El precio de un apellido
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𓇼MAXIMILIAN WOLF𓇼
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Lo primero que siento al despertar es que alguien está intentando perforarme el cráneo con un martillo y lo segundo es que necesito agua, mucha agua.
Abro los ojos lentamente, arrepintiéndome casi de inmediato ya que la luz que se filtra por las cortinas me golpea de lleno, obligándome a cerrar los párpados otra vez. Un gruñido escapa de mi garganta mientras me llevo una mano a la frente.
Joder. ¿Qué demonios pasó anoche?
Intento incorporarme, pero el movimiento hace que el dolor de cabeza empeore. Me quedo quieto unos segundos, respirando despacio, esperando que mi cerebro decida volver a funcionar, pero para mi suerte no lo hace.
—Maldita sea... —murmuro.
Me paso una mano por el rostro y miro a mi alrededor.
La habitación es enorme, con paredes de tonos oscuros, muebles modernos y una ventana que ocupa casi toda una de las paredes. Reconozco el lugar después de unos instantes.
La mansión de Felix.
Por supuesto. ¿Por qué no estoy en mi propia casa? Bajo la mirada y descubro que estoy acostado sobre una cama que definitivamente no es la mía, las sábanas están revueltas, hay una chaqueta tirada en el suelo y una botella vacía descansa junto a una mesa.
Entonces escucho una risa femenina.
Giro la cabeza.
Hay dos mujeres en la cama, una duerme de espaldas a mí, con el cabello rubio extendido sobre la almohada. La otra parece estar despertando, aunque no hace ningún esfuerzo por levantarse, ambas llevan poca ropa y ninguna parece especialmente preocupada por mi presencia.
Me quedo observándolas unos segundos, después cierro los ojos.
Fantástico.
Exactamente lo que necesitaba esta mañana, no recuerdo sus nombres, y quizas ni siquiera estoy seguro de haberlos preguntado.
Me incorporo y aparto las sábanas, encuentro mis pantalones cerca de una silla, junto con una camisa y mi cinturón. Me visto sin perder tiempo, ignorando el dolor que insiste en recordarme cada segundo de la noche anterior, cuando abrocharme la camisa se convierte en una tarea que exige más concentración de la que debería, suelto otra maldición.
El alcohol.
Apuesto a que bebí demasiado, aunque, si soy sincero, esa explicación no resulta precisamente sorprendente ya que anoche fue mi fiesta de graduación o para ser más exactos, la fiesta que mis amigos organizaron para celebrar que estamos a punto de terminar una etapa y comenzar otra. Una noche de música, bebidas, apuestas y gente que parece creer que el mejor modo de despedirse del colegio consiste en perder todo rastro de sentido común.
Recuerdo fragmentos, como luces, música a un volumen insoportable, vasos que se llenan antes de que termines de vaciarlos. Felix riéndose de algo que no consigo recordar, una apuesta, después, otra y finalmente, nada que pueda reconstruir con claridad.
Me acerco al espejo de cuerpo entero situado junto al armario y me observo.
Mi reflejo no parece especialmente impresionado por mis decisiones, tengo el cabello negro revuelto, los ojos grises enrojecidos por la falta de sueño y una expresión que haría retroceder a cualquiera que intentara hablarme antes de que tomara un café.
Me paso ambas manos por el cabello.
No sirve de nada.
—Mierda.
Mi traje sigue siendo elegante, aunque está arrugado. La camisa blanca tiene un par de botones desabrochados y la corbata ha desaparecido, probablemente en algún rincón de la casa.
Me miro un instante más.
La ropa de graduación, eso sí lo recuerdo, recuerdo haberme puesto el traje, haber escuchado el discurso de mi padre sobre la importancia de representar correctamente a la familia Wolf y haberle prometido, con la paciencia de quien lleva escuchando lo mismo desde que aprendió a caminar, que no haría nada que pudiera perjudicar nuestro apellido.
Una promesa que, al parecer, ha sobrevivido menos de veinticuatro horas.
Suelto una risa sin humor.
Mi padre va a matarme.
Aunque, considerando lo que todavía desconozco de esta mañana, quizá debería preocuparme por cosas más inmediatas, me ajusto el cuello de la camisa, recojo el saco del respaldo de una silla y me lo pongo mientras camino hacia la puerta, antes de salir, echo una última mirada a las dos mujeres.
Una de ellas abre los ojos y me sonríe.
—¿Ya te vas?
—Sí.
—Podrías quedarte un rato más.
—Podría —respondo, sin detenerme—. Pero no voy a hacerlo.
No espero una respuesta.
Abro la puerta y salgo al pasillo, el aire fresco me recibe como una bendición, por fin, algo que no intenta asesinarme. La mansión de Felix está tan silenciosa como puede estarlo una casa que ha albergado una fiesta de graduación durante casi toda la noche, hay vasos abandonados sobre una mesa, algunas chaquetas colgadas de cualquier manera y un par de zapatos junto a las escaleras. El lugar huele a perfume, alcohol y comida que lleva demasiado tiempo fuera de la nevera.
Editado: 06.11.2026