Capítulo 1: El funeral de Mongo
El aire es espeso, apenas se mueve. Tres ventiladores giran en el techo con un ruido de hélices viejas, cada uno a su propio ritmo, desincronizados. Hace calor, un calor que parece venir de la tierra misma. Las lámparas colgadas en las esquinas del salón derraman una luz amarilla que no alivia la sensación térmica; más bien castigan, se pegan a la piel y la hacen ver envejecida como papel arrugado. Afuera, La Habana se derrite a la hora de la siesta.
Al fondo del salón, una bóveda donde se acomoda la mesa de metal plateado que recibirá pronto al ataúd. En el interior de la bóveda, una lámpara de luz blanca difusa y muy tenue envuelve la escena en un ambiente celestial. A ambos lados de la mesa de metal se erigen candelabros de madera barnizada.
A la izquierda está Soledad —la viuda— balanceándose suavemente en su sillón, sola, pensativa, enfocada en las imágenes y recuerdos que llegan a su mente de manera involuntaria. Su sola presencia transmite sosiego; no necesita hablar, ni reclamar su espacio. A ratos esgrime su abanico, aparentando defenderse del calor asfixiante, cuando en realidad intenta desvanecer, con rápidos golpes de aire, escenas tristes y dolorosas, que no quiere recordar. No ahora.
Sus tres hijos: Ernesto, Abelardo y Ramón le rodean, le envuelven como pétalos a su flor, le acompañan silenciosamente, pero no interrumpen su ritual, solo están atentos, disponibles. Cada uno tiene sus propios recuerdos que procesar, pero sobre todo los comunes, los compartidos, los que son parte del entorno familiar, que hoy deben proteger y preservar.
Soledad, en su balanceo, evoca una imagen breve: Mongo llegando a casa con un juguete para el más pequeño de sus hijos, besando a todos en la frente antes de ducharse (y borrar de paso un olor ajeno). Un olor reconocible desde la distancia, y que a ratos le robaba un poco de alegría, pero no de paz, no de amor.
Un poco más alejados están los vecinos. Los que nunca fallan y siempre están al alcance para lo que sea, y representan, quiérase o no, una extensión de la familia. Están presentes en los buenos momentos, en el nacimiento de hijos o nietos, en las graduaciones, en los cumpleaños y también en los funerales. Son los que prestan su hombro, pero lamentablemente también su lengua, y aportan murmullo, sospecha, especulación. Cuando aún se desconocen las posibles causas de la muerte de Mongo, la curiosidad siempre gana, y encuentra asiento en primera fila.
—Nadie lo hubiera imaginado…
—Tan fuerte que se veía todavía…
—Dicen que… ya sabe, la pastillita esa…
—Qué vergüenza, a su edad…
—Pobrecita Soledad, ella es una santa.
Un vecino murmura:
—Mongo era un hombre serio, buen padre, trabajador; lástima que… —y se calla al ver la mirada de Soledad.
El murmullo es una pesada nube que flota en el aire y fluye desordenadamente, y es inevitable que llegue a oídos de Soledad y de su familia. Pero ella finge indiferencia, se mantiene firme, ecuánime. Solo aprieta con fuerza su abanico, calla y mantiene su mirada erguida. Nadie la debería ver flaquear. Cuando Ernesto, uno de sus hijos, hizo intentos por responderles a murmuradores y chismosos y exigirles cuando menos respeto, ella le detuvo con unas suaves palmadas sobre su muslo derecho y una tierna sonrisa.
Ramón Everardo Cantero Luna se despide de la vida a los 72 años, cuando todo parecía que aún daba para mucho más. La muerte llega de improviso, cuando menos se lo espera, con una salud envidiable y una mente intacta y fértil.
—Cuando llega la muerte y agita su guadaña —decía un vecino en voz alta—, no hay nada que hacer ni dónde esconderse; si estás en la lista, estás.
En el centro del salón, una mesita redonda, cubierta con un mantel rojo, llama la atención de todos. Sobre ella, una botella de Habana Club 7 años, con algo más de la mitad de su contenido intacto, custodiada por 4 botellas de ron barato aún sin estrenar, marcando los 4 puntos cardinales. Boca abajo y rompiendo la simetría del ensamble, un par de vasos plásticos desechables.
Joaquín, un mulato fornido y musculoso, de aproximadamente unos 30 años de edad, alisaba el mantel con aires de sacristán y reubicaba las botellas con precisión milimétrica.
—Esa del centro —dijo alzando la voz para que todos le oyeran—, que nadie la toque, por favor, es la del muerto. La empezó él y hay que respetarla.
Joaquín tenía a cargo la organización y la logística del funeral. Se lo había prometido a Mongo: su maestro y amigo, hace unos meses antes de salir del Taller de Mecánica en que ambos trabajaban.
El viejo, como que sospechaba que le quedaba poco tiempo, y lo tomó con tan buen humor, que hasta se divertía planeando cada detalle de su propio funeral. —comentaba Joaquín cada vez que le preguntaban.
Soledad abandonó por un momento la mecedora y, llena de curiosidad, se acercó lentamente al profano altar.
—¿Fue idea de Mongo? —preguntó sin disimular su tierna sonrisa—.
—Sí, claro, todo fue idea suya. —Respondió Joaquín—. No quería que en su funeral hubiera tristeza. Quería fiesta, buen humor, alegría en su despedida.
—De hecho, me hizo escribir una lista de 12 personas, a quienes tenía que invitar personalmente y no podían faltar. Eran sus compañeros de viajes, de tragos o de religión y por eso estoy acomodando estas sillas.
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Editado: 06.10.2026