Nunca había imaginado que una carta pudiera cambiar tantos planes en cuestión de minutos.
Aquella mañana me encontraba en mi habitación, intentando decidir qué libros llevaría conmigo a la capital, cuando escuché tres golpes en la puerta.
—Adelante.
Mi doncella, Elara, entró con una expresión algo peculiar.
—Lady Aurelia, su padre solicita su presencia en el despacho. Ha llegado una carta del palacio imperial.
Mis manos se detuvieron sobre el libro que estaba guardando.
—¿Una carta?
—Sí, milady. Lleva el sello personal de Su Majestad.
No necesité preguntar de quién se trataba.
El emperador.
Sentí una pequeña presión en el pecho.
—Gracias, Elara. Iré enseguida.
Cuando llegué al despacho, encontré a mi padre de pie junto al escritorio. Mis hermanas también estaban allí, aunque esta vez ninguna parecía particularmente divertida.
Sobre la mesa descansaba un sobre de papel grueso, adornado con un sello de cera dorada que llevaba el emblema de la familia imperial.
—Siéntate, Aurelia —ordenó mi padre.
Obedecí.
—La carta llegó hace unos minutos —explicó—Su Majestad ha enviado instrucciones respecto a tu matrimonio.
Grisella cruzó las piernas.
—¿Han cambiado algo?
—La fecha.
Mi padre tomó la carta y comenzó a leer.
—«A Su Excelencia, el duque de Cadec:
Por medio de la presente, comunico que, tras deliberar con mi consejo, he decidido adelantar la celebración matrimonial de mi hijo, el príncipe heredero Damián, con vuestra hija menor, lady Aurelia de Cadec.
La ceremonia tendrá lugar dentro de dos días, en el Gran Palacio Imperial».
Sentí que mi espalda se tensaba.
¿Dos días?
Mi padre continuó.
—«Asimismo, informo que el príncipe heredero ha completado personalmente la selección de las siete damas de compañía que se unirán al séquito de su futura esposa. Sus nombres y credenciales serán entregados a su llegada al palacio»
Priscilla levantó las cejas.
—Qué considerado por su parte.
No supe si lo decía con sinceridad o con ironía.
Mi padre siguió leyendo.
—«El vestido nupcial de lady Aurelia ha sido confeccionado siguiendo las indicaciones de la casa imperial y ya ha sido enviado a la residencia de Cadec. Deberá ser utilizado durante la ceremonia».
Miré instintivamente hacia la puerta.
Un vestido.
El emperador había mandado confeccionar mi vestido de novia sin siquiera conocerme.
—«He dispuesto que vuestra hija y su séquito partan hoy mismo hacia la capital. El viaje permitirá que los futuros esposos dispongan de un breve período para conocerse antes de la ceremonia»
Hubo una pausa.
Mi padre bajó ligeramente la carta.
—Hay más.
Volvió a mirar el documento.
—«Finalmente, considerando la posición que lady Aurelia ocupará dentro de la familia imperial, he dispuesto que se le asigne una escudera personal. Esta mujer ha jurado proteger su vida y su integridad, incluso a costa de la propia»
El silencio que siguió fue absoluto.
Dos días.
Mi boda sería en dos días.
—¿Hoy? —preguntó Rebeca, rompiendo el silencio— ¿Pretenden que se marche hoy mismo?
—Eso acaba de decir la carta —respondió nuestro padre.
Grisella parecía haber perdido parte de su habitual sonrisa.
—¿Y el vestido ya está aquí?
—Según el documento, sí.
Priscilla se acomodó en su asiento.
—Parece que el emperador tiene bastante prisa por casar a su hijo.
—No es asunto nuestro cuestionar las decisiones de Su Majestad —respondió mi padre con firmeza.
Yo seguía mirando la carta.
Había tantas cosas que no conseguía comprender.
El príncipe había escogido personalmente a siete mujeres que serían mis acompañantes. El emperador había organizado mi vestido, mi protección y hasta mi partida.
Todo estaba decidido.
Incluso mi boda.
—¿Padre? —pregunté.
Él levantó la mirada.
—¿Sí?
—¿La escudera viajará con nosotras?
—Así es. Se encuentra esperando en el patio.
—¿Ya está aquí?
—Llegó esta mañana.
Me sorprendió que hubieran enviado a una persona desde la capital sin que nadie me lo hubiera comunicado.
—¿Y cómo se llama?
Mi padre consultó nuevamente el documento.
—Serena de Vhalor. Pertenece a una familia de tradición militar y ha servido bajo las órdenes de la guardia imperial.
Asentí lentamente.
Una escudera.
Doce damas.
Un príncipe.
Comenzaba a parecerme que necesitaría un pequeño ejército para sobrevivir a mi matrimonio.
Poco después, me permitieron conocer a la mujer que estaría encargada de mi seguridad.
La encontré en el patio principal.
Era una mujer joven, aunque parecía mayor que yo. Llevaba el cabello oscuro recogido en una trenza ajustada y vestía una indumentaria de cuero negro sobre una camisa clara. A su costado descansaba una espada.
No se parecía en absoluto a las damas que había conocido durante la selección.
Cuando me vio acercarme, apoyó una rodilla en el suelo.
—Lady Aurelia.
Me detuve frente a ella.
—Puedes levantarte.
La mujer obedeció.
—Mi nombre es Serena de Vhalor. Desde este momento he sido asignada a vuestra protección personal.
La observé con cierta curiosidad.
—¿Serás mi escudera?
—Así es, milady.
—¿Y qué significa exactamente eso?
Serena pareció meditar su respuesta.
—Que no permitiré que nadie os haga daño. Estaré a vuestro lado cuando caminéis por el palacio, durante vuestros desplazamientos y en cualquier situación en la que vuestra seguridad pueda verse comprometida.
—¿Incluso si se trata de alguien importante?
Su expresión no cambió.
—Mi juramento no distingue títulos, milady.
Aquella respuesta me sorprendió.
—¿Y si alguien os ordena apartaros?
—Tendría que ser alguien con autoridad suficiente para revocar mi juramento.