Capítulo 2
Las palabras de mi suegro se quedan flotando en la sala, y yo me quedo esperando que alguno de esos hombres de uniforme diga que hubo un error y que Ramón viene en camino.
Nadie dice nada. Mi suegra sigue llorando, uno de los hombres baja la mirada al piso y mi suegro se pasa la mano por la cara como si quisiera arrancarse lo que acaba de decir.
—No —me escucho decir—. Eso no puede ser, Ramón está en una misión, él me dijo que iba a regresar, él me prometió que…
Las piernas dejan de sostenerme. La bolsa se me resbala del hombro, alguien grita mi nombre, y lo último que alcanzo a pensar es que tengo que caer de lado, por el bebé, antes de que todo se apague.
Cuando abro los ojos estoy acostada en una cama que no es la mía, en una de las habitaciones de la casa de mis suegros.
Junto a la cama, sentado en una silla con la espalda tan derecha que parece que la silla le debe dinero, está Adrián Montenegro. El hermano menor de mi suegro, el hombre frío que en todos estos años no ha cruzado conmigo más palabras que un saludo.
Intento levantarme de golpe y el cuarto entero se me va de lado. Él se inclina y me detiene con una mano en el hombro, firme pero sin apretar.
—Quédese en cama. No es fácil perder a su marido.
Perder a su marido.
Lo que dijo mi suegro me cae encima otra vez, completo, y no puedo reprimir el llanto. Me tapo la cara con las manos, pero el pecho se me sacude tan fuerte que la cama tiembla conmigo.
—Lo siento —le digo, sorbiéndome los mocos sin ninguna dignidad—. Pero me duele, Ramón es el amor de mi vida.
Cinco años sin que este hombre me dirija la palabra, y nuestra primera conversación de verdad la tenemos conmigo embarrada de lágrimas y mocos. Doña Petra estaría encantada de ver cómo le confirmo a su familia todo lo que ella dice de mí.
—Yo la entiendo —dice él—. Mi esposa murió hace un año.
Eso me toma por sorpresa y hasta se me corta el llanto. No sabía que estuviera casado, y mucho menos que fuera viudo, aunque bueno, solo lo he visto dos veces en mi vida y en ninguna de las dos me pareció un hombre que anduviera por ahí contando sus cosas.
Abro la boca para decirle que lo siento, pero él ya se está poniendo de pie.
—La casa está siendo preparada, y la urna con los restos de mi sobrino llegará en unas horas. —Se detiene con la mano en la perilla y me mira por encima del hombro—. Descanse lo más que pueda. Lo va a necesitar.
Cierra la puerta y me deja sola.
Me derrumbo. Me doblo sobre la almohada y lloro con la boca abierta, sin hacer ruido, porque no quiero que nadie en esta casa me escuche. Me parece imposible que se haya ido, que ese hombre que me sacó a bailar hace tres meses ya no exista.
Mi bolsa está sobre el buró. La jalo con las manos torpes, busco entre los papeles y saco la ecografía, y ahí se me termina de romper todo, porque ni siquiera pude decirle que iba a ser papá. Ni siquiera alcancé a darle un último beso.
—Perdóname, mi amor —le digo a la bolita que se mueve en el papel—. Tu papá no te va a conocer.
Lloro hasta que se me hinchan los ojos y la garganta me arde de tanto tragarme los sollozos. Cuando ya casi no me quedan lágrimas, guardo la ecografía, me limpio la cara con las manos y me obligo a levantarme, porque tengo que ir a la casa a cambiarme o ver en qué puedo ayudar, y quedarme aquí tirada no me va a devolver a Ramón.
Bajo las escaleras agarrada del barandal. En la sala ya están moviendo muebles y hay gente de la familia que no conozco bien, y en medio de todo está doña Petra, con los ojos rojos y el pañuelo apretado en el puño.
En cuanto me ve, deja de llorar como si le hubieran cerrado una llave.
—Mira nada más. Mi hijo muerto y tú echada en una cama como si la única que sufriera fueras tú.
—Señora, yo me desmayé, no fue…
—Claro que te desmayaste, si no aguantas ni tu propio peso. —Me recorre de arriba abajo con asco—. Ni para llorar a mi hijo sirves.
Dos de las mujeres que acomodan sillas se quedan quietas para no perderse nada. Yo aprieto la correa de la bolsa hasta que se me entierran las uñas en la palma, y no le contesto, porque si abro la boca le voy a decir cosas que Ramón no me perdonaría, y bastante tengo con que ya no esté aquí para perdonarme nada.
—Voy a mi casa a cambiarme. Regreso para el velorio.
—Ojalá te tardes —la oigo decir cuando ya estoy en la puerta.
Tomo un taxi en la esquina y en la casa me cambio de ropa rápido, sin mirar el lado del clóset donde están las camisas de Ramón, porque si lo miro no voy a ser capaz de regresar. Vuelvo a casa de mis suegros cuando ya está empezando a llegar la gente.
Un rato después traen el cuerpo, que no es un cuerpo. Uno de los oficiales le explica a mi suegro, en voz baja, pero no tanto como para que yo no lo escuche, que Ramón recibió una granada y que sus restos quedaron destrozados, y que por eso el ataúd viene cerrado y así se tiene que quedar.
Lo colocan al fondo de la sala, y junto a él ponen una foto de Ramón en uniforme, serio, como casi nunca lo veía, porque conmigo siempre estaba sonriendo.
Me acerco y pongo la mano sobre la madera. El estómago se me encoge al pensar que ahí adentro está lo que quedó de él, y que ni siquiera me van a dejar verlo por última vez. Me quedo ahí, llorando desconsolada, y ya no me importa quién me mira.
Los familiares van llegando entre pésames y llanto. Algunos me abrazan de compromiso, otros pasan de largo directo hacia doña Petra, y yo no me muevo del lado de Ramón, porque es el único lugar de esta casa donde siento que tengo derecho a estar.
Entonces la puerta se abre y una mujer entra.
Es rubia y alta, tiene un cuerpo de Barbie, de esas que vienen con casa en la playa y carro convertible, y una barriga tan notoria que no hace falta ser doctora para calcularle unos seis meses. Camina por la sala como si la conociera de memoria, sin detenerse a saludar a nadie, y lo raro es que va directo hacia mi suegra y la abraza mientras llora.
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Editado: 23.09.2026