La teoría de las cinco voces

Llevar el mando

Despertar cada día era una mezcla de confusión, un intento de recordar las últimas horas de mi vida. Ya no sabía cómo explicar el cansancio que me embargaba; desconocía su origen. Últimamente todo me confundía: era como tener un rompecabezas al que le faltan piezas en mi cabeza.

Ni siquiera recordaba cómo había llegado, hace una hora, al consultorio.

La terapeuta me observaba desde su impecable y cómodo asiento, con una libreta en su mano, mientras el ambiente se distinguía por ser cálido. La psicóloga poseía una sonrisa dulce, pero camuflada con rigor para revelar mis traumas; esos que apenas comenzaban a hacer consciente.

—Alejandra —intervino la terapeuta con paciencia—. No me has dicho cómo han estado tus días. ¿Cómo van las cosas en casa?

─Bien, supongo —respondí sin mucho que acotar, jugando con mis manos.

—¿Cómo están tus amigas? La última vez me dijiste que eran cuatro mujeres y que todas convivían juntas, aunque a veces te enloquecían.

─Así es —respondí con firmeza, sonriendo con una seguridad que no poseía—. Laura, Mía, Brenda y Sofía. Ellas me alegran el día; son mi equipo. A veces me cuesta creer lo afortunada que soy de tenerlas en mi vida. Cada una es muy diferente, pero todas tenemos algo en común.

—¿Qué es eso que las une?

─Todas somos sobrevivientes de nuestra propia historia.

La terapeuta me observó con una compasión infinita.

—¿Quieres hablarme de ellas y de cómo te sientes con cada una?

Eso no era tan difícil. Miento. Describirlas era una hazaña del día a día; todas sabían sorprenderme.

—¿Qué quiere que le diga que ya no le haya dicho?

De pronto, sentí como si mi espalda se enderezara de golpe. La postura pasó de relajada a firme, al igual que mi voz.

—Bien —continuó la terapeuta—. Me gustaría conocerlas.

—Brenda —articulé de repente, ajustando mi compostura militar—. Ella es muy disciplinada, sabe manejar el control y los tiempos, y siempre está en alerta. No la culpo, la vida la ha llevado a ser muy protectora.

—¿Por qué lo dices? —inquirió la terapeuta.

─Ha tenido que resistir mucho. Sus padres están separados y le tocó estar en diferentes lugares como Coveñas, Magangué, Cartagena, Buenaventura y Barranquilla desde muy pequeña. Tuvo que crecer en diferentes casas (padre, tías, padrastro y academia militar). Su padre es ludópata; ¿se puede imaginar eso? Un padre vicioso del juego; ella tenía que guardar silencio ante las miles de deudas que acumulaba día con día bajo la promesa de que no volvería a suceder y evitar que en su casa se enteraran. Y solo tenía catorce años.

─Una carga muy grande para una joven que está aprendiendo a conocer el mundo. Y ahora, ¿sigue atrapada en ese mundo?

─No, ahora está en rehabilitación y pronto le darán de alta. Eso es lo que dicen los médicos. Él está haciendo un gran esfuerzo.

—Un nuevo comienzo para ambos —demandó la terapeuta.

─Por otro lado, está su padrastro: un gran hombre que la crió sin distinciones, la apoyó en todo lo que se ha propuesto, pero la vida parece quitarle lo que le dé fuerza y estabilidad.

—¿Por qué lo dices? ¿Quieres contarme qué sucede entre ellos?

—Por injusticias de la vida, por confiar en la gente equivocada y cubrir la necesidad que los embargaba. Fue traicionado. Un amigo le pidió un favor: que le llevara un pedido a otra ciudad, ya que él se dedicaba a llevar paquetes de varias empresas, y él accedió sin dudarlo porque eran compadres de toda la vida —solté una sonrisa sarcástica—. Iluso, siendo un militar, no sé cómo pudo confiar a ciegas. Ahora está pagando una condena en prisión que no merece por tráfico de drogas, y la justicia en este país deja mucho que desear. Habían dado un fallo a favor de mi padrastro; sabían que él no tuvo nada que ver. Estábamos felices y al día siguiente echaron todo para atrás y lo condenaron por dos años.

—Eso debió ser muy frustrante y un golpe muy fuerte.

─Para qué negarlo, pero hay que seguir adelante. No se puede cambiar el mal sistema de este país que solo funciona para el que tiene dinero o influencias.

—Estás enojada, eso es comprensible. ¿Y tu madre?

─Bien. Brenda habla con ella casi todos los días; viaja constantemente por trabajo.

—¿No la extrañas?

—Ya me acostumbré a su ausencia, pero por lo menos está pendiente de mí. No puedo sentir rencor; ella hizo lo que pudo para mantenerme y darme una buena vida después de que se enteró de que mi padre la engañó y que ella era la tercera en una relación “consolidada”.

—Un estigma que pesa en los hombros por nacer fuera de un matrimonio.

─No, realmente. Ya estaban separados cuando nací. Nació. Además, son un desastre juntos. Mejor que cada quien esté por su lado.

—¿Y en el amor? —indagó la terapeuta.

─Dos “errores en su vida”, por no decir fracasos amorosos —sonreímos con gracia, sin pasar los límites de la confianza—. El primero envuelve la inocencia, el secreto, la novedad. Mis padres no me daban permiso para tener novio y él me hacía divertirme, descubrir cosas nuevas, la aventura. Pero cuando empecé a notar que eso me distraía de mis obligaciones, quise terminar con él y todo terminó mal.

—¿En qué sentido? ¿Te hizo daño? ¿Qué edad tenías?

─Quince. El muy cínico terminó hablando mal de ella, manipuló situaciones e intentó ponerla en conflicto con su madre. Todo fue un caos; me decepcioné mucho de él, pero aprendí que si le das poder a una persona para que entre a tu vida con falsas promesas, es capaz de querer destruirte aun cuando diga que te quiere.

─Una mala experiencia, sin embargo, es muy maduro que hayas llegado a esa reflexión a una corta edad.

─Brenda es experta en reflexionar sobre las situaciones y pasar página rápidamente para seguir con su vida.

─Mencionaste dos errores, ¿qué sucedió con el segundo?

─ El segundo, había mucho cariño, creo que se compenetraron mucho. Me hizo confiar de nuevo en alguien, en sentirme querida y apoyada en muchos sentidos, pero la vida nos llevó por caminos distintos: uno para Pereira y yo me quedé en Cartagena. No podía dejar mi poca estabilidad para irme con él a probar suerte.




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