21 años
A los 21 elegí el oro.
Y quizá sea curioso que haya elegido precisamente ese color durante uno de los años en los que menos abundancia material tuve.
Pero en aquel momento el oro no significaba dinero.
Significaba valor.
Significaba independencia.
Significaba esa sensación de estar comenzando a construir una vida que me pertenecía.
A los 21 estudiaba.
Trabajaba.
Me estaba independizando.
Y acababa de comprarme mi primer celular elegido completamente a mi gusto.
No el que alguien consideraba suficiente para mí.
No el que podían prestarme.
No el que tenía que aceptar porque era lo que había.
El que yo necesitaba.
El que yo quería.
Podría parecer una cosa pequeña.
Pero para mí no lo era.
Era una pequeña declaración de independencia.
Yo podía elegir.
Yo podía pagar.
Yo podía decidir qué necesitaba.
Yo estaba empezando a construir mi propia vida.
I. El oro
El oro siempre me había parecido un color extraño.
No es exactamente amarillo.
Tiene algo de amarillo, pero también algo de luz.
No es simplemente brillante.
Es un color asociado al valor porque, culturalmente, el oro ha sido utilizado para representar aquello que se considera precioso.
Y creo que eso era lo que yo estaba buscando a los 21.
Sentir que mi vida tenía valor.
Que mis decisiones tenían valor.
Que mi esfuerzo tenía valor.
Que podía construir algo propio.
No sabía todavía cuánto iba a costarme descubrir qué cosas realmente tenían valor para mí.
II. La primera independencia
A los 21 me fui a vivir con el papá de mi hija.
Él provenía de un hogar de bajos recursos, en un pueblo que parecía crecer a un ritmo distinto al de la ciudad.
Estaba demasiado cerca de la capital como para sentirse completamente aislado de ella, pero al mismo tiempo parecía avanzar a otro ritmo.
Yo llegaba desde otra realidad.
No necesariamente una realidad de abundancia.
Pero sí una realidad con otras costumbres.
Otras expectativas.
Otras facilidades.
Otra manera de entender lo cotidiano.
Y al principio eso no me importó demasiado.
Porque estaba enamorada.
Y cuando una está enamorada, algunas diferencias parecen aventuras.
III. La aventura
Hubo romance.
Hubo emoción.
Hubo esa sensación de estar haciendo algo que parecía sacado de una historia.
Yo era una mujer joven que amaba la aventura.
Y vivir con él representaba exactamente eso:
una aventura.
Una vida diferente.
Una oportunidad de probar algo nuevo.
Quizá incluso una forma de demostrarme que podía hacerlo.
Y durante un tiempo funcionó.
O al menos yo quería que funcionara.
Porque cuando una ama, puede llegar a confundir la capacidad de soportar algo con la posibilidad de construir una vida alrededor de ello.
Y yo todavía no sabía distinguirlas.
IV. El choque
Con el tiempo apareció algo que no podía ignorar.
No era solamente una diferencia económica.
Era una diferencia cultural.
Una diferencia de mentalidades.
Había dinámicas familiares que para mí eran difíciles de comprender.
Veía mujeres cargando resentimientos hacia los hombres y hombres que ocupaban el lugar de “jefes de hogar” porque eran quienes llevaban el dinero, aunque muchas veces no asumieran otras responsabilidades.
El dinero llegaba.
Se entregaba un gasto.
Y después cada quien debía arreglárselas como pudiera para que alcanzara.
Yo no entendía esa dinámica.
Y tampoco quería aprender a vivir así.
Él decía que quería ser diferente.
Y yo creo que, en cierta medida, sí quería serlo.
Pero también existía una contradicción:
quería ser diferente sin abandonar completamente el lugar que conocía.
Sin salir de su zona de confort.
Sin romper del todo con las expectativas de su familia.
Y entonces apareció una pregunta que me acompañaría durante mucho tiempo.
V. ¿Quién se adapta?
Él decía que yo no tenía que adaptarme a la cultura de su familia.
Que yo podía mantener mi manera de hacer las cosas.
Pero había un problema.
¿Cómo no te adaptas a una cultura cuando estás viviendo dentro de ella?
¿Cómo conservas tu estilo de vida cuando no tienes las mismas cosas ni las mismas facilidades que antes?
¿Cómo impones una forma distinta de vivir cuando no cuentas con las herramientas materiales para sostenerla?
No era solamente una cuestión de voluntad.
No podía decir:
yo viviré de otra manera.
Y mágicamente tener los recursos para hacerlo.
Había que cocinar con lo que había.
Gastar con lo que había.
Moverse con lo que había.
Vivir con lo que había.
Y cada decisión cotidiana terminaba convirtiéndose en una negociación entre lo que yo quería y lo que realmente podíamos hacer.
VI. La escasez
Entonces descubrí algo que quizá el oro todavía no me había enseñado.
La escasez no solamente significa tener poco dinero.
También significa tener pocas opciones.
Cuando tienes recursos, puedes elegir.
Cuando no los tienes, muchas veces tienes que aceptar.
Aceptar el transporte disponible.
Aceptar la comida que alcanza.
Aceptar los espacios que existen.
Aceptar las condiciones que no puedes cambiar inmediatamente.
Y eso puede convertirse en una forma muy particular de cansancio.
Porque no necesariamente estás sufriendo una tragedia.
Simplemente estás viviendo constantemente al límite de lo posible.
Yo intenté acostumbrarme.
Por amor.
Intenté entender.
Por amor.
Intenté soportar.
Por amor.
Intenté encontrar belleza en una vida que no se parecía a la que había imaginado.
Por amor.