramente los antebrazos.
—Bien… esto ya se siente lo suficientemente espeluznante —susurró, tratando de sonar relajado, aunque su mirada inquieta lo delataba.
Bautista sacó su linterna del bolsillo y la encendió, iluminando un camino angosto de piedras sueltas que se perdía entre las lápidas.
—Vamos a separarnos y revisar el área. Si ven algo raro, avisen por radio —dijo con determinación, sacando su walkie-talkie y ajustándolo en su chaqueta.
Bombón lo miró con una ceja levantada y los brazos cruzados.
—¿Separarnos? ¿En serio? —su tono mezclaba incredulidad con desaprobación—. ¿No hemos aprendido nada de las películas de terror?
Bautista sonrió con confianza y le dio una palmadita en el hombro.
—Es la mejor manera de cubrir más terreno. Además… no te preocupes, no vamos a morir.
Bombón resopló y apartó la mirada, observando los oscuros callejones entre los mausoleos. La neblina ondulaba con el viento, y un escalofrío le recorrió la espalda.
—Eso decían todos en las películas de terror antes de que los mataran —murmuró, mientras se alejaba a regañadientes, sujetando su linterna con más fuerza de la necesaria.
Benjamín y Bautista la observaron desaparecer en la bruma antes de intercambiar miradas.
—Si en algún momento escuchamos un grito, prometo que saldré corriendo sin mirar atrás —bromeó Benjamín.
Bautista soltó una leve carcajada y negó con la cabeza.
—Solo concéntrate y mantente alerta. Algo me dice que esta noche no estamos solos aquí.
El viento sopló con más fuerza, haciendo rechinar las puertas oxidadas de algunas criptas. En algún rincón del cementerio, un susurro lastimero flotó en el aire, como si alguien llorara en la distancia.
Y con cada paso que daban, la sensación de ser observados se volvía más intensa.
Bombón avanzaba lentamente entre las tumbas, con la linterna en mano, iluminando a su paso las lápidas desgastadas por el tiempo. La niebla parecía espesarse a su alrededor, haciendo que el aire se sintiera pesado y denso. Sus pisadas crujían sobre la grava húmeda, pero de pronto, sintió un escalofrío helado recorrer su espalda, como si algo invisible hubiese rozado su piel.