Sueña...Inari Masga.

Introducción:

Antes de encender la luz

Hay preguntas que no aparecen cuando estamos perdidos.

A veces aparecen cuando, por fin, nos detenemos.

Durante mucho tiempo pensé que crecer consistía en encontrar respuestas. Saber qué quería, quién era, hacia dónde iba. Tener una idea más o menos clara de la mujer en la que quería convertirme.

Pero al llegar a los treinta descubrí algo extraño:

seguía teniendo preguntas.

Algunas eran nuevas.

Otras llevaban años esperando.

Había preguntas sobre el amor, sobre la maternidad, sobre la fe, sobre el trabajo, sobre la familia, sobre las decisiones que tomamos cuando todavía no sabemos cuánto van a cambiar nuestra vida.

Y también estaban las preguntas más pequeñas.

¿Qué habría pasado si…?

¿En qué momento dejé de ser aquella niña?

¿Cuándo aprendí a guardar ciertas partes de mí?

¿Y qué cosas de aquella mujer que fui todavía viven aquí?

Quizá por eso comencé a mirar hacia atrás.

No para corregir mi historia.

Tampoco para decidir cuál de mis versiones fue la correcta.

Sólo quería observarlas.

A la mujer de veinte años que todavía confundía algunas veces el ardor con la certeza.

A la de veintiuno, que descubría que amar también podía significar aprender sobre límites, esfuerzo y posibilidades.

A la de veintidós, que tuvo que inventar pequeñas luces mientras atravesaba una tormenta que no había imaginado.

A la de veintitrés, que volvió a moverse cuando el mundo entero parecía haberse detenido.

A la de veinticuatro, que comenzó a preguntarse quién era cuando dejaba de intentar ser lo que otros esperaban de ella.

A la de veinticinco, que descubrió que una idea podía dejar de ser solamente una idea.

A la de veintiséis, que necesitó hacer espacio.

A la de veintisiete, que comenzó a reunir partes de sí misma que durante mucho tiempo había considerado demasiado distintas para pertenecer al mismo lugar.

A la de veintiocho, que aprendió a caminar sin conocer todavía todo el camino.

Y a la de veintinueve, que empezó a construir.

Pero no quiero adelantar las respuestas.

Porque quizá eso sería quitarle algo importante a esta historia.

Quiero conservar las dudas.

Quiero conservar también las añoranzas.

Hay cosas que extraño de la mujer que fui.

Extraño algunas de sus certezas, incluso cuando ahora sé que no siempre estaban fundamentadas.

Extraño su manera de imaginar el futuro sin conocer todavía el peso de ciertas decisiones.

Extraño algunas versiones de mi propia libertad.

Extraño personas que ya no están.

Lugares que ya no existen de la misma manera.

Sueños que cambiaron de forma.

Y quizá, de vez en cuando, también extraño a la mujer que yo creía que iba a ser.

Pero mirar hacia atrás no siempre significa querer regresar.

A veces significa reconocer el camino.

Porque hay partes de nosotros que sólo podemos comprender cuando dejamos de observarlas como errores y comenzamos a mirarlas como capítulos.

Tal vez eso sea crecer.

No convertirnos en alguien completamente diferente, sino aprender a reconocer la continuidad entre todas las personas que hemos sido.

Durante años pensé que mi historia estaba hecha de momentos separados.

Un color aquí.

Una decisión allá.

Una pérdida.

Una esperanza.

Una hija.

Una casa.

Un libro.

Una pregunta.

Otra pregunta.

Hasta que comencé a sospechar que quizá todo estaba conectado.

Que incluso aquello que parecía no tener relación estaba dejando algo en mí.

Como si, sin darme cuenta, hubiera estado reuniendo materiales.

Colores.

Palabras.

Creencias.

Miedos.

Deseos.

Recuerdos.

Fotografías.

Libros.

Personas.

Errores.

Pequeñas victorias.

Y también silencios.

Muchos silencios.

No sé exactamente cuándo comenzó esta necesidad de registrar las cosas.

Tal vez siempre estuvo ahí.

Guardar fotografías.

Escribir diarios.

Conservar objetos.

Poner nombres.

Volver a ciertas historias.

Intentar entender qué había detrás de ellas.

Quizá necesitaba comprobar que lo vivido había sucedido.

O quizá necesitaba dejar una huella para que, algún día, pudiera volver a encontrarme.

Este libro nació de esa necesidad.

De mirar mis primeros treinta años y preguntarme qué había hecho con todo aquello que había recibido.

Qué había construido.

Qué había dejado caer.

Qué seguía ardiendo.

Y qué necesitaba espacio para convertirse en algo nuevo.

No escribo estas páginas porque tenga todas las respuestas.

Las escribo precisamente porque todavía hay preguntas.

Porque algunas historias cambian de significado cuando las observamos desde otra edad.

Porque hay recuerdos que duelen menos cuando conseguimos darles un lugar.

Porque algunas cosas que antes parecían pérdidas, con el tiempo se convierten en dirección.

Y porque quizá la vida no siempre nos entrega un plano.

A veces sólo nos entrega materiales.

Un poco de fuego.

Un poco de luz.

Algunas ruinas.

Una puerta.

Un camino.

Y la libertad —y la responsabilidad— de decidir qué hacemos con todo ello.

Éste es mi intento de mirar esos materiales.

No para construir una versión perfecta de mí misma.

Sino para entender cómo llegué hasta aquí.

Los siguientes capítulos recorren una década hacia atrás.

Diez años.

Diez colores.

Diez mujeres que, aunque llevan el mismo nombre, no sabían todavía que algún día serían parte de una misma historia.

Yo tampoco sabía lo que encontraría al regresar.

Tal vez por eso quise hacerlo.

Porque algunas respuestas sólo aparecen cuando tenemos el valor de volver a hacer las preguntas.




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