El camino de regreso a mis aposentos fue bastante silencioso.
Mis damas intentaron conversar conmigo, pero yo apenas podía concentrarme en sus palabras. Seguía pensando en el encuentro con el príncipe Damián. Su mirada, su voz y aquella manera tan fría de dirigirse a mí permanecían en mi cabeza.
Cuando finalmente llegamos, Edmundo nos esperaba junto a la puerta.
—Su Alteza, ha llegado correspondencia para usted esta mañana.
—¿Correspondencia?
—Así es. Una carta procedente del ducado de Cadec.
Mi corazón dio un pequeño vuelco.
¿Sería de mi padre?
—Muchas gracias, Edmundo.
El mayordomo me entregó un sobre de papel crema. Reconocí inmediatamente el sello de mi familia.
Entré en mi habitación y me senté junto a la ventana. Victoria se acercó para ayudarme a abrirlo, pero le indiqué que podía hacerlo sola.
Rompí el sello con cuidado y desplegué la hoja.
Apenas leí las primeras líneas, reconocí la letra de Grisella.
Querida Aurelia:
Esperamos que sigas con vida y que tu apuesto príncipe no haya decidido deshacerse de ti durante tu primera noche en el palacio.
Aunque, considerando su reputación, nos habría sorprendido bastante que hubieras conseguido sobrevivir sin llorar.
Nos hemos enterado de que ya conociste a la emperatriz. Qué suerte la tuya. Quizá ella pueda enseñarte a comportarte como alguien digno de ocupar semejante posición, aunque dudamos que tenga suficiente paciencia.
Por cierto, padre ha organizado nuestro viaje. Llegaremos hoy, un poco después de las cuatro de la tarde. No podíamos perdernos la oportunidad de conocer el maravilloso palacio en el que vivirás tu nueva y miserable vida.
Tenemos muchas ganas de verte, hermanita. Estamos deseando escuchar todos los detalles de tu matrimonio y conocer al temible príncipe que será tu esposo.
Con cariño,
Grisella.
Debajo había otras dos frases, escritas con distintas caligrafías.
Espero que al menos el palacio tenga suficientes habitaciones para esconderte cuando quieras llorar. —Priscilla.
¡No olvides enseñarnos tu vestido de novia! Aunque seguramente no tendrás muchas ocasiones para volver a usarlo. —Rebeca.
Me quedé mirando la carta.
Una vez.
Dos veces.
Como si al releerla las palabras pudieran cambiar.
Pero no lo hicieron.
Mis hermanas vendrían.
Y no para verme porque me extrañaran, ni para desearme felicidad por mi próxima boda. Vendrían para burlarse de mí, para observar mi nueva vida y encontrar algo más con lo que hacerme sentir pequeña.
Apreté la carta entre mis dedos.
Había intentado convencerme de que, lejos de Cadec, las cosas serían diferentes. Que quizá en aquel palacio podría comenzar de nuevo, sin las constantes comparaciones ni las risas a mis espaldas.
Pero incluso allí habían conseguido alcanzarme.
—Su Alteza… —escuché la voz de Victoria.
Levanté la cabeza rápidamente.
—¿Sucede algo?
Intenté sonreír.
—No, nada. Es una carta de mis hermanas. Vendrán esta tarde.
Victoria observó el papel arrugado entre mis manos.
—¿Han escrito algo desagradable?
No respondí inmediatamente.
Isadora se acercó un poco más.
—Si no desea hablar de ello, no tiene por qué hacerlo.
Negué con la cabeza, aunque sentía un nudo en la garganta.
—Siempre han sido así conmigo. No importa lo que haga… nunca parece ser suficiente.
Mi voz comenzó a quebrarse.
Bajé la mirada para que no vieran mis ojos humedecerse, pero fue inútil. Una lágrima cayó sobre el papel.
—Ahora se burlan de mi matrimonio —murmuré—Dicen que mi vida será miserable. Como si no tuviera ya suficiente miedo.
Victoria se sentó a mi lado y tomó suavemente mi mano.
—No debería tener que soportar esas palabras, Su Alteza.
—Son mis hermanas…
—Y eso no les da derecho a hacerla sufrir —respondió con dulzura.
Aquellas palabras hicieron que otra lágrima resbalara por mi mejilla.
Marianne se acercó y tomó la carta con cuidado, dejándola sobre la mesa para que no siguiera apretándola.
Evelina, que hasta entonces había permanecido en silencio, frunció el ceño.
—Con todo respeto, creo que sus hermanas deberían aprender a comportarse. Están viniendo al palacio imperial, no a una reunión para burlarse de usted.
Celestine asintió.
—Y deberán recordar que ahora se encuentran ante la futura emperatriz. Hay ciertas formas que tendrán que respetar.
Solté una pequeña risa entre lágrimas.
—No creo que eso las detenga.
—Entonces tendrán que aprender a hacerlo —contestó Victoria.
Me cubrí el rostro con ambas manos.
No quería llorar.
No quería que mis damas me vieran así.
Había pasado toda mi vida intentando no darles motivos para reírse de mí, procurando ser obediente, tranquila y correcta. Y aun así, nunca había conseguido ganarme su cariño.
Serena, que había permanecido cerca de la puerta, se acercó finalmente.
—Su Alteza.
Levanté el rostro.
—¿Sí?
—¿Desea que informe a Edmundo de la llegada de sus familiares?
Me limpié las mejillas con un pañuelo.
—No, gracias, Serena. Ya lo sabe.
Ella inclinó la cabeza.
—Como ordene.
Después regresó a su puesto.
Victoria me ayudó a acomodarme mejor en el sillón y me ofreció un vaso de agua.
Miré hacia los jardines a través de la ventana. El sol iluminaba las fuentes y las flores, y todo parecía tan tranquilo que resultaba difícil creer que mi corazón estuviera tan inquieto.
Dentro de unas horas volvería a ver a Grisella, Priscilla y Rebeca.
Y tendría que recibirlas con una sonrisa.
Aunque por dentro tuviera ganas de llorar.
Por primera vez desde que había llegado al palacio, deseé que el tiempo pasara más despacio
El reloj del palacio acababa de marcar las cuatro de la tarde cuando Edmundo anunció que mis familiares habían llegado.