Mi luz. [ Editando]

Capítulo 7 [EDITANDO

El estruendo del portazo retumbó en los pasillos, dejando un eco vibrante. Me quedé inmóvil un segundo frente a la entrada, con los puños cerrados para contener la rabia que me quemaba por dentro. Apreté los dientes y me dirigí directo al sótano. Mis pasos eran pesados, rápidos y sin pausa, hasta que llegué a la imponente puerta roja.

Aquel sótano era una boca de lobo; la luz no se filtraba por ningún rincón y, una vez que las puertas se sellaban, cualquier cosa que ocurriera allí dentro jamás saldría de esas cuatro paredes. El lugar apestaba, un hedor abominable que revivía los años que pasé ahí dentro torturando a traidores, mentirosos y a cualquiera que osará desafiarme. La sangre seca en el suelo era el único testigo de cuánto tiempo llevaba sin usar el recinto, todo por culpa de los de arriba y su maldita insistencia en darle un juicio justo a cada miserable.

Encendí las luces de un manotazo. En el centro de la habitación, amarradas de pies y manos, estaban ellas. Tenían las bocas tapadas y los ojos anegados en lágrimas; sus gemidos ahogados y el temblor de sus cuerpos delataban el pánico que les provocaba mi sola presencia.

—Bien, empecemos una por una —dije con voz gélida.

Me acerqué lentamente a una de ellas y le arranqué la cinta de la boca de un solo tirón. El dolor la hizo reaccionar de inmediato.

—¡Señor, le juro que no hice nada! —gritó desesperada en cuanto sus labios quedaron libres. Su voz temblaba descontrolada mientras intentaba inclinarse ante mí como podía, implorando un perdón que no iba a llegar.

Su sangre pronto lo salpicó todo. Seguían vivas, pero no era suficiente; su dolor no bastaba, su sangre no bastaba. Las horas transcurrieron lentas y tortuosas. El líquido rojo salpicaba las paredes mientras los cuerpos se iban quedando sin vida. La mujer que se había atrevido a lastimar a Emily pagó exactamente con la misma moneda. Contemplé su cadáver: le había cortado las mejillas de lado a lado, dejando al descubierto la hilera de sus dientes. No tuve piedad con ninguna; dejé que la ira tomara el control absoluto hasta acabar con la última de ellas.

Salí del sótano empapado en un fluido espeso que goteaba desde la punta de mis dedos.

—Limpien el lugar y quemen los cuerpos —les ordené fríamente a los guardias que custodiaban la entrada.

Llegué a mi habitación y entré sin molestarse en tocar. Mi mirada fue directa hacia ella. Su cuerpo se estremeció contra las sábanas y sus grandes ojos me envolvieron con un terror evidente. Se encogió sobre sí misma.

Sabía que nunca dejaría de tenerme miedo.

Me acerqué sin intención de tocarla, limitándose a observar la herida de su rostro. Tal vez había exagerado con el vendaje, ya que le cubría casi la mitad de la mejilla. Me alejé en silencio hacia el baño y me miré en el espejo. En ese momento entendí su pánico. Mi rostro estaba completamente manchado de rojo; mis manos y antebrazos estaban cubiertos por una capa espesa de la que aún resbalaban finas gotas. Me quité la camisa, revelando cómo la sangre ajena había traspasado la tela, tiñendo mis tatuajes de un matiz oscuro.

—Emily, ven aquí —ordené, elevando la voz lo suficiente para que me escuchara sobre el ruido del agua.

Me despojé de los pantalones y, completamente desnudo, me sumergí en la tina, dejando que el agua blanca se tiñera instantáneamente de un carmesí turbio. Cerré los ojos y agudizé el oído. Sus pasos eran lentos, tímidos, como los de un animal herido que teme acercarse a su cazador. Finalmente, percibí su pequeña silueta deteniéndose en el umbral de la puerta.

—Ven, acércate más.

Abrí los ojos y le extendí la mano, esperando a que la tomara.

Aunque tardó unos minutos en reaccionar, sentí su fina mano posarse sobre la mía. Su piel era tan suave, tan malditamente delicada, que sentí que sostenía a una muñeca de porcelana. El contraste con mis manos era grotesco; las mías estaban llenas de callos, duras y ásperas, como madera astillada incapaz de ofrecer un tacto gentil.

—Ven aquí —repetí, y tiré de ella con firmeza pero sin brusquedad, enroscando mi brazo alrededor de su cintura.

Sus ojos me miraban con pavor. Al pegarla a mi pecho, pude sentir el temblor errático de su cuerpo. Sus manos evitaban tocarme, rígidas, buscando una distancia que simplemente no le iba a conceder.

—La sangre... —pronunció en un hilo de voz apenas audible.

—No es mía, tranquila.

No estaba seguro de si aquello realmente la calmaba. Escucharme decirlo en voz alta resultaba aún más siniestro; la cantidad de sangre que me cubría era exorbitante, si hubiera sido mía, habría muerto en cuestión de segundos.

—¿Quieres saber de dónde viene? —Apoyé mi mentón contra su hombro, mirándola de reojo mientras deslizaba mi mano libre hacia su rostro, rozando apenas el borde del parche. Ella negó rápidamente con la cabeza—¿Quieres tomar una ducha?

Mi pregunta flotó en el aire húmedo. Sentía los latidos desbocados de su corazón golpear contra mi propio pecho. Sin esperar a que respondiera, tiré de su cuerpo hacia el interior de la tina, acomodándose directamente sobre mi regazo.




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