—Estoy muy orgulloso de ti, mi amor. Jamás pensé que te vería defenderte como lo hiciste.
—Tengo un tío abogado que me enseñó a defenderme y a no dejarme nunca.
—Estoy muy orgulloso de ti.
Mi tío me acaricia la cara. Siempre he sido su consentida, su sobrina favorita.
—Debo irme, tengo muchas cosas que hacer. Hoy invité a tu tía a una cena romántica.
—Qué romántico.
—Estoy enamorado, qué te puedo decir.
Mi tío se despide de mí con un beso en la frente. Espero a que se vaya para volver al hotel. Renata está con Mateo, así que aprovecharé para subir a la habitación de Axel. Aún tengo pendientes algunos detalles y, después de lo de anoche, no hemos podido hablar de la decoración nueva.
Camino por el pasillo que lleva al interior y ahí lo veo, mirando su celular.
—Hola —digo en voz baja.
Me mira con cara de pocos amigos.
—¿Estás bien?
—Sí —responde sin mirarme.
—¿Podemos ver lo de tu habitación? ¿Viste lo que te envié?
—¿Lo que me enviaste? —Ahora sí me está mirando.
—Te envié unas fotografías anoche, antes de ir por ti.
—¿Fuiste por mí?
—Sí, la chica de la barra me llamó.
—Diablos —lo oigo maldecir por lo bajo.
—¿No lo recuerdas?
—No, y no quiero que veas nada. Buscaré a alguien más que lo haga.
—¿Por qué? —le pregunto.
—No hay un porqué, simplemente no quiero.
—¿Estás molesto por algo? —le pregunto directamente.
—No. Me gustan las mujeres que dañan a otras mujeres. Solo es eso.
o miro sin entender. Tardo un segundo en conectar lo que acaba de decir.
Dañan a otras mujeres. Renata.
—¿Es por lo de la reunión? —pregunto—. ¿Por cómo hablé con Renata?
Axel levanta una ceja, como si no esperara que yo lo dijera en voz alta.
—No dije eso.
—No hace falta. —Me cruzo de brazos—. Ella me trató como a una asistente delante de todos. Yo solo expliqué lo que vi en el plano, y lo que vi no se podía construir. No fue personal.
—Claro que no —responde, con una media sonrisa sin gracia—. Nunca es personal.
—Axel, de verdad no entiendo por qué...
—Ni yo tengo por qué explicártelo —me corta.
Me quedo callada. No esperaba esto de él, justo hoy, después de cómo me defendió delante de Mateo. Hace un rato parecía otra persona.
Axel guarda su celular en el bolsillo y me mira de arriba abajo, rápido, como quien intenta descifrar a alguien que creía conocer.
—Hablamos otro día, arquitecta Coronado —dice al fin—. Hoy no tengo cabeza para esto.
Se da la vuelta y se va por el pasillo. Yo me quedo ahí, con la carpeta contra el pecho, intentando encontrar en qué me equivoqué.
¿Qué le hice?
Entro al hotel y me cruzo con Renata, que viene saliendo. Decir que está furiosa es quedarme corta.
—¿Cómo pudiste contradecirme allá dentro? —me dice en voz baja, para que nadie más la oiga, pero cada palabra le sale como un golpe—. Debes saber cuál es tu lugar. Eres la nueva. La nueva se queda callada y hace lo que yo diga.
Habló con calma, pero ya siento el pulso en las orejas. Detrás de ella, la recepcionista finge revisar unos papeles. Hace unos minutos me defendí con datos, frente a todos, sin levantar la voz. Ahora me exige que me achique, sin testigos, como si nada hubiera pasado.
Renata espera mi respuesta con la barbilla en alto, segura de que voy a bajar la mirada.
—Siento que estés acostumbrada a que las cosas se hagan como tú digas, pero yo no soy tu esclava. Somos compañeras. Ambas somos arquitectas.
—Esto no se va a quedar así. No sabes con quién te estás metiendo.
Renata da media vuelta y se va, y me deja ahí, parada en medio del pasillo.
Intento alcanzar a Renata, porque no traje mi camioneta y vine con ella, pero me deja. «Genial. Ahora tengo que llamar un Uber para que me lleve a la oficina». O puedo llamar a mi tío para que regrese por mí.
Saco mi celular y le envío un mensaje. Para mi buena suerte, me dice que sí, así que solo tengo que esperarlo.
Mi tío Horus llega a los diez minutos. Baja la ventanilla y me mira con una ceja levantada.
—¿Mi princesa se quedó sin transporte?
—Por favor, no preguntes —le digo, y subo al auto—. Y perdón por hacer que vuelvas
—No importa sabes que voy por ti a donde sea. —sonríe—. Cuéntame.
No le cuento todo. Solo le digo que Renata se fue y me dejó ahí. Él aprieta el volante, pero no comenta nada. Cuando levanto la vista hacia el hotel, alcanzo a ver a alguien en una de las ventanas del segundo piso. Es Axel, de pie, con los brazos cruzados, mirando hacia el auto.
¿Por qué me mira así?
—¿Sucede algo? —pregunta el tío
—No. Nada.
Arrancamos, y no vuelvo a mirar atrás.
Mi tío me lleva a la oficina. Me despido rápido porque veo la camioneta de Renata estacionada afuera.
Cuando entro, Fernando e Isaac, otro de los arquitectos del despacho, están ahí. Escucho la voz de Renata: está molesta y dice algo que no logro entender.
Renata está en la oficina de Gerardo. Está muy molesta, y yo soy el tema de conversación.
Me quedo con Fernando e Isaac, que me hacen señas para que me acerque a su escritorio.
—Entró como un huracán —dice Fernando en voz baja—. Ni saludó a nadie. Tiró la carpeta en su escritorio y se fue directo a la oficina de Gerardo.
—Y la puerta no se cerró del todo —agrega Isaac—. Se oye algo de “falta de respeto” y “me pasó por encima”. Todo el piso se enteró.
—¿Y Gerardo qué dijo?
—Nada todavía. Solo se oía a Renata.
Los dos me miran, esperando. Respiro hondo.
—Pasó en la reunión con Mateo —empiezo—. Renata presentó los planos del hotel del centro, y yo había levantado las medidas el día anterior. Ese muro del salón de eventos es de carga, y su diseño no se podía construir sin refuerzo estructural.
—¿Y se lo dijiste ahí, delante de todos? —pregunta Isaac, con los ojos muy abiertos.