La Falsa esposa del Alfa

Capítulo 1: El velo de las sombras

El frío que entraba por el ventanal abierto no se comparaba con el pánico que congelaba la recámara principal de la mansión Belmont.

​Sobre el suelo de madera noble, las sábanas de seda estaban revueltas y una cuerda improvisada de terciopelo colgaba hacia los jardines traseros. Aveline, la única hija legítima, la protegida del linaje, había huido antes de que el sol despuntara sobre las colinas.

​—¡Encuéntrenla! ¡Rastreen los establos, revisen los caminos! —gritó Lord Belmont, con la voz rota y las manos temblando sobre el escritorio de caoba—. Si Radek llega a las puertas y no hay novia, quemará la mansión con todos nosotros adentro.

​Vespera permanecía de pie en el rincón más oscuro de la habitación, con las manos entrelazadas al frente, la mirada fija en el suelo y la respiración calculada. Llevaba el uniforme gris ceniza de la servidumbre, la tela áspera que había vestido desde que tenía memoria. Nadie en esa casa la miraba a menos que fuera para ordenar que sirviera el té o limpiara la sangre derramada en los salones de entrenamiento.

​Era la bastarda. La sombra. Una supuesta beta sin valor en una sociedad donde las castas decidían el destino de la sangre.

​Un estruendo sordo sacudió los cimientos de la fortaleza.

​No fue un golpe en las puertas; fue algo mucho más pesado. Una vibración invisible que atravesó la piedra, densa y helada como el invierno en las montañas del norte. El aire de la estancia se volvió de pronto espeso, difícil de tragar.

​Lady Belmont cayó de rodillas junto al tocador, sofocando un jadeo mientras se llevaba una mano al pecho. Los guardias apostados en el pasillo dieron un paso involuntario hacia atrás, bajando la cabeza con el instinto encogido por el terror.

​Valerius Radek había cruzado los portones exteriores.

​Su aura de mando avanzaba antes que sus tropas, un peso asfixiante que no requería palabras para imponer sumisión. Era el poder implacable de un Alfa dominante, un recordatorio físico de que la guerra había terminado y que los Belmont no eran más que cenizas bajo sus botas.

​Vespera apretó los dientes en silencio. Sus rodillas intentaron ceder, pero su cuerpo, curtido por años de golpes, trabajos pesados y privaciones, se negó a quebrarse. En su bolsillo, sus dedos rozaron el pequeño frasco de vidrio que llevaba oculto: el supresor clandestino que su madre le había administrado desde los catorce años para borrar cualquier rastro de aroma y hacerla pasar por una insignificante beta.

​—No hay tiempo —susurró Lady Belmont, levantando la vista del suelo con los ojos enrojecidos. Su mirada desesperada recorrió la habitación vacía, ignoró a su esposo paralizado y se clavó con una ferocidad cruel directamente en Vespera.

​La señora de la casa se puso de pie con dificultad, tambaleándose por el efecto del aura que saturaba la mansión.

​—Tú —dijo, señalándola con un dedo tembloroso—. Tienen la misma estatura. El mismo color de cabello.

​Lord Belmont abrió los ojos con horror, comprendiendo al instante.

​—Es una bastarda, una sirvienta... Ni siquiera tiene aroma. Si Radek descubre el engaño—

​—¡Radek nunca ha visto el rostro de Aveline! —lo interrumpió su esposa con un siseo desesperado—. El contrato estipula el velo cerrado hasta el lecho en su bastión. Si le entregamos a ella, ganaremos semanas. Si no le entregamos nada, nuestros cuellos estarán en la plaza antes del mediodía.

​Lady Belmont se acercó a Vespera, tomándola con fuerza del cuello del uniforme. Sus uñas se clavaron en la tela barata.

​—Pagarás la deuda de esta casa. Te pondrás el vestido, caminarás hacia el altar y mantendrás la boca cerrada.

​Vespera no apartó la vista. No tembló ante la aristócrata venida a menos. Su mente procesaba cada segundo restante con la frialdad de quien no tiene nada que perder.

​—Mi madre —dijo Vespera, con una voz baja, firme y desprovista de emoción.

​—¿Qué?

​—El invierno la matará si se queda en las barracas de los sirvientes —añadió, sosteniendo la mirada de la mujer que la había despreciado toda su vida—. Un carruaje hacia el sur, una asignación mensual de oro y medicinas garantizadas para sus pulmones. Si no firman el salvoconducto ahora mismo, pueden dejar que Radek entre y corte sus gargantas. No daré un solo paso hacia ese altar.

​Lord Belmont vaciló, pero el sonido de cascos pesados de caballos blindados y botas militares resonó en el patio principal. El tiempo se había agotado.

​—Hecho —escupió el noble, garabateando con furia en un pergamino con el sello familiar y arrojándoselo a los pies—. Ahora vístanla.

​Las doncellas se abalanzaron sobre ella con dedos temblorosos. Arrancaron el sayal gris y le calzaron el corsé de seda oscura, apretando las cintas con una violencia que le arrancó el aire de los pulmones. El vestido de novia de Aveline, un diseño aristocrático de encajes negros y brocados severos, cayó sobre sus hombros como una armadura fúnebre.

​Aprovechando el revuelo de las faldas y el velo, Vespera deslizó la mano en su jubón, extrajo el frasco carmesí y, con un movimiento rápido y certero aprendido en las sombras, clavó la fina aguja en la base de su nuca.




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