La Falsa esposa del Alfa

Capítulo 3: La mirada del lobo

El traqueteo del carruaje sobre el camino pedregoso era el único sonido que competía con la tensión sofocante del compartimento.

​Vespera no esperó a que Valerius contara el segundo segundo. Con movimientos lentos, medidos y sin una sola pizca de prisa o temblor en las manos, alzó los brazos enguantados en encaje. Sus dedos encontraron el borde del pesado tul negro y lo retiraron hacia atrás con una calma que desafiaba la exigencia del Alfa.

​La tela oscura cayó sobre sus hombros, dejando al descubierto su rostro bajo la luz pálida y fría que entraba por la pequeña ventanilla enrejada.

​Valerius no parpadeó.

​Esperaba encontrarse con la belleza típica de las doncellas que los clanes vencidos solían ofrecer como tributo: mejillas sonrosadas por el llanto, pestañas húmedas y esa fragilidad empalagosa que imploraba piedad antes de recibir el primer castigo. Pero la mujer sentada frente a él no encajaba en ninguna de esas categorías.

​Vespera era dueña de una belleza afilada, casi letal. Poseía la simetría y los pómulos altos del linaje Belmont, pero en ella no había rastro de la molicie de los salones nobles. Su piel tenía la palidez austera de quien ha pasado inviernos sin el calor de las chimeneas principales; sus labios, de un carmesí natural y lleno, estaban firmemente sellados en una línea de cautela imperturbable. Y sus ojos, oscuros, profundos y alertas como los de un animal nocturno acorralado, no esquivaron el contacto con las pupilas ambarinas del Alfa.

​Por primera vez desde que cruzó las fronteras de Rosa Negra, la mandíbula de Valerius se tensó.

​Inclinó el torso hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre los muslos, invadiendo el espacio personal de ella hasta que el calor y la ferocidad de su presencia llenaron cada rincón. Su mirada recorrió centímetro a centímetro las facciones de Vespera: la línea limpia de su mandíbula, la curva de su cuello expuesto sobre el corsé oscuro y la ausencia total de rubor en sus mejillas.

​—Los informes decían que la primogénita de Belmont era una criatura de porcelana que se desmayaba al ver una espada desenvainada —dijo Valerius, con la voz baja, áspera y cargada de una sospecha punzante—. Pero tú no tienes ojos de muñeca, Aveline.

​Vespera sostuvo la respiración un instante. La dosis clandestina en su torrente sanguíneo mantenía a raya cualquier aroma, pero su corazón dio un latido sordo contra las costillas ante el nombre falso. El engaño estaba en marcha.

​—Los informes suelen ser redactados por hombres que confunden el silencio con la debilidad, Alfa —respondió ella. Su tono fue sereno, bajo y desprovisto de arrogancia, pero con una firmeza que resonó clara en la madera del coche.

​Valerius entrecerró los ojos. El desconcierto se transformó en una chispa peligrosa de curiosidad.

​Acercó el rostro, tanto que Vespera pudo sentir el vaho gélido de su respiración contra la comisura de sus labios. Él inhaló hondo, buscando con sus sentidos desarrollados el rastro dulce y sumiso que toda omega de cuna debía desprender tras ser arrancada de su hogar; ese aroma que, según el pacto, debía servir como trofeo de sumisión para demostrar a sus tropas que el clan enemigo estaba domesticado.

​Nada.

​Solo percibía el olor seco del encaje viejo, el hierro del carruaje y una neutralidad gélida que resultaba antinatural para una supuesta omega de sangre pura.

​—Hueles a ceniza —murmuró él, y una mano áspera, con los nudillos marcados por cicatrices de combate, subió hasta cerrarse con una presión firme y posesiva sobre la garganta de Vespera—. A ceniza y a nada. ¿Dónde está el aroma de la noble omega que me prometieron para sellar la rendición y apaciguar a mi manada?

​El agarre de Valerius no buscaba asfixiarla de inmediato, pero el peso de su palma era una advertencia implacable de la facilidad con la que podía quebrarla. A pesar del dolor de los dedos cerrándose sobre su cuello, Vespera no retrocedió ni forcejeó. Simplemente clavó sus ojos oscuros en los orbes dorados de su captor y dejó que su voz saliera raspada, pero entera:

​—Mi hogar ha sido destruido y mi clan está arrodillado ante sus botas. No espere que perfume su carruaje mientras me lleva como prisionera a su fortaleza.

​El silencio volvió a caer como plomo. Durante un segundo eterno, la fuerza del Alfa aumentó una fracción, probando el límite de su resistencia física. Vespera no apartó la vista; aguantó la presión sin soltar un solo quejido, con las uñas clavándose discretamente en las palmas de sus manos dentro de los pliegues de la falda para no traicionar el dolor.

​Una sombra de sonrisa fría y peligrosa curvó la comisura de los labios de Valerius. Soltó su cuello con lentitud calculada, dejando las marcas rojas de sus dedos grabadas en la piel pálida de ella.

​—Me alegra saber que tienes espinas, pequeña noble —dijo él, recostándose de nuevo contra el asiento de cuero mientras el carruaje empezaba a subir la cuesta empinada hacia los pasos de montaña—. Porque en el Bastión de Colmillo de Hierro la fragilidad es un defecto que se castiga con la muerte. Veremos cuántos días sobrevive ese orgullo una vez que crucemos mis murallas.




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