La Costura De Los Silencios

Capítulo II Los nombres que faltaban

Capítulo II
Los nombres que faltaban

La mujer llegó a la plaza cuando empezaban a leer los nombres.

Había dejado el caballo en la calle lateral, atado a la sombra estrecha de un alero, y había recorrido a pie las últimas cuadras. Desde lejos escuchó el murmullo de la multitud. Al acercarse, distinguió los llantos, las preguntas repetidas y la voz del soldado que intentaba imponerse desde la puerta del cuartel.

La plaza estaba llena. Hombres con sombreros gastados se empujaban para oír. Mujeres con niños en brazos pedían que repitieran un apellido. Algunos habían caminado desde parajes distantes y sostenían todavía el polvo del camino sobre la ropa. Nadie miraba a nadie durante mucho tiempo. Cada familia esperaba una palabra que podía devolverle a un hombre o terminar de arrebatárselo.

El soldado leía despacio, pero no por compasión. Tropezaba con los apellidos, corregía una fecha, pasaba una hoja. Separaba a los muertos de los heridos y a los prisioneros de aquellos cuyo paradero se desconocía. A veces levantaba la cabeza y pedía silencio. La multitud callaba apenas unos instantes; después volvían las súplicas.

Catalina Tolaba atravesó el gentío de costado, protegiéndose con un brazo. Una mujer intentó sujetarla por la manga.

—¿Oyó nombrar a los de la partida del norte? —preguntó—. Mi hijo iba con ellos.

Catalina negó con la cabeza y siguió avanzando.

Había escuchado la lista completa. El nombre de su marido no estaba entre los muertos. Tampoco entre los heridos, los prisioneros ni los hombres que habían regresado. Aquella ausencia, que al principio le había permitido conservar la esperanza, empezaba a parecerse a otra forma de condena.

Dos soldados cerraban el acceso al cuartel.

—No se puede entrar —dijo uno.

—Necesito hablar con el coronel Valcárcel.

—Todos necesitan hablar con el coronel.

Catalina sostuvo su mirada.

—Dígale que pregunta por él doña Tolaba.

El apellido produjo el efecto que ella esperaba. Los Tolaba poseían tierras, animales y una casa que las autoridades conocían bien cada vez que necesitaban alojamiento, alimento o una nueva contribución para la Corona. El soldado vaciló antes de apartarse.

—Espere aquí.

Catalina no esperó. Apenas el hombre entró al corredor, lo siguió.

El cuartel olía a cuero húmedo, tabaco y cuerpos que llevaban demasiados días sin descanso. Había fusiles apoyados contra una pared y mantas extendidas sobre el piso. Un escribiente inclinaba la cabeza sobre un libro. Ni siquiera levantó la vista cuando Catalina pasó junto a él.

Al final del corredor encontró una puerta cerrada.

Golpeó una vez.

Nadie respondió.

Volvió a golpear, ahora con el puño.

—Coronel Valcárcel.

Del otro lado se oyó un movimiento apresurado, el roce de una hebilla y una voz que Catalina no alcanzó a comprender. Insistió hasta que la puerta se abrió.

El coronel Sebastián Valcárcel apareció acomodándose el cuello de la camisa. Tenía el cabello revuelto y el cinturón todavía sin ajustar. Detrás de él, sobre una cama angosta, una mujer permanecía de espaldas. Sus hombros temblaban. Intentaba contener el llanto contra la almohada para que nadie la oyera.

Catalina no pudo verle el rostro.

Valcárcel salió al corredor y cerró la puerta con rapidez.

—Doña Tolaba —dijo, molesto—. Hay formas más prudentes de solicitar una audiencia.

Catalina miró la puerta cerrada antes de responder.

—Acaban de leer las listas.

—Como puede comprobar, estoy ocupado.

—Mi marido no figura en ninguna.

El coronel terminó de abrocharse el cinturón. Su indiferencia fue más precisa que cualquier insulto.

—Su marido acompañaba una misión de reconocimiento.

—Lo obligaron a guiarlos porque conocía los caminos.

—Prestó un servicio a Su Majestad.

—¿Dónde está?

Valcárcel suspiró. Miró hacia el patio, donde la multitud seguía reclamando noticias, y habló como si Catalina le exigiera una respuesta sobre una mula extraviada.

—La partida cayó en manos de los insurgentes. Tomaron prisioneros a los oficiales y a los hombres que los acompañaban.

Catalina se aferró a esas palabras.

—Entonces está vivo.

—No he dicho eso.

—Ha dicho que fue tomado prisionero.

—Hace semanas. Esos hombres apenas consiguen alimento para sus propias tropas. ¿Cree que pueden sostener prisioneros?

—Quiero saber lo que ocurrió, no lo que usted supone.

Los ojos del coronel se endurecieron.

—Lo más probable es que se hayan deshecho de ellos. Los revolucionarios hablan de libertad mientras degüellan a quienes no pueden llevar consigo.




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