La Marca que no Elegí

El despacho del piso cuarenta y dos

—Quiero que trabaje para mí. Directamente. Como asistente personal.

Gabriel lo dijo sin rodeos, con la misma calma con la que un rato antes había hablado de notificaciones y plazos legales, como si una cosa y la otra pertenecieran al mismo tipo de trámite.

—Ya trabajo para usted —dijo Irene—. Para Contino Holdings, en concreto, pero el organigrama dice que sí.

—No me refiero a eso. —Se apartó del borde de la mesa y caminó hasta el ventanal, dándole la espalda un momento, algo que Irene interpretó como un gesto calculado: quería que ella lo mirara sin sentirse observada—. Lo que quiero decir es que deje el puesto de analista. Su escritorio pasaría a estar junto al mío, en la planta ejecutiva. Reportaría solo a mí. Y su expediente médico no llegaría al Ministerio porque, a efectos legales, dejaría de existir como un caso pendiente de revisión.

—Eso no es una promoción. Es un secuestro con firma de por medio.

Gabriel se giró y algo parecido a una sonrisa —la segunda de la tarde, tan poco cálida como la primera— le cruzó la boca.

—Podría llamarlo así. Yo prefiero llamarlo protección.

—La protección no suele venir con condiciones.

—Todo viene con condiciones, señorita Sáenz. La diferencia es que yo se las digo antes de que las descubra por su cuenta.

Irene se quedó con la carpeta apretada contra el regazo, calculando de nuevo, esta vez con más urgencia. Si rechazaba la oferta, el expediente iría al Ministerio en menos de tres días y ella terminaría clasificada, evaluada y asignada como si fuera una pieza de inventario. Si la aceptaba, entraba en un terreno del que no conocía ni el tamaño ni las salidas. No había una tercera opción escrita en ningún lado, y los Contino no tenían fama de dejar puertas abiertas por descuido.

—¿Qué condiciones?

Gabriel volvió a sentarse frente a ella, esta vez más cerca, y sacó de la carpeta un documento nuevo, de varias páginas, con el membrete de Recursos Humanos y un título tan aséptico que resultaba casi ofensivo: Contrato de asistencia ejecutiva — cláusula de confidencialidad ampliada.

—Horario disponible las veinticuatro horas si un asunto lo requiere. Acceso restringido a información sensible de la corporación, con firma de no divulgación. Alojamiento provisto por la empresa mientras dure el contrato, en un edificio con seguridad propia.

—¿Alojamiento provisto por la empresa?

—Sí.

—Eso significa que quiere saber dónde duermo.

—Eso significa que quiero que esté en un lugar donde nadie pueda hacerle preguntas sobre sus análisis de sangre sin que yo me entere primero.

La frase debería haber sonado protectora. A Irene le sonó a jaula con vista panorámica.

—¿Y si digo que no?

—Entonces mantengo mi obligación legal de notificar la anomalía, y usted pasa a depender de los tiempos del Ministerio en lugar de los míos. —Gabriel dejó el bolígrafo sobre el documento, sin presionarla a tomarlo—. No le estoy dando una opción buena. Le estoy dando la menos mala que puedo ofrecerle sin comprometerme yo también.

Al menos era honesto respecto a eso. Irene había esperado manipulación disfrazada de generosidad, y en cambio se encontraba con un hombre que exponía el precio con la misma frialdad con la que exponía las cifras de un balance. Resultaba casi más inquietante que si hubiera fingido bondad.

—¿Por qué yo? —preguntó—. Podría haber pasado esto a Cumplimiento y lavarse las manos. Es lo que hace la mayoría de la gente con su apellido.

Gabriel tardó en responder lo suficiente para que Irene entendiera que la pregunta le había tocado algo que no pensaba nombrar en voz alta esa tarde.

—Porque su padre trabajó en un lugar que a mi familia le interesa mucho que nadie recuerde —dijo, al fin—. Y prefiero tenerla cerca, donde pueda vigilar lo que sabe, a que el Ministerio la interrogue sin que yo controle las preguntas.

No era una respuesta tranquilizadora. Era, sin embargo, la primera vez en toda la conversación que Irene sentía que Gabriel decía algo cierto sin medir cada palabra antes de soltarla.

—Así que esto no es sobre protegerme a mí.

—Es sobre las dos cosas a la vez. —Gabriel la miró con una franqueza que no encajaba con el resto de su actuación—. No voy a fingir que es solo generosidad. Tampoco voy a fingir que no le conviene.

Irene bajó la vista al contrato. Las cláusulas se apilaban en un lenguaje diseñado para cansar a cualquiera antes de la página cuatro: renuncias, autorizaciones, límites de horario que en realidad no limitaban nada. Pensó en su madre firmando papeles en el hospital estatal con la mano temblando, en la caja bajo la tabla suelta del armario, en el proveedor de la calle Ferrer que todavía no había confirmado el envío. Pensó en que aceptar significaba mudarse a un edificio vigilado por la misma corporación que probablemente había firmado la sentencia de muerte de su padre sin saber su nombre.

—Necesito tiempo para leerlo con calma.

—Tiene diez minutos.

—Eso no es tiempo, es una cortesía fingida.

—Es lo que puedo ofrecerle sin que Cumplimiento empiece a hacer preguntas sobre por qué la reunión se alarga. —Gabriel se recostó en la silla, sin prisa aparente, aunque algo en la tensión de su mandíbula decía lo contrario—. Puede leerlo entero si quiere. Puede leer la mitad y confiar en que no la estoy engañando en la parte que se salte. O puede firmarlo ahora y leerlo después, cuando ya esté a salvo de una notificación al Ministerio.

—Ninguna de esas opciones sirve si usted decide mentirme en algo que no leí.

—Cierto. —No lo negó, y eso, extrañamente, pesó más a favor de Gabriel que cualquier promesa hubiera pesado—. Pero si quisiera hacerle daño, señorita Sáenz, tenía maneras mucho más simples de hacerlo hace veinte minutos, cuando entró a este despacho sin saber lo que yo ya sabía sobre usted.

Podría tener razón. Irene detestó reconocerlo incluso dentro de su propia cabeza.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.