La Marca que no Elegí

Lo que no dicen los contratos

El escritorio nuevo olía a madera sin usar y a limpiador industrial, un olor que a Irene le pareció más honesto que cualquier bienvenida verbal. Estaba a seis metros del despacho de Gabriel, separado por un tabique de cristal que no ocultaba nada y no dejaba pasar sonido, una combinación que le resultó incómoda desde el primer minuto: podía verlo trabajar, pero no sabía nunca de qué hablaba por teléfono.

—Esto es tuyo desde hoy. —Marta dejó sobre la mesa una carpeta gruesa, con una expresión que no terminaba de ser alegría ni tampoco preocupación—. Bienvenida a la planta ejecutiva, supongo.

—¿Supones?

—No sé cómo llamar a lo que te acaba de pasar, Sáenz. —Marta bajó la voz, aunque en ese piso nadie parecía estar cerca para escuchar—. Ten cuidado con lo que firmas aquí arriba. La letra pequeña de Cumplimiento es amable comparada con la de este piso.

Se fue antes de que Irene pudiera preguntarle nada más, dejándola con la carpeta y con una sensación de aviso que no terminaba de encajar con la curiosidad velada de Marta en la reunión del día anterior.

Darío Contino pasó junto a su escritorio dos minutos después, sin detenerse del todo, con la clase de mirada que evalúa a alguien de arriba abajo sin molestarse en disimularlo.

—Así que tú eres la nueva incorporación de mi hermano. —Sonrió con una simpatía que no le llegaba a los ojos—. Corre rápido, la noticia.

—Analista de riesgos —dijo Irene, sin darle más información de la necesaria.

—Claro. —Darío se apoyó un segundo en el borde de su escritorio, como si el espacio también le perteneciera a él—. Gabriel no suele traer gente nueva a este piso. Debes de tener algo que le interesa especialmente.

No esperó respuesta. Siguió caminando hacia el ascensor con las manos en los bolsillos, dejando a Irene con la certeza incómoda de que acababa de ser observada por alguien capaz de convertir cualquier detalle suyo en información útil contra su hermano.

Abrió la carpeta. Dentro había un documento nuevo, de apenas cuatro páginas, titulado Anexo de conducta ejecutiva, que nadie le había mencionado el día que firmó el contrato principal.

Lo leyó de pie, sin sentarse, porque algo en el primer párrafo le pareció serio de una forma que no encajaba con leerlo cómoda.

El anexo establecía que cualquier comunicación con medios de prensa, funcionarios del Ministerio o "terceros ajenos a la corporación" debía ser reportada dentro de las veinticuatro horas siguientes. Establecía también que el uso de dispositivos personales durante el horario laboral quedaba sujeto a revisión, y que cualquier ausencia no justificada de más de dos horas requería autorización expresa de su supervisor directo. El supervisor directo, según la primera página del contrato firmado el día anterior, era Gabriel.

Irene cerró la carpeta y cruzó los seis metros que separaban su escritorio del despacho sin anunciarse.

—¿Esto también forma parte del trato?

Gabriel levantó la vista de la pantalla con una calma que a Irene le pareció, por primera vez desde que lo conocía, un poco ensayada.

—Forma parte del puesto.

—Ayer dijiste que las condiciones eran las que estaban en el contrato. Esto no estaba en el contrato.

—Está en el anexo, que se firma junto con cualquier puesto de la planta ejecutiva. No es algo que haya diseñado para ti en particular.

—Eso no responde a mi pregunta.

Gabriel dejó el bolígrafo sobre la mesa y la miró con una atención que ya no tenía nada de la cortesía distante del día anterior.

—Mi pregunta es otra: ¿qué parte exactamente te incomoda? Porque si es la de reportar contacto con el Ministerio, entiendo la desconfianza. Si es la de justificar dos horas de ausencia, me cuesta creer que sea un problema real para alguien que hasta ayer tenía que justificar su vida entera con un frasco de mercado negro.

El golpe llegó bajo y certero, y Irene sintió que la cara se le calentaba antes de que pudiera decidir si era vergüenza o rabia.

—No tenías que decir eso de esa manera.

—Tienes razón. No tenía que decirlo así. —Gabriel no bajó la mirada ni suavizó el tono, pero algo en la frase sonó a disculpa incompleta, de las que se dan sin ceder terreno—. Lo dije porque necesito que entiendas que este anexo no es un capricho de control. Es la única forma que tengo de que nadie más en esta corporación pueda usar tu situación en tu contra sin que yo me entere primero.

—Suena a la misma frase de ayer con otras palabras.

—Porque es la misma razón, Irene.

Era la primera vez que decía su nombre de pila, y a ella le sorprendió lo natural que sonó en su boca, como si llevara tiempo evitándolo a propósito.

—Necesito poder salir de este edificio sin pedir permiso como si fuera una adolescente con toque de queda.

—Puedes salir cuando quieras. Lo que necesito es que me avises si vas a estar fuera más de dos horas, porque si alguien de Cumplimiento pregunta por ti y no sé dónde estás, no puedo cubrirte.

—¿Cubrirme de qué, exactamente?

Gabriel dudó, algo que no había hecho en ningún momento de la conversación del día anterior, y esa duda le dijo a Irene más de lo que cualquier respuesta directa hubiera podido decirle.

—De preguntas que todavía no sé cómo vas a responder si te las hacen sin mí delante.

Irene se quedó con la carpeta contra el pecho, calculando de nuevo, tratando de decidir si estaba frente a un hombre que ejercía control por costumbre familiar o frente a alguien que de verdad estaba tratando de sostener un equilibrio imposible entre protegerla y vigilarla. Las dos cosas, sospechaba, no eran tan distintas como a Gabriel le convenía creer.

—Voy a firmar el anexo —dijo, al fin—. Pero quiero que sepas que no confío en él. Ni en el anexo ni en la persona que lo redactó.

—No hace falta que confíes. Hace falta que funcione.

Volvió a su escritorio con el anexo bajo el brazo y la sensación exacta de haber perdido una discusión sin haber cedido en nada importante, una contradicción que la acompañó durante el resto de la mañana mientras revisaba, por primera vez, los archivos que su nuevo puesto le daba permiso de consultar.




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