El mundo es el libro que une cada hoja de papel.
De esos libros que no se abren solos.
De esos que, cuando se cierran, aplastan el aire.
Las mantiene juntas con sentencia, no con afecto.
No las abraza:
las encuaderna.
El lomo aprieta.
El hilo atraviesa.
El pegamento fija lo que nunca pidió permanecer.
Ninguna hoja elige el capítulo donde será colocada.
Solo queda adherida,
numerada,
clasificada.
Ellas no eran invitadas.
Eran fijadas
Al principio, una hoja fue blanca.
No blanca de pureza.
Blanca de ignorancia.
No sabía lo que significaba ser presionada contra el lomo.
No entendía que cada palabra escrita con fuerza
deja relieve al reverso.
Que la tinta no solo mancha la superficie:
la debilita.
Algunas son leídas con cuidado.
Otras se pasan rápido.
Otras se doblan en la esquina para no olvidar algo
que en realidad nunca importó.
El libro no ama a sus páginas.
Las contiene.
Y contener no es lo mismo que proteger.
Las manos que la tocaron no parecían violentas.
Sabían sostener.
Sabían doblar con precisión.
El primer pliegue fue leve.
Casi una caricia.
Después vino otro.
Y otro.
El papel no tiene músculos para resistir.
No puede tensarse.
No puede apartarse.
Solo cede.
Las arrugas comenzaron a multiplicarse.
No todas eran visibles al abrir el libro.
Algunas quedaban ocultas entre páginas cerradas,
aplastadas en la oscuridad.
Hubo presión en los bordes.
Uñas marcando líneas invisibles.
Palabras impresas con tal fuerza
que perforaban.
La hoja aprendió a no crujir.
A no mostrar el sonido del desgarro interno.
Aprendió que mantenerse plana
era la única forma de no ser arrancada antes de tiempo.
Pero el tiempo nunca fue aliado.
Cada vez que el libro se abría,
la hoja temblaba en silencio.
No por el aire.
Por la anticipación del siguiente pliegue.
Y un día, sin aviso,
las mismas manos que la habían marcado
decidieron que ya no encajaba.
No hubo discusión.
No hubo pausa.
Los dedos se deslizaron hacia el centro.
Sujetaron cerca del lomo.
Y tiraron.
El sonido fue húmedo.
Fibra desgarrándose desde dentro.
No un corte limpio.
Un arrancamiento.
El hilo cedió tarde.
El pegamento resistió.
La hoja se partió antes de liberarse.
Una parte salió en manos ajenas:
arrugada, perforada, saturada de tinta.
Otra parte quedó adherida al lomo.
Pequeños fragmentos blancos,
mezclados con pegamento seco y restos de papel.
Fibras abiertas que jamás serían retiradas.
El libro no se deformó.
Se cerró con firmeza.
Desde afuera parecía intacto.
El índice no cambió.
Las páginas siguientes ocuparon el espacio.
Pero en el interior,
donde nadie mira,
quedaron restos incrustados.
No por memoria.
Por fuerza.
La hoja dejó de existir como hoja.
No fue quemada.
No fue guardada.
Fue descartada.
Y el libro siguió.
Abriéndose.
Cerrándose.
Aceptando nuevas hojas blancas
que aún no sabían
lo que significa
ser arrancadas desde el centro.
La parte arrancada no cayó lejos.
Quedó doblada sobre sí misma,
con el lomo todavía incrustado en la fibra.
Un pedazo incompleto.
Irregular.
Con el centro desgarrado como una boca que no termina de cerrarse.
No fue llevada al fuego.
No fue triturada.
Fue dejada.
Y el libro siguió abriéndose.
Desde el suelo, la hoja podía escuchar el sonido.
Ese roce seco de páginas nuevas.
El susurro de otras fibras aún intactas.
El peso del volumen cerrándose con la misma firmeza de siempre.
El mundo no se detuvo.
La parte que quedó pegada al lomo tampoco murió.
Se secó ahí.
Aplastada.
Incrustada entre pegamento y costura.
No podía verse al pasar las páginas.
Pero estaba.
Como una astilla invisible.
Cada vez que el libro se abría,
esa fibra atrapada se tensaba.
No lo suficiente para soltarse.
Solo lo suficiente para recordar.
El libro incorporó hojas nuevas.
Blancas.
Lisas.
Flexibles.
No sabían del sonido del arrancamiento.
No sabían que el lomo no olvida:
solo absorbe.
La hoja en el suelo comenzó a curvarse.
No por voluntad.
Por humedad.
Por abandono.
La tinta que la atravesaba empezó a expandirse,
difusa, como si las palabras ya no pudieran sostener forma.
Y sin embargo,
seguía siendo hoja.
Fragmentada.
Inútil para el libro.
Pero todavía consciente del desgarro.
Lo más cruel no fue ser arrancada.
Fue entender que el libro
nunca dependió de ella.
Que el vacío que dejó
fue rellenado sin esfuerzo.
Que su ausencia
no alteró el índice.
La parte adherida al lomo jamás sería retirada.
Nadie desmonta un libro por restos.
Se prefiere ignorar la irregularidad.
Así que el libro vivió con esa cicatriz interna.
Invisible.
Funcional.
Y la hoja, ya separada,
aprendió algo tardío: