Lágrimas dulces

Capitulo 2: Las cinco damas

La mañana comenzó con una noticia que, por primera vez en mucho tiempo, consiguió despertar mi curiosidad.

Mi padre había solicitado mi presencia en su despacho.

No era algo habitual. Por lo general, sus asuntos se limitaban a cuestiones relacionadas con el ducado, sus tierras o los compromisos matrimoniales de mis hermanas. Yo rara vez tenía motivos para entrar en aquella habitación, a menos que hubiera cometido alguna falta.

Por eso, cuando una doncella me informó que el duque deseaba verme, pasé los siguientes minutos intentando recordar si había hecho algo que pudiera disgustarlo.

No encontré nada.

Cuando llegué, mis tres hermanas ya estaban allí.

Grisella ocupaba uno de los sillones cercanos a la chimenea, examinándose las uñas. Priscilla hojeaba un documento que descansaba sobre su regazo y Rebeca estaba junto a la ventana, entretenida con una pequeña caja de dulces.

—Llegas tarde —comentó Grisella al verme entrar.

—Buenos días para ti también —respondí suavemente.

—Siéntate, Aurelia —ordenó nuestro padre.

Obedecí y acomodé las manos sobre mi regazo.

El duque estaba detrás de su escritorio, con varios documentos extendidos frente a él. Parecía haber dormido poco, aunque su expresión no permitía distinguir demasiado.

—Tu partida se acerca —comenzó.

Asentí.

—Lo sé, padre.

—Hay algunos asuntos que debemos resolver antes de que abandones el ducado. Entre ellos, tus damas de compañía.

Parpadeé.

—¿Mis damas?

—Así es. Tendrás que escoger a cinco muchachas de entre las familias nobles y las jóvenes que sirven actualmente en nuestra residencia. Deben ser mujeres de confianza, educadas y capaces de acompañarte durante tu estancia en el palacio imperial

Miré a mi padre con cierta sorpresa.

—¿Puedo escogerlas yo misma?

—Por supuesto. Es una decisión que te corresponde.

—¿Cinco? —interrumpió Rebeca.

Mi hermana había dejado de prestar atención a su caja de dulces.

—¿No son demasiadas? —preguntó Grisella, levantando una ceja—Una princesa suele tener dos o tres damas personales, no cinco.

—Y eso sin contar las criadas —añadió Priscilla.

Nuestro padre dejó la pluma sobre el escritorio.

—No son demasiadas, es una orden del emperador.

Las tres guardaron silencio.

Yo también.

—¿Una orden? —preguntó Grisella.

—Su Majestad ha sido bastante claro respecto a la futura esposa de su hijo

Mi padre tomó uno de los documentos y lo examinó brevemente.

—Aurelia no viajará al palacio como una simple prometida. Una vez que se celebre el matrimonio, será la princesa heredera y, cuando el emperador fallezca, se convertirá en emperatriz.

Sentí que algo se revolvía en mi estómago.

Emperatriz.

Era una palabra demasiado grande para alguien como yo.

—Por esa razón —continuó mi padre—desde el momento en que cruce las puertas del palacio imperial, deberá estar acompañada en todo momento. No caminará sola por los jardines, no asistirá a reuniones sin compañía y tampoco podrá abandonar sus aposentos sin sus damas.

Rebeca soltó una pequeña exclamación.

—¿En todo momento?

—En todo momento.

—Eso parece bastante exagerado —murmuró Priscilla.

—Las normas de la familia imperial no son asunto de discusión.

Mi padre se reclinó en su asiento.

—Tendrá doce damas de compañía. Cinco las llevará desde Cadec y las otras siete serán seleccionadas por el príncipe heredero.

Aquello provocó un silencio todavía más incómodo.

—¿El príncipe escogerá a las otras siete? —preguntó Grisella.

—Sí.

Priscilla dejó el documento sobre su regazo.

—Qué curioso. ¿No debería ser Aurelia quien escogiera a todas sus acompañantes?

—El príncipe tiene sus propios requisitos. Además, las siete mujeres que seleccione estarán familiarizadas con las costumbres de la corte imperial.

Rebeca sonrió de repente.

—Entonces, ¿Aurelia tendrá doce mujeres siguiéndola a todas partes?

—Así es.

—¡Qué divertido! —exclamó—Apenas podrá respirar sin que alguien la observe.

Grisella soltó una risita.

—Quizá el príncipe quiera asegurarse de que su esposa no desaparezca durante la noche.

—O de que no intente escapar —añadió Priscilla.

Las tres rieron.

Yo bajé la mirada.

No sabía si aquellas doce mujeres debían hacerme sentir protegida o vigilada.

Probablemente ambas cosas.

—Tienes hasta mañana para entregarme los nombres —dijo mi padre, dando por terminada la conversación— Quiero que escojas con cuidado. No todas las jóvenes son adecuadas para acompañar a una futura emperatriz.

Me levanté e hice una pequeña reverencia.

—Sí, padre.

Cuando estaba a punto de abandonar el despacho, escuché la voz de Grisella.

—Una última cosa, Aurelia.

Me volví.

Mi hermana me observaba con aquella sonrisa que conocía demasiado bien.

—Procura escoger muchachas fuertes. Dicen que el príncipe no tiene demasiada paciencia con las mujeres que lloran.

—Grisella —intervino nuestro padre.

—Solo estoy aconsejándola.

Priscilla se levantó y acomodó los pliegues de su vestido.

—Yo escogería mujeres que sepan guardar silencio. Nunca se sabe qué cosas podrían escuchar en ese palacio.

Rebeca se acercó a mí y me acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Y procura que sean bonitas, hermanita. Quizá así el príncipe encuentre alguna más interesante que tú.

Me aparté suavemente.

—Lo tendré en cuenta.

Abandoné el despacho sin decir nada más.

Aquella tarde me entregaron una lista con los nombres de las jóvenes que podían convertirse en mis damas.

Era bastante extensa.

Algunas pertenecían a familias nobles menores, otras eran hijas de antiguos oficiales de mi padre y unas cuantas habían servido durante años en la residencia de Cadec.

Me senté frente al escritorio de mi habitación y comencé a leer.



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Editado: 08.11.2026

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