Capítulo 3
Me quedo parada frente al ataúd, con la mano todavía en el aire, esperando que alguien se ría, que alguien le diga a mi suegra que eso no se dice en un velorio. Nadie lo hace.
—¿La madre de su nieto? —La voz me sale tan ronca que parece de otra persona—. ¿De qué está hablando?
Cristal se endereza despacio, se limpia las lágrimas con la punta de los dedos para no correrse el maquillaje y me mira por primera vez, de arriba abajo, deteniéndose en mi panza, en mis caderas, en mis brazos, con una sonrisita que no le queda nada bien a una mujer que supuestamente está de luto.
—Ay, no me digas que no sabías. —Se acaricia la barriga con las dos manos—. Llevo un año con Ramón, un año entero. Y después de esta misión te iba a dejar, así que no te hagas la viuda sufrida, que tú ya estabas de salida.
Detrás de mí, las primas dejan de murmurar y se ponen a escuchar con toda la boca abierta.
Un año. Un año de cenas en las que Ramón me besaba la frente, de noches en las que me decía que estaba cansado del cuartel, y mientras tanto esta mujer le contaba los días igual que yo.
—Pobrecita —sigue ella, bajando la voz como si me tuviera lástima—. De verdad creíste que un hombre como él se iba a quedar con…
No la dejo terminar. La mano se me va sola y le cruzo la cara con una cachetada que suena en toda la sala.
Después de eso, todo se sale de control.
Cristal grita y se agarra la mejilla, alguien suelta una grosería, y doña Petra se me viene encima con una fuerza que no le conocía, me agarra de los hombros y me empuja con todo su cuerpo. Me voy para atrás, tropiezo con el soporte del ataúd, y lo único que alcanzo a hacer mientras caigo es cubrirme el vientre con los brazos.
Caigo al suelo, y el cajón cae conmigo.
El golpe retumba en toda la casa. Alguien grita, mi suegra se tapa la boca y yo me quedo en el piso, con el corazón golpeándome las costillas, mirando el ataúd de mi marido tirado de lado a medio metro de mis pies. No se abre. Está sellado, y por un segundo no sé si eso me da alivio o más ganas de vomitar.
—¡Ya basta!
La voz viene de la entrada de la sala y hace callar a todo el mundo de golpe.
Adrián Montenegro avanza entre la gente sin apurarse, con esa espalda derecha y esa cara que no enseña nada, y la familia se va haciendo a un lado para dejarlo pasar como si alguien hubiera dado una orden. Se detiene frente a mi suegro y ni siquiera levanta la voz.
—Controla a tu esposa.
—Adrián, ella está afectada, es su hijo…
—Y es su nuera. —Por fin mira a doña Petra, y ella da medio paso para atrás—. Aunque mi sobrino no haya sido capaz de respetar a su esposa, Esmeralda es la viuda, y es la única viuda que esta familia va a reconocer.
La sala se queda en un silencio tan grande que alcanzo a escuchar mi propia respiración.
Me quedo muda. En cinco años nadie en esta familia me ha defendido, ni una sola vez, y mucho menos he visto a alguien dejar callada a mi suegra. Yo había llegado a pensar que eso era físicamente imposible, como lamerse el codo.
Adrián se agacha frente a mí y me ofrece la mano. Tardo en tomarla, porque me tiemblan los dedos, pero cuando lo hago me levanta del piso como si no pesara nada, cosa que le agradezco más de lo que él se imagina.
—¿Está lastimada?
Niego con la cabeza. Dos de los primos de Ramón se acercan y levantan el ataúd entre los dos, lo acomodan otra vez en su lugar, y uno de ellos endereza la foto con las manos temblorosas.
Entonces doña Petra sale de su asombro. Camina hacia mí, se detiene a un paso y me escupe a los pies.
—Esta mujer no es digna de mi hijo y nunca lo fue —dice, mirando a todos menos a mí—. Será su esposa, pero la que lleva a su hijo es Cristal, no ella.
Me miro la mano, la que todavía me arde por la cachetada, y siento que algo se me endurece en el pecho.
—En eso se equivoca, señora. —Levanto la barbilla—. Estoy embarazada.
Nadie dice nada. Hasta Cristal deja de sobarse la mejilla.
Y entonces la vieja suelta una carcajada, una carcajada de verdad, ahí, frente al ataúd de su hijo.
—Pues mejor. —Se limpia los ojos, pero ahora de risa—. Así queda claro que le fuiste infiel a mi hijo, y una mujer indigna no va a recibir nada de lo que él dejó, ni la pensión de viuda, ni un peso.
—¿Está loca? ¿De dónde saca que no es de Ramón?
—A otros engañas, gorda. Mi hijo se fue hace tres meses, ¿de dónde sacas tú un embarazo? —Se me acerca tanto que tengo que echarme para atrás—. Sé muy bien que el médico les dijo que tú no podías quedar preñada.
Me arde la cara, porque eso lo hablamos Ramón y yo solos, en un consultorio, y ahora me entero de que se lo contó a su mamá. Un secreto más para la lista, que ya va larga para un solo día.
—Es cierto, eso nos dijeron —le digo, y la voz no me tiembla—. Pero es de Ramón, y puedo probarlo.
—Puta. Quién sabe con quién te acuestas cuando mi hijo no está.
—Basta, Petra.
Es mi suegro. Se ha puesto de pie y tiene la cara roja, y por primera vez desde que lo conozco le habla a su esposa sin suavizar nada.
—Tu hijo todavía no está enterrado y tú estás dando este espectáculo. Mi hermano tiene razón, Esmeralda es su esposa, así no te guste. —Señala a Cristal sin mirarla—. Y tanto el hijo de ella como el de esta señorita podrán ser sometidos a pruebas cuando nazcan, si eso te hace sentir más tranquila. Ahora deja de dar espectáculos, que esto es un velorio.
Doña Petra me mira como si quisiera arrancarme los ojos con las uñas. Luego toma a Cristal del brazo con cuidado, como si fuera de cristal de verdad, y se la lleva al otro lado del salón.
Yo no aguanto más ahí adentro. Salgo al jardín casi sin sentir los pies y me recargo en la pared, respirando con la boca abierta, porque necesito aire para entender lo que acaba de pasar.
No entiendo cómo ni por qué está pasando todo esto. En qué momento mi Ramón, el hombre que siempre me cuidó, que me trataba como si yo fuera un tesoro, me estaba engañando con otra. Me llevo la mano al vientre y miro hacia arriba, con los ojos ardiendo.
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Editado: 23.09.2026