Mi Lucero Favorito

CAPITULO 2

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✦ CIARA KELLY ✦

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El frío se mete debajo de mi vestido y me cala los huesos, pero no me importa. Siento las piernas entumecidas, los dedos helados y las mejillas húmedas, no sé si es por la lluvia, no sé si es por mis lágrimas, probablemente por ambas.

No sé cuánto tiempo llevo aquí.

Miro la lápida.

Su nombre está escrito allí, solo unas cuantas letras. Un nombre que durante diecisiete años significó hogar... ahora significa ausencia, paso los dedos por la piedra, está fría.

—Papá...

La palabra apenas sale de mi garganta que no me contengo y vuelvo a llorar, no es un llanto silencioso, más bien es un sollozo que me dobla por dentro, que me hace llevarme una mano al pecho porque siento que algo se está desgarrando ahí.

Como si alguien hubiera abierto una herida y hubiera decidido dejarla expuesta al invierno.

—No deberías estar aquí... —mi voz tiembla—. Tú deberías estar en casa.

Cierro los ojos, los recuerdos, van y viene, se reproducen en mi cabeza como una cinta de videos, lo recuerdo cuando soy pequeña y corro por los campos detrás de él, recuerdo sus manos grandes sosteniendo las mías cuando apenas pudia caminar, recuerdo cómo me subia a sus hombros para que pudiera alcanzar las manzanas de los árboles, recuerdo sus historias, las historias que me contaba siempre junto al fuego de la chimenea, hadas, espíritus escondidos entre los bosques, estrellas que, según él, guardan los deseos de quienes ya no están.

Yo le creo todo, porque cuando soy niña, mi padre puede hacer que cualquier cosa parezca posible.

—Mira, pequeña —recuerdo sus palabras—. Esa estrella es la más brillante.

—¿Cuál?

—Esa —señala el cielo.

—Tu lucero favorito.

Sonrío

Abro los ojos, la tumba sigue frente a mí, pero él ya no, ese recuerdo me destruye, me cubro la boca para contener un sollozo. No puedo. No puedo contener nada.

Las lágrimas ruedan por mis mejillas como si llevaran días esperando salir.

—Yo no quería que fueras tú... —aprieto los labios—. No quería perderte.

Mi voz se rompe.

—Podías llevarte cualquier cosa, incluso mi felicidad...

Me arrodillo frente a la tumba.

—Pero no a ti.

Apoyo la frente contra la piedra, por un instante deseo que pudiera calentarse, deseo que pudiera abrirse, que él saliera de allí, que me dijera que todo es una broma horrible, que me llamara pequeña, que me dijera que vuelva a casa porque hace frío.

Pero no ocurre.

—Papá... —lloro más fuerte—. Tengo miedo.

Lo admito por primera vez y decirlo hace que me duela todavía más. Porque él siempre está ahí cuando tengo miedo, siempre. Cuando Aine me grita, cuando Adyra me hace sentir que no pertenezco, cuando las cosas salen mal, cuando siento que nadie me quiere. Él está y ahora solo tengo una piedra con su nombre.

Siento unos pasos detrás de mí.

—Ciara... —no me giro—. Tenemos que irnos.

No respondo.

—Está empezando a llover más fuerte.

La ignoro.

—Ciara, cariño...

Me río entre lágrimas, no sé por qué.

—No me llames así.

Ella guarda silencio.

—Quiero quedarme.

—Tu padre ya no está aquí.

Aprieto los ojos, ya que esas palabras me atraviesan.

—Sí está —mi voz tiembla—. Está aquí —toco la lápida—. Está aquí.

—Ciara...

—¡Quiero a mi papá!

El grito sale de mí sin permiso, me llevo las manos al rostro.

—¡Quiero a mi papá! —mi cuerpo tiembla—. ¡Quiero que vuelva!

Aine no dice nada, quizá no sabe qué decir o quizá nadie sabe qué decirle a una persona que acaba de perder el único lugar donde se sentía segura.

Me quedo allí hasta que mis lágrimas se mezclan con la lluvia, hasta que ya no puedo distinguir una de las otras y cuando finalmente me obligan a marcharme, miro la tumba una última vez.

—Te voy a visitar mañana —le susurro—. Y pasado mañana —me limpio las lágrimas—. Todos los días si hace falta.

Doy un paso, luego otro, pero siento que una parte de mí se queda enterrada allí.

El camino de regreso parece interminable.

No quiero hablar, no quiero escuchar y peor no quiero pensar. Pero mi cabeza no me deja en paz, cada rincón de la casa me recuerda a él.

Entro a la habitación y cierro la puerta, mi respiración se torna agitada que vuelvo a llorar, al no poder contenerme, me siento en el suelo, abrazo mis rodillas. Por primera vez entiendo que una casa puede seguir siendo la misma y, aun así, dejar de sentirse como un hogar.




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