Capítulo III
Lo que se decía en voz baja
La noche no terminó cuando Teodoro se llevó la montura.
Catalina permaneció junto a la mesa, con las manos apoyadas sobre el libro de cuentas, hasta que la llama de la lámpara comenzó a inclinarse. Escuchó el viento contra los postigos, el crujido de las vigas y el paso de los animales que todavía quedaban en los corrales. Cualquier ruido podía ser Teodoro regresando. También podía ser una patrulla.
Subió a su habitación sin desvestirse. Dejó la declaración de muerte de su marido sobre una cómoda y se acostó del lado que había ocupado desde su desaparición. La otra mitad de la cama permanecía intacta. Durante diez meses había evitado acercarse demasiado, como si conservar aquel espacio pudiera impedir que la ausencia terminara de adueñarse de él.
Cerró los ojos.
Imaginó al muchacho llegando al molino viejo. Después lo vio detenido por los soldados, obligado a abrir la montura. Imaginó las puntadas cortadas, el papel extendido sobre una mesa y las iniciales C. T. repetidas por Valcárcel mientras enumeraba a todas las personas de la hacienda capaces de escribir.
Volvió a abrir los ojos.
Antes de enviar el mensaje, la horca había sido una amenaza pronunciada en voz alta. Ahora podía verla: dos postes levantados en la plaza, una cuerda y el rostro enfermo de su padre obligado a presenciarlo.
Catalina se incorporó. A lo lejos ladró un perro. Esperó oír cascos, pero el silencio regresó.
No durmió.
Antes de que amaneciera se recogió el cabello en una trenza, se cubrió con un mantón de lana y salió al patio. El frío de agosto se había acumulado contra los muros de adobe. Más allá de la galería, las primeras líneas de luz comenzaban a separar los cerros del cielo.
La finca Tolaba despertaba de a poco. Una muchacha llevaba agua desde la acequia. En la cocina se encendía el fogón. Dos peones revisaban las sogas y las herramientas sin hablar. Nadie se acercaba todavía a los corrales vacíos.
Catalina sí lo hizo.
Las cuarenta y ocho mulas habían dejado una extensión de tierra removida, algunas hebras de pelo enganchadas en las pircas y un olor que el viento pronto borraría. Los soldados también se habían llevado seis sacos de maíz más de los anotados en la orden. Catalina los había visto cargar, pero no discutió. Después de rechazar a Valcárcel, cualquier protesta habría servido para prolongar su presencia.
Contó los animales restantes.
—No van a alcanzar para levantar la cosecha —dijo una voz detrás de ella.
Damiana se acercaba con un cuenco de mate cocido entre las manos. Llevaba el cabello gris cubierto por un pañuelo y caminaba sin prisa. Había servido en la casa desde antes de que Catalina aprendiera a leer y era la única persona, además de don Gregorio, capaz de reprenderla sin pedir permiso.
—Alcanzarán si usamos los bueyes para los carros —respondió Catalina.
—Los bueyes están flacos.
—Entonces habrá que reducir las cargas.
Damiana le ofreció el cuenco.
—Y usted tendrá que aprender que una noche sin dormir no devuelve los animales.
Catalina bebió. El calor le dolió en el estómago vacío.
—¿Se nota tanto?
—Desde la cocina. Cuando usted no duerme, empieza a caminar antes que las gallinas.
Catalina miró hacia el sendero de la acequia. No había movimiento.
—¿Teodoro volvió?
—No lo vi.
—Si regresa, avisame antes de que hable con nadie.
Damiana entrecerró los ojos.
—¿Pasó algo?
—Necesito saber qué averiguó sobre las mulas.
La respuesta salió demasiado rápido. Damiana no insistió, pero tampoco pareció creerle.
—La buscan en la cocina —dijo—. Hay que decidir cuánto maíz se reparte esta semana.
La cocina era la habitación más cálida de la casa. Del techo pendían atados de hierbas, ristras de ajos y tiras de carne que habían escapado a la requisa. Sobre una mesa ancha, dos mujeres separaban granos y retiraban los que habían comenzado a pudrirse.
Rosa, la más joven, llegaba tres veces por semana para lavar la ropa de la casa y llevar algunas prendas de los oficiales que pagaban por el trabajo. Vivía cerca del río con su madre y dos hermanas. Desde que los ejércitos ocupaban los caminos, el lavado se había convertido en una fuente de noticias tan constante como el correo.
La otra mujer se llamaba Pascuala. Vendía quesos, huevos y pequeñas bolsas de harina en la plaza. Su hermana trabajaba en la casa de don Eusebio Álvarez, uno de los propietarios que recibía a los oficiales realistas cada vez que atravesaban la localidad.
Las dos callaron cuando Catalina entró.
—Sigan —dijo ella.
Damiana colocó tres medidas de maíz sobre la mesa.
—Esto queda para la casa. Lo demás no alcanza para todos.
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Editado: 29.09.2026