AXEL.
—Es hora de que te levantes, Axel.
Mateo me quita la sábana de encima.
—¿Cuándo vas a dejar de comportarte así?
—Déjame en paz, Mateo.
—Tienes cosas que hacer. ¿Quién te trajo anoche? ¿Estás saliendo con alguien?
Me levanto de la cama porque conozco a Mateo y sé que no se irá hasta que esté presentable.
—No estoy saliendo con nadie, relájate, por favor. Ni siquiera recuerdo quién me trajo.
—Eso es peor, Axel. Deja de ser un irresponsable. Ahora estás al frente, compórtate.
—¿Por qué no te haces cargo tú?
—Axel...
—Eres la mano derecha de mi padre, sabes manejar todo esto.
—¿Hablaste con el abogado?
—Sí, lo hice.
—Báñate. Te espero en tu despacho.
Mateo sale de mi habitación y lo agradezco: es un dolor de cabeza, y con la cruda ya es más que suficiente.
Abro la llave. El agua helada me relaja un poco. Cierro los ojos para recordar lo que pasó anoche, pero solo recuerdo haber llegado a un bar y pedir un par de copas. Creo que tomé de más.
Madison aparece en mis recuerdos borrosos. ¿Estuvo ahí? Imposible.
Veinte minutos después estoy en lo que será mi nuevo despacho, el que era de mi padre. Pocas veces estuve aquí. La relación con él era casi nula y se reducía a un hola y un adiós. Muchos me hablan de lo buena persona y lo amable que era, pero, si me lo preguntan, Mateo ha estado más involucrado en mi vida que él.
El único recuerdo bonito que tengo es de mi último cumpleaños con mi madre viva: me compraron mi pastel favorito e invité a mis amigos del colegio. Papá me regaló una bicicleta nueva. Pero todo cambió cuando mi madre murió. Papá simplemente desapareció y me dejó al cuidado de las nanas y de Mateo.
Mateo ya está sentado en el escritorio que era de mi padre, me siento delante de él sin decir nada.
—Te he pedido algo para la cruda y para que desayunes.
—Gracias.
—Empecemos por lo básico —dice—. Proveedores, nómina y las reglas de tu padre.
Asiento. Hablamos de las lavanderías, de las empresas de alimentos y de los contratos que se renuevan cada año. Después me enseña la nómina: casi ochocientos empleados entre los tres hoteles.
—Tu padre pagaba por encima del promedio —me explica—. Y tenía una regla: nadie se despedía en diciembre. Nadie.
—¿Ni aunque hiciera algo mal?
—Ni aunque hiciera algo mal. Decía que nadie debía empezar el año sin trabajo.
Frunzo el ceño. No es lo que esperaba. Mateo sigue pasando hojas y se detiene en una que está marcada con un clip.
—Y esto —dice, y me la entrega.
Es una lista de transferencias mensuales: un hospital infantil, una beca para estudiantes de arquitectura, un comedor para familias sin casa. Todas con la firma de mi padre y todas con fechas que se remontan a más de veinte años.
—Nunca lo supiste, ¿verdad? —pregunta Mateo.
—No.
Me quedo viendo los nombres, uno por uno. Aprieto la hoja sin darme cuenta.
—Él no quería que se supiera —dice Mateo—. Decía que dar a cambio de aplausos no era dar.
Pienso en mi cumpleaños número nueve, que mi padre no estuvo. En las veces que esperé que apareciera en la escuela. Y ahora, aquí, descubro que sí tenía tiempo y dinero para extraños.
No sé si estoy enojado o confundido. Tal vez las dos cosas.
—Había muchas cosas de tu padre que no sabías —dice Mateo—, pero ahora que eres su único heredero, todo pasa a tus manos. Tú tendrás que hacerte cargo.
—¿Y qué se supone que haga con todo esto?
—Por suerte no estarás solo. Horus Alarcon seguirá siendo tu abogado. Él está al tanto de todo lo que hacía tu padre, y yo también.
—Sabes que él nunca fue un buen padre, Mateo.
Mateo tarda en responder. Al final lo hace.
—Escucha, Axel. Tienes todo el derecho de estar molesto. Tu mamá lo era todo para él, y todo lo hacía pensando en ella. Intentó darte lo mejor, aunque muchas veces no lo logró.
Tocan la puerta.
—Adelante —dice Mateo.
Es Horus.
—Hola, buenos días.
—Pasa, Horus. Estaba poniendo al día a Axel.
—¿Tuviste una mala mañana? —me pregunta Horus con una sonrisa socarrona.
—Se amaneció tomando —dice Mateo.
Le doy una mala mirada por decirlo así, sin filtro.
—Tranquilo, Axel. A tu edad yo salía desnudo en las portadas de las revistas. Cuando encuentres a la mujer correcta, dejarás de hacerlo —me sonríe.
—Bueno, empezaré a buscar candidatas en este momento —responde Mateo.
Ambos sonríen en mi cara. En ese momento tocan la puerta de nuevo.
—Adelante —dice Mateo.
Son Renata y Madison. Renata saluda con alegría, pero Madison se queda atrás.
—Buenos días —dice Mateo—. Ellas son Madison y Renata son las arquitectas encargadas del proyecto.
Cuando Mateo dice sus nombres, Horus mira a Madison algo sorprendido, como si se conocieran.
—Buenos días, Mateo —responde Madison, y le extiende la mano a Horus—. Mucho gusto, soy Madison Coronado.
—Hola, Madison. Estás preciosa. ¿Ya te lo han dicho hoy?
Levanto una ceja. ¿Acaba de coquetearle? Horus tiene edad para ser su padre.
—Sí, mi tío esta mañana. Pero gracias.
—Siéntense, chicas —dice Mateo—. Las llamé para ultimar detalles de lo que se hará. Hablemos de presupuesto, por eso está aquí el abogado de la familia.
Mateo lleva la conversación, y lo agradezco.
¿Cuál tío? Seguro uno de esos que te regala flores el día de tu cumpleaños y te pellizca la mejilla. Aun así, no puedo evitar mirar a Horus. Él sonríe de lado, muy tranquilo, como si le divirtiera algo que yo no entiendo.
Mateo abre la carpeta del presupuesto y empieza con las cifras del hotel del centro. Renata no lo deja terminar.
—Si me permites, Mateo, yo puedo explicar los avances —dice, con una sonrisa muy ensayada—. Ya tengo la paleta de colores, los materiales y la distribución del salón de eventos.
—Adelante —responde Mateo.