Los Hijos De La Lluvia - Interior

Prólogo – Bienvenidos a Paso Del Ombú

Prólogo – Bienvenidos a Paso Del Ombú
Lúcia - Paso del Ombú — Martes, 16 de julio de 1996 – 10:15 hrs.
La lluvia siempre encuentra el camino hacia lo que intentamos enterrar.

La primera vez que Lucía Ferrero vio Paso del Ombú, pensó que se había bajado del autobús veinte años atrás en el tiempo.

El motor del viejo autobús de la empresa COT se apagó con un bufido cansado y el silencio ocupó el lugar del ruido. Eran las diez y cuarto de la mañana de un martes de julio de 1996. El cielo estaba cubierto de nubes grises, pero todavía no llovía, y el aire olía a pasto húmedo y a leña recién encendida.

El conductor abrió la puerta.

—Última parada.

Lucía bajó con una mochila al hombro y una cámara fotográfica colgando del cuello. Tenía veintiocho años, vivía en Montevideo y había decidido tomarse unos días de vacaciones lejos de la ciudad. Una compañera de trabajo le había hablado de un pueblo perdido en el interior de Rocha, con caminos de tierra, un puente de piedra antiguo y un ombú gigantesco que, según la gente, llevaba siglos vigilando el lugar.

Eso era exactamente lo que buscaba: un lugar donde el tiempo caminara más despacio.

El autobús volvió a ponerse en marcha y se perdió por la única ruta que atravesaba el pueblo. Lucía lo siguió con la mirada hasta que el ruido del motor fue reemplazado por el canto de un hornero.

Frente a ella se alzaba un cartel de madera, con las letras pintadas a mano.

BIENVENIDOS A PASO DEL OMBÚ Población: 2014

Debajo, una flecha señalaba el centro del pueblo. Lucía sonrió, tomó una fotografía y echó a andar.

Un poco más adelante, el camino cruzaba un arroyo de aguas bajas y transparentes por un puente de piedra cubierto de musgo. Se detuvo a mirarlo un momento y siguió.

Paso del Ombú era pequeño, pero tenía una belleza serena. Las casas, de piedra oscura y madera envejecida, conservaban galerías con columnas y techos de chapa donde las gotas de humedad seguían suspendidas, como si la lluvia hubiera pasado hacía apenas unos minutos. En los jardines florecían las rosas de invierno y los geranios. No había edificios altos: todo el pueblo giraba alrededor de una plaza enorme y, en uno de sus extremos, se levantaba la torre.

Lucía alzó la cámara despacio.

Era un edificio de piedra gris con un reloj gigantesco incrustado cerca de lo más alto. La hiedra trepaba por uno de los muros y algunas ventanas estaban rotas.

El reloj marcaba la una en punto.

No las diez. La una.

Pensó que estaría atrasado. O detenido.

Frente a la plaza, un hombre barría la acera de una tienda de comestibles. Lucía se acercó.

—Buenos días. Disculpe, ¿qué hora es?

—Buenos días. —El hombre miró su reloj de pulsera—. Las diez y media.

Lucía señaló la torre.

—¿Y ese reloj?

El hombre sonrió con una resignación amable, como quien ha contestado esa pregunta muchas veces.

—Está roto. Hace años.

—¿Y nunca lo arreglaron?

Una mujer que acomodaba cajones de fruta en la puerta se sumó a la conversación.

—¡Claro que lo intentaron! Vinieron relojeros de Rocha y hasta de Treinta y Tres. Cambiaron piezas, probaron de todo. Pero siempre vuelve a marcar la una.

—Al final se cansaron —dijo el hombre, encogiéndose de hombros—. Ya nos acostumbramos. Hasta sirve de chiste: cuando alguien llega tarde, dice que se guio por el reloj de la torre.

Lucía soltó una carcajada.

—Si anda paseando —añadió la mujer—, no se pierda el ombú, a las afueras. Es lo más hermoso que tenemos. Y pruebe el pan de la panadería, que a esta hora sale calentito.

Lucía les agradeció y siguió por la calle principal. Todos con quienes se cruzaba la saludaban con un gesto de cabeza, como si la conocieran de siempre.

La panadería tenía una fila de vecinos que esperaban pan y bollos recién horneados, y toda la cuadra olía a masa caliente. Más adelante había una tienda de ropa, con vestidos floreados y chaquetas de lana en la vitrina; una verdulería, donde dos mujeres discutían el precio de las papas; una carnicería que exhibía cortes de cordero; un kiosco con revistas, pilas y caramelos; y un videoclub que anunciaba estrenos en VHS. Un perro dormía bajo un banco de la plaza, indiferente a todo.

Lucía fotografiaba cada rincón.

Al final de la cuadra apareció un edificio con un cartel azul oscuro: CINE SAN LUIS. La cartelera, armada con letras plásticas, anunciaba Twister, Corazón valiente y Toy Story.

—Esto sí es viajar en el tiempo —murmuró.

Frente al cine había una biblioteca pequeña, de paredes blancas y ventanas enormes, con una enredadera que cubría parte de la fachada. Era hermosa. Decidió volver más tarde.

Un poco más allá, junto a una bandera descolorida, estaba la comisaría, un edificio bajo y silencioso, y a una cuadra el hospital del pueblo: dos plantas de paredes blancas, con una de las alas cerrada con tablas. Una ambulancia pasó despacio por la calle, sin sirena, y Lucía apenas le dedicó una mirada.

Decidió alejarse del centro. Un camino de grava salía hacia las afueras y, en pocos minutos, el pueblo quedó atrás y empezó el campo abierto. Primero oyó los cencerros; después vio las ovejas, decenas de ellas, pastando en un prado de un verde brillante. Más lejos, unas vacas Hereford descansaban inmóviles bajo un eucalipto. Un caballo gris levantó la cabeza cuando ella pasó junto a la cerca de alambre, y unas gallinas picoteaban alrededor de un cobertizo viejo. Un niño pequeño corría detrás de unos patos mientras su madre lo llamaba desde el patio de una casa. Hacia el este, una franja oscura de eucaliptos cerraba el horizonte.

El paisaje parecía pintado. Lucía sacó fotografía tras fotografía. El cielo seguía gris, pero una luz blanca se abría paso entre las nubes e iluminaba el enorme ombú que dominaba la llanura.

Era gigantesco. Hacían falta al menos seis personas para rodear su tronco, y sus raíces sobresalían de la tierra como brazos petrificados. Lucía caminó hasta él y apoyó la mano sobre la corteza.



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En el texto hay: asesinatos, supenso, drama

Editado: 08.10.2026

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