Lágrimas dulces

Capitulo 4: El encuentro

Al día siguiente desperté sintiéndome mucho mejor.

La pesadez de mi cuerpo había desaparecido y el mareo que me había acompañado durante mi llegada al palacio no era más que un recuerdo desagradable. La habitación estaba bañada por la luz dorada de la mañana, que se filtraba entre las cortinas de seda.

Por primera vez desde que había llegado al sur, pude contemplar el jardín sin sentir que el calor me robaba las fuerzas.

—Su Alteza, ¿se encuentra mejor? —preguntó Victoria mientras se acercaba a mi cama.

Asentí con una pequeña sonrisa.

—Mucho mejor. Creo que ayer preocupé demasiado a todas.

—No fue una molestia, milady —respondió Marianne desde uno de los sillones— Nos asustamos al verla tan pálida.

—Y Serena estuvo a punto de ordenar que cerraran todo el palacio para que no entrara ni un solo rayo de sol —añadió Evelina, provocando una risita entre las demás.

Miré hacia la puerta, donde Serena permanecía de pie, con su habitual expresión seria.

—Solo cumplía con mi deber, Su Alteza —contestó sin mostrar vergüenza alguna.

No pude evitar sonreír.

Poco después, las damas comenzaron a prepararme para el día. Sobre la cama habían dispuesto varios vestidos, pero mis ojos se detuvieron en uno en particular.

Era precioso.

La tela principal tenía un delicado tono beige, adornado con detalles azules que recorrían el corpiño y descendían por la falda en finos bordados. Las mangas eran elegantes y ligeras, y pequeñas flores bordadas parecían extenderse por la tela como si hubieran sido colocadas allí por la propia naturaleza.

—Este es perfecto para usted —comentó Isadora, levantando cuidadosamente el vestido.

—Es uno de los vestidos que enviaron desde los talleres imperiales —explicó Celestine mientras examinaba los bordados—La confección es extraordinaria.

Me ayudaron a vestirme con cuidado. Evelina se encargó de acomodar la falda, mientras Victoria ajustaba los pequeños botones de la espalda. Isadora revisó que el vestido cayera correctamente sobre mis hombros y Marianne preparó los adornos.

Después llegó el momento de mi cabello.

Me sentaron frente al tocador y comenzaron a peinar mi larga cabellera. Victoria pasó el cepillo lentamente, desenredando cada mechón, mientras Isadora recogía una parte de mi cabello para formar un peinado delicado, dejando algunos mechones sueltos a los lados de mi rostro.

Finalmente, Evelina apareció con un pequeño adorno de flores.

—¡Esto es lo que falta!

Era una pieza delicada, formada por pequeñas flores en tonos blancos y azules, con algunas hojas plateadas entrelazadas. La colocaron sobre mi cabeza, sujetándola con cuidado entre los mechones recogidos.

Cuando terminaron, me quedé observando mi reflejo.

Por un instante no supe qué decir.

El vestido beige y azul resaltaba mi figura de una manera que no estaba acostumbrada a ver. Mi cabello caía largo por mi espalda, aunque una parte estaba recogida con elegancia. Las flores parecían completar el conjunto sin hacerlo demasiado recargado.

—Milady… —murmuró Victoria.

Me giré ligeramente hacia ella.

—¿Qué sucede?

La joven sonrió mientras me observaba.

—My lady, usted es hermosa.

Sentí cómo mis mejillas se calentaban.

—No digas esas cosas, Victoria…

—No lo digo por cortesía —intervino Isadora— Es la verdad.

—Estoy de acuerdo —añadió Marianne con una pequeña sonrisa.

Evelina juntó las manos, emocionada.

—¡Debería verse más seguido de esa manera! Aunque, si me lo permite, creo que todavía falta algo.

—¿Qué cosa? —pregunté.

Se acercó y acomodó uno de los mechones que caía junto a mi mejilla.

—Que usted misma se lo crea.

Bajé la mirada, algo avergonzada.

No estaba acostumbrada a recibir cumplidos. En Cadec, mis hermanas solían encontrar siempre algo que criticar: mi cabello, mis vestidos, mi manera de hablar o incluso la forma en que sostenía una taza de té.

Por eso, escuchar aquellas palabras de otras mujeres me resultaba extraño.

—Gracias —murmuré finalmente.

Victoria me ofreció la mano para ayudarme a levantarme.

—¿Desea que bajemos a desayunar, Su Alteza?

Asentí.

—Sí. Creo que ya he descansado suficiente.

Antes de salir, Serena se acercó a la puerta y comprobó que todo estuviera en orden. Su mirada pasó brevemente por mi vestido y luego volvió a su expresión habitual.

—La escoltaré, Su Alteza.

Tomé aire y contemplé una última vez mi reflejo.

Aquel día sería diferente. Ya no era la joven que había llegado al palacio agotada, mareada y aterrada por lo que le esperaba.

Aunque todavía me faltaba conocer al hombre con quien estaba a punto de casarme.

Al príncipe Damián.

Y, por mucho que intentara apartar ese pensamiento, sabía que aquel encuentro estaba cada vez más cerca.

Bajé al gran comedor acompañada por mis damas, ya había conocido a las otras 7 aunque no sé mostraron muy amables conmigo y Serena

A diferencia de los salones que había conocido en Cadec, aquel comedor parecía diseñado para recibir a decenas de personas. El techo era alto, decorado con molduras doradas, y enormes ventanales permitían que la luz de la mañana iluminara la larga mesa de madera oscura.

Había arreglos de flores frescas en el centro y una vajilla de porcelana tan delicada que temí romperla con solo tocarla.

Edmundo me esperaba cerca de la entrada.

—Buenos días, Su Alteza. Espero que haya descansado bien.

—Mucho mejor, gracias, Edmundo.

—Me alegra escucharlo. El médico imperial ha dejado instrucciones para su desayuno. Por el momento, solo se le servirá fruta fresca y agua. Desea evitar que su estómago se resienta después del agotamiento de ayer.

Asentí.

—Por supuesto. No quisiera volver a preocupar a nadie.

Me condujeron hasta uno de los extremos de la mesa. Allí me esperaba un pequeño plato con fresas, melocotones, uvas y algunas rodajas de pera. También había una jarra de agua fresca.



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Editado: 08.11.2026

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