Capítulo I
La batalla que no podían ganar
El combate no tuvo nombre.
Después, cuando los partes militares redujeron aquella mañana a unas pocas líneas, nadie mencionó el polvo, el hambre ni el modo en que los hombres buscaron el rostro de su general antes de disparar. Solo quedó escrito que una avanzada patriota había intentado contener el paso de las fuerzas realistas en la Quebrada y que, superada en número, se había retirado hacia Jujuy.
Pero el general Tomás Alvarado supo, antes del primer tiro, que aquella retirada podía decidir el destino de la Revolución.
Era agosto de 1812.
La avanzada se había apostado al sur de Maimará, donde la Quebrada se ensanchaba apenas antes de volver a cerrarse entre los cerros. El Río Grande corría bajo y turbio entre bancos de piedra. A un lado del camino se agrupaban casas bajas de adobe, corrales de pirca y patios de tierra; al otro, las acequias repartían un hilo de agua entre pequeñas parcelas de maíz, alfalfa y hortalizas. Con la luz de la mañana, las laderas mostraban franjas ocres, rojas y verdosas que parecían cambiar cada vez que el polvo cruzaba frente a ellas.
Maimará no tenía murallas ni cuarteles. Su defensa eran la estrechez del paso y el conocimiento que sus pobladores tenían de cada cauce seco, cada sendero y cada recodo. Aquella mañana las puertas permanecían cerradas. Las familias habían escondido los animales que todavía conservaban y mantenían a los niños dentro de las casas. Desde la loma, Tomás no oía voces: solo el agua de las acequias, algún cencerro lejano y el viento golpeando los techos de barro.
Desde lo alto de una loma pedregosa observó la columna que descendía por el camino del Alto Perú. Primero distinguió las bayonetas; luego, los jinetes y las mulas de carga. La vanguardia de Pío Tristán avanzaba hacia San Salvador de Jujuy con más hombres, mejores armas y una certeza que los patriotas habían perdido después de la derrota de Huaqui: la certeza de que el norte volvería a obedecer al rey.
Tomás contó las filas dos veces.
—Son demasiados —dijo el capitán Isidro Aramayo.
—Lo eran antes de que empezaras a contarlos.
Isidro miró a los sesenta y tres hombres distribuidos detrás de piedras, cardones y cercos bajos. Algunos pertenecían al Ejército del Norte; otros eran milicianos del valle, arrieros y peones que habían llegado con sus propios caballos. Llevaban fusiles de distinto calibre, lanzas improvisadas y pólvora para sostener apenas unas descargas.
—Belgrano ordenó que retrasemos el avance —recordó Isidro—. No que nos hagamos matar.
Tomás mantuvo la vista en el camino.
—Por eso vamos a hacer que crean que somos más.
—¿Y cuando descubran que no lo somos?
—Ya no estaremos aquí.
Había elegido una curva estrecha, bordeada por una pendiente de piedras sueltas. Los realistas tendrían que reducir la marcha y adelantar la caballería para reconocer el terreno. Si los patriotas conseguían desordenar la primera línea, ganarían algunas horas. No era una victoria. En aquella guerra, a veces unas horas eran lo único que separaba a una ciudad de la destrucción.
Tomás llevaba tres noches sin quitarse las botas. El uniforme estaba oculto bajo un poncho oscuro y una venda le rodeaba la mano izquierda. Tenía treinta y cuatro años, pero el cansancio le había marcado el rostro como si hubiera envejecido durante una sola campaña. No era el más alto ni el que hablaba con mayor fuerza. Sin embargo, cuando recorría la línea, los soldados enderezaban la espalda.
—No disparen hasta que lleguen a la piedra blanca —ordenó—. Elijan un blanco y no desperdicien pólvora.
Se detuvo junto a Julián, un muchacho de Tilcara que sostenía el fusil con los dedos rígidos.
—Respirá.
—Estoy respirando, mi general.
—No. Estás esperando morir. Es diferente.
Julián soltó el aire. Tomás apoyó una mano sobre su hombro.
—Mirá el camino, no las bayonetas. Cuando lleguen a la marca, apuntá al hombre que da las órdenes.
Meses atrás, habría sentido vergüenza de enseñarle a un muchacho a escoger a quién matar. La guerra había llenado su conciencia de contradicciones. Combatía para impedir que un monarca lejano siguiera decidiendo sobre aquellas tierras, pero la Revolución de Mayo aún no había dado origen a una nación ni había declarado la independencia. Unos hablaban de libertad; otros, de gobernarse mientras el rey permaneciera cautivo. Muchos solo sabían que distintos ejércitos exigían los mismos caballos, el mismo maíz y los mismos hijos.
Tomás temía que la Revolución terminara pareciéndose demasiado al poder que pretendía reemplazar.
Por eso recordaba los nombres.
No permitía que sus soldados fueran apenas números en un parte.
La columna realista alcanzó la piedra blanca.
El golpeteo de los cascos ya se distinguía del ruido del río. Tomás oyó el crujido de los correajes, las órdenes de los oficiales y la respiración agitada de sus propios hombres. Detrás de la vanguardia, la infantería avanzaba en filas cerradas, con las bayonetas inclinadas sobre los hombros. A espaldas de los patriotas, Maimará seguía en silencio.
#4905 en Novela romántica
#1543 en Otros
#291 en Novela histórica
guerra belica, romance y tragedia, violencia amor dolor tristeza y vida
Editado: 24.09.2026