Siempre he pensado que tener tres hermanas mayores es una desgracia que Dios concede a ciertas mujeres por razones que todavía desconozco.
Grisella, Priscilla y Rebeca eran mujeres extraordinarias, al menos eso decían ellas mismas.
Grisella, la mayor, poseía una belleza que no dudaba en exhibir. Tenía el cabello rubio cuidadosamente peinado, unos ojos claros y una lengua tan afilada que podía hacer llorar a una doncella con apenas tres palabras.
Priscilla era menos escandalosa, pero mucho más cruel. Disfrutaba de las desgracias ajenas y tenía la desagradable costumbre de sonreír cada vez que alguien cometía un error.
Rebeca, por su parte, era la más joven de las tres y, probablemente, la más insoportable. Había heredado de Grisella la vanidad y de Priscilla el gusto por las humillaciones.
Y luego estaba yo.
Aurelia de Cadec.
La hija menor del duque.
La que no había heredado el cabello dorado de su madre, ni los ojos claros de sus hermanas, ni aquella facilidad para conseguir que todos los hombres giraran la cabeza a su paso.
—Aurelia, ¿vas a quedarte ahí sentada toda la mañana?
Levanté la mirada de mi bordado.
Grisella estaba frente al espejo, mientras una doncella acomodaba los pliegues de su vestido azul. Priscilla descansaba sobre un diván con un libro entre las manos, aunque llevaba varios minutos sin pasar la página. Rebeca, sentada junto a la ventana, comía unas pequeñas tartaletas.
—Estoy bordando —respondí.
—Eso ya lo veo, querida. Me preguntaba si tenías pensado hacer algo más con tu vida
Bajé la mirada hacia la tela.
—No lo había considerado.
Rebeca soltó una carcajada.
—¡Es encantadora! A veces olvido que nuestra hermana tiene la misma conversación que una piedra
—No seas cruel, Rebeca —intervino Priscilla, sin levantar los ojos del libro— Las piedras, al menos, tienen alguna utilidad en la construcción
Las tres rieron.
Yo atravesé el hilo por la tela, procurando no pincharme los dedos
Había aprendido que responder solo empeoraba las cosas.
—Por cierto, Aurelia —dijo Grisella, girándose hacia mí— ¿Has escuchado los rumores sobre el príncipe?
Mis dedos se detuvieron
—¿Qué rumores?
—Los que todo el mundo conoce.
—Grisella —la reprendió Priscilla con una sonrisa—no asustes a la niña
—¿Asustarme? —pregunté.
Rebeca dejó su plato sobre la mesita.
—Dicen que el príncipe tiene los ojos del diablo
—También dicen que disfruta tanto de las batallas que, cuando termina una guerra, se muestra particularmente desagradable durante los períodos de paz —añadió Grisella.
—Mi prometido favorito sería un hombre que supiera apreciar una buena conversación —comentó Priscilla—Aunque supongo que nuestro príncipe prefiere las cabezas cortadas
Volvieron a reír.
Suspiré discretamente.
—No entiendo por qué hablamos del príncipe ninguna de nosotras va a casarse con él
El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para que levantara la cabeza
Grisella intercambió una mirada con Priscilla.
Rebeca sonrió.
—Ay, Aurelia...
—¿Qué?
—A veces eres tan inocente que resulta preocupante.
—No le des ideas —dijo Priscilla—Todavía podría creer que el emperador está buscando una esposa
—¿Y por qué no? —preguntó Rebeca, fingiendo meditarlo—Quizá el príncipe necesite una mujer pequeña y silenciosa alguien que no grite demasiado cuando él pierda los estribos.
Sentí que mis mejillas se calentaban.
—No soy pequeña.
Grisella soltó una carcajada.
—Por supuesto que no, querida eres una mujer adulta aunque a veces cuesta recordarlo.
Apreté la aguja entre mis dedos.
No sabía por qué se empeñaban tanto en recordarme lo poco que les agradaba mi existencia. Nuestro padre rara vez intervenía en sus burlas y nuestra madre, que llevaba años instalada en la capital imperial por motivos de salud, apenas se interesaba por nosotras
En aquella casa, mis hermanas tenían permiso para hacer prácticamente cualquier cosa
Yo tenía permiso para no molestarlas.
El almuerzo se sirvió al mediodía.
Nuestro padre ocupaba la cabecera de la mesa, revisando algunos documentos mientras los criados terminaban de servir los platos
El duque de Cadec era un hombre severo. No era especialmente cariñoso, aunque tampoco podía decir que fuese cruel. Simplemente parecía considerar que sus hijas eran responsabilidades que algún día debía entregar a otros hombres
—Grisella —dijo sin levantar la mirada— he recibido noticias de la familia de tu prometido
Ella enderezó la espalda inmediatamente.
—¿De verdad, padre?
—Su padre desea adelantar la fecha de la boda.
Grisella sonrió, satisfecha.
—Qué maravilloso.
Priscilla le dio un pequeño golpe con el codo.
—No sonrías tanto. Parecerá que estás desesperada por abandonar esta casa
—Quizá lo esté.
Rebeca rio.
Yo continué comiendo en silencio.
Entonces nuestro padre dejó los documentos sobre la mesa.
—También he recibido una carta del palacio imperial
Las conversaciones cesaron.
—¿Del emperador? —preguntó Priscilla.
—Así es
El duque tomó su copa de vino y bebió un sorbo antes de continuar.
—Su Majestad desea estrechar los lazos entre la corona y nuestra familia
Grisella se acomodó en su asiento.
—¿Se trata de algún acuerdo comercial?
—No exactamente.
Nuestro padre me miró.
Fue apenas un instante, pero lo noté.
Y, por alguna razón, sentí un desagradable peso en el estómago.
—El príncipe heredero ha alcanzado la edad apropiada para contraer matrimonio. Su Majestad ha solicitado la mano de una de mis hijas
Rebeca abrió los ojos.
Priscilla dejó los cubiertos sobre la mesa.
Grisella se llevó una mano al pecho.
—¿Una de nosotras?
El duque asintió.