Invierno

12. TRAMPA BLANCA

Los matones buscaban desesperados. Ya habían eliminado a cada ser vivo en los alrededores y sabían que faltaba una por visitar, pero no la encontraban. Con el ventanal roto, parte de la estructura había cedido ante el peso de la nieve que no dejaba de caer, por lo que la cabaña número seis estaba oculta y segura.

Aunque no por mucho.

Creyendo que estaba sobre suelo firme, uno de ellos dió un mal paso y cayó.

Tal vez su indumentaria lo salvó en algunas áreas pero los vidrios ocultos del ventanal le atravesaron piernas, brazos y un bloque de hielo afilado le salió desde atrás de la cabeza, llevándose un globo ocular en el camino.

Adentro, el ruido alertó a ambos.

—¡¿Qué chin...?! —iba Karen a decir, pero Miguel le tapó la boca, atrayéndola contra su pecho.

—Shhh...No te muevas ni digas nada —susurró en su oído.

Al estar pegada a su pecho, notó como su corazón estaba de acelerado y su respiración agitada.

Vaya, quién iba a decir que iba a terminar encerrada con él y tan cerca.

A los hombres les encantaban las damiselas en peligro, pero ese no era un papel adecuado para ella. No le iba, es más, le desagradaba profundamente ser de las lloronas que suplican por protección del macho. Sus heroínas eran fuertes, combativas y rudas. Siempre dispuestas a jugársela por quienes amaban.

No sabía quiénes eran esos tipos allá afuera, ni por qué parecía tener tanto miedo, pero una cosa sí sabía: No se iba a ir sin defenderse.

Afuera los otros dos que acompañaban al muerto, hablaron por radio.

—Encontramos la cabaña, pero está bajo la nieve totalmente. Y tenemos una baja.

Aunque caminaban con cuidado extremo, el cuarto donde estuvo Karen se había convertido en una trampa mortal y un grito alertó al tipo que hablaba por el radio.

El segundo no murió al instante, pero recibió instrucciones y recibió tres disparos.

La orden era no dejar nada vivo en ese lugar y eso incluía a los propios que resultaran heridos. No había tiempo para cargar con otros cadáveres. Solo necesitaban dos y eran los únicos que se llevarían.

Al poco tiempo llegaron dos más, quienes en conjunto abrieron fuego contra lo que sea que hubiera bajo la nieve. Después volverían por los cadáveres.

Debajo, algunas balas atravesaron.

Miguel y Karen permanecían abrazados, con los ojos cerrados, esperando lo que parecía ser su final.

Los disparos les pasaban rozando muy cerca.

Contrario a lo que el creyó, Karen no grito ni lloró. Llegó a creer que estaba muerta hasta que escuchó que murmuraba algo.

—«Caerán a tu lado mil, diez mil a tu diestra;

mas a ti no llegará.

Ciertamente con tus ojos mirarás y verás la recompensa de los impíos.

Porque has puesto a Dios, que es mi esperanza, Al Altísimo por tu habitación».

Cuando terminó, los disparos cesaron y los tipos se fueron.

Seguían vivos, ilesos.

—Vaya, funcionó... —dijo asombrada— ¿Estás bien?

—Creo que sí. No me siento ningún hoyo extra.

Karen rió.

—Menso.

—¿Estabas rezando?

—Me acordé de un salmo. Hay cosas rescatables en ese libro que tantos usan para matar.

—No es seguro quedarnos aquí. Tenemos que irnos.




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