La Viuda Del General

Capítulo 1

Capítulo 1

—¿Está segura, doctora?

—Míralo tú misma.

La doctora voltea la pantalla hacia mí y, aunque no logro entender la mitad de lo que aparece ahí, puedo ver la pequeña bolita que se mueve, una cosita que se estira y se encoge como si ya tuviera prisa por conocerme.

—Por el tamaño, deduzco que tienes doce semanas.

—¿Doce? —Me incorporo tanto en la camilla que el gel se me escurre por la panza—. ¿Tanto tiempo?

—Así es, Esmeralda. Con tantos falsos positivos es fácil no ver los síntomas, porque una deja de creerle a su propio cuerpo. —Sonríe y me aprieta la mano—. Llevas años esperando esto, y mira, al fin es real.

Quiero contestarle algo, pero la garganta se me cierra y lo único que me sale es una risa rara, mitad sollozo, mientras los ojos se me llenan de lágrimas que no me molesto en limpiar.

Cinco años de matrimonio y de pruebas de farmacia que me ilusionaban para nada, de dos rayitas que al final resultaban un error, y ahora resulta que este chamaquito llevaba tres meses instalado aquí adentro sin pedir permiso. Ni en eso se parece a mí, que pido perdón hasta cuando me pisan.

Mirando hacia atrás, debió ser la noche que tomamos de más en el cumpleaños de su madre. Yo llegué con él a fuerzas, porque esa mujer me odia desde antes de casarme, pero Ramón estaba tan animado que hasta me sacó a bailar delante de todos, y yo, que nunca bailo porque siento que las miradas me pesan el doble, bailé con él hasta que me dolieron los pies. Después entendí que era su manera de hacerme feliz antes de irse, porque ya sabía que lo mandaban a una misión muy larga.

—¿Quieres escuchar el latido?

Asiento sin poder hablar, y cuando el cuarto se llena de ese golpeteo rápido y terco, me tapo la boca con las dos manos para no ponerme a chillar como loca delante de la doctora.

—Es fuerte —dice ella—. Igual de necio que su mamá, que nunca se rindió.

Me imprime la ecografía y la guardo en la bolsa como si fuera un billete de mil, bien doblada entre mis papeles para que no se maltrate. Salgo del hospital con las piernas temblando y la sonrisa tan pegada a la cara que una enfermera me la devuelve sin conocerme.

Como Ramón todavía no regresa de su misión, decido ir a ver a mis suegros. La idea me revuelve el estómago, pero también me da una esperanza tonta, porque tal vez ahora que al fin les voy a dar un nieto, doña Petra me acepte. Tal vez hasta me mire a la cara cuando me saluda, que para ella ya sería un milagro más grande que el que traigo en la panza.

Voy tan distraída acomodando la bolsa que no veo al niño hasta que choco con él y lo mando dos pasos para atrás.

—¡Ay, perdón! ¿Estás bien, cariño?

Él asiente, pero tiene los ojos rojos, como de alguien que lleva rato aguantándose el llanto.

—¿Seguro? Mira que estoy gorda y a lo mejor te golpeé con fuerza.

Para mi sorpresa, sonríe.

—No está gorda. A mí me parece una chica guapa.

—Qué cosas dices —me río, y las mejillas me arden.

—Ay, señora, no me haga caso. —Se rasca la cabeza y levanta un papelito que trae en la mano—. Es que tengo que vender este último billete para tener para comer.

Es un billete de lotería. Lo miro a él con más cuidado, porque no puede tener más de ocho años y, por su aspecto, no parece un niño de la calle.

—¿No tienes papás?

—Sí tengo, pero mi mamá se enfermó y mi papá siempre anda cansado, porque todo lo que gana se le va en las medicinas. Yo vendo esto después de la escuela para ayudarles con la comida.

El corazón se me arruga. Tan chiquito y ya cargando con cosas que a muchos adultos les quedan grandes. Busco el monedero en la bolsa sin pensarlo dos veces.

—A ver, ¿cuánto cuesta ese billete?

A él se le ilumina la cara.

—¿De verdad me lo va a comprar?

—Por supuesto. Creo que hoy es mi día de suerte.

—¡Seguro que sí, señora guapa, seguro se lo gana! Tenga, cuesta veinte pesos.

Le doy el dinero y recibo el billete, y como no puedo irme así nada más, saco un caramelo que traía en la bolsa y se lo pongo en la mano.

—Bien. Si me gano esto, regreso a buscarte y le pago el tratamiento a tu mamá.

—¿De verdad? —Abre los ojos tan grandes que casi me da risa.

—Es una promesa.

—¡Promesa! —repite, y sale corriendo con sus veinte pesos y su caramelo antes de que me dé tiempo de preguntarle cómo se llama.

Guardo el billete junto a la ecografía sin fijarme mucho y paro un taxi en la avenida. Le doy la dirección de mi suegra y, mientras el carro avanza, me voy preparando psicológicamente para sus desplantes. Esa mujer me detesta desde antes de la boda y nunca se ha tomado la molestia de disimularlo, porque para ella soy la gorda sin familia que le arruinó la vida a su hijo, que merecía algo mejor.

Pero la realidad es que Ramón me ama. Siempre me ha tratado bien y, aunque no vivo con lujos, llevo una vida tranquila, de esas que una no cambia por nada.

—Y ahora mi felicidad está completa, porque te tengo a ti —digo en voz baja, acariciándome el vientre.

El taxista me mira por el retrovisor como si le hubiera hablado a él. Le sonrío y se pone a ver el camino muy concentrado. Pobre, seguro piensa que estoy loca, y hoy no tengo ganas de sacarlo de su error.

Ensayo en la cabeza cómo se lo voy a decir a doña Petra. Primero le enseño la ecografía, antes de que abra la boca, porque si la dejo hablar primero ya no me va a dejar terminar, y luego que ella decida si quiere seguir odiándome con un nieto de por medio.

Cuando el taxi se detiene frente a la casa de mis suegros, hay varios carros estacionados afuera. Mi suegro es general retirado, así que no es raro ver vehículos militares en la puerta. Lo que sí es raro es ver el carro del tío de mi esposo.

Ese hombre es frío como pocos, casi nunca viene a las cenas familiares, y las únicas veces que lo he visto fueron en nuestra boda y cuando murió la abuela de Ramón. Hoy no hay boda, así que no sé qué hace aquí, y el estómago se me aprieta antes de que la cabeza termine de pensarlo.




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