La Falsa esposa del Alfa

Capítulo 2: El precio de la rendición

El silencio en la estancia pesaba más que el oro prometido en el tratado.

​Las pisadas de Valerius Radek resonaban con la cadencia de una marcha fúnebre sobre el entablado antiguo. No miró a Lord Belmont, que permanecía encorvado junto a la chimenea apagada, ni a Lady Belmont, cuya respiración agitada delataba el pavor que sentía por el aura helada que saturaba la habitación.

​Para el Alfa Supremo de Colmillo de Hierro, los nobles de Rosa Negra no eran más que alimañas arrinconadas.

​Valerius se detuvo a medio paso de Vespera.

​La diferencia de porte era brutal. Su figura alta y ancha, ceñida en el abrigo militar con hombreras de piel de lobo negro y cadenas de plata, proyectaba una sombra espesa sobre ella. De él emanaba una frialdad cortante, un aroma metálico a nieve amarga y acero templado que buscaba, por puro reflejo biológico, doblegar la espina dorsal de cualquier criatura a su alrededor.

​Vespera clavó los ojos en la línea de sus botas de combate. Sentía los músculos de la garganta arder bajo el efecto anestésico del bloqueador químico; cada respiración sabía a ceniza amarga. La presión invisible del aura de Valerius intentaba forzarla a caer sobre sus rodillas, pero ella conocía bien el dolor físico. Los años de cargar calderos hirvientes, fregar suelos bajo el azote del invierno y soportar los desplantes de su padre le habían dado algo que Aveline jamás poseyó: una resistencia sorda y obstinada.

​No tembló. No se encogió.

​Bajo el velo negro de encaje espeso, su pecho subía y bajaba con un ritmo monótono, casi artificial.

​Una mano enguantada en cuero negro se alzó lentamente.

​Vespera tensó los hombros de forma imperceptible cuando los nudillos de Valerius rozaron la tela del velo, justo a la altura de su barbilla. La frialdad del cuero contra su piel a través de la seda fue como el roce de una navaja.

​—De modo que esta es la joya del clan —dijo él.

​Su voz no fue un grito, pero la vibración grave sacudió el aire. Era un tono denso, cargado de esa autoridad aplastante que obligaba a los soldados a morderse la lengua.

​Lord Belmont dio un paso tembloroso hacia adelante, frotándose las manos crispadas.

​—El... el acuerdo está sellado en los términos acordados, mi señor Radek. La sangre más pura de Rosa Negra es suya para garantizar la paz en las fronteras. Ella... ella ha sido instruida para ser sumisa y leal a su nuevo señor.

​Valerius ni siquiera ladeó la cabeza para mirar al viejo noble. Mantuvo los dedos suspendidos junto a la mandíbula cubierta de Vespera.

​Había algo en el ambiente que no cuadraba con sus expectativas. Esperaba lágrimas contenidas, el sollozo ahogado de una doncella mimada que acababa de perder sus carruajes dorados y su corte de sirvientes. Esperaba el olor empalagoso del pánico de una omega aristocrática. En cambio, lo único que llegaba a sus sentidos agudos era un vacío desconcertante: una neutralidad absoluta, casi inodora, acompañada de una compostura que rozaba la insolencia silenciosa.

​—No escucho sus lamentos, Lord Belmont —murmuró Valerius, y el filo en su voz hizo que Lady Belmont se cubriera la boca con un pañuelo—. O su hija es demasiado tonta para comprender su destino, o el orgullo de su casa es más ciego de lo que creía.

​—Aveline... sabe cuál es su deber —tartamudeó el padre, con una gota de sudor frío resbalándole por la sien, consciente de que si el velo se levantaba antes de tiempo, el fraude terminaría en ejecución sumaria.

​Los ojos ambarinos de Valerius se estrecharon, fijos en la silueta oculta tras el encaje.

​—Muévete —le ordenó directamente a ella, empleando un tono tajante, una orden de mando diseñada para arrastrar a cualquier subordinado sin derecho a réplica.

​Vespera no titubeó. Levantó apenas la cabeza, manteniendo la vista fija al frente a través de los arabescos del velo, y dio un paso firme hacia adelante, esquivando el contacto de sus guantes sin parecer evasiva.

​La reacción desconcertó al Alfa por una fracción de segundo. No había rastro de titubeo en su andar, ni el arrastre de pies torpe de quien jamás ha usado zapatillas de boda. Caminaba como una sombra que conoce el peso exacto de cada tabla del piso.

​Valerius soltó un bufido bajo, seco, que pareció más una advertencia que una muestra de diversión.

​—Llévenla al carruaje blindado —ordenó a los guardias de Colmillo de Hierro que custodiaban la puerta—. Y que nadie se atreva a tocarle un cabello hasta cruzar la Puerta del Cuervo. Si los Belmont intentan alguna estupidez en el camino, quemen los graneros y cuelguen a los centinelas.

​—Entendido, Alfa.

​Dos soldados con armaduras completas y capas de lobo se apostaron de inmediato a los costados de Vespera. Ella no miró hacia atrás. No buscó el rostro de Lord Belmont, ni el falso llanto de la mujer que la había tratado como basura. Su único consuelo era el salvoconducto firmado que descansaba oculto en las barracas de los sirvientes, el boleto con el que su madre cruzaría las fronteras del sur antes del anochecer.

​Al cruzar el umbral hacia el patio exterior, una ráfaga de viento helado azotó las faldas oscuras de su vestido de novia.




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