Sueña...Inari Masga.

Rojo — La expectativa también arde.

20 años

A los veinte años yo todavía no sabía construir.

Sabía desear.

Sabía imaginar.

Sabía enamorarme.

Sabía entusiasmarme.

Sabía arder.

Pero todavía no sabía cuánto espacio necesita un fuego para no convertirse en incendio.

A los veinte elegí el rojo.

Y, en aquel momento, el rojo me parecía la representación perfecta de lo que estaba viviendo.

Era pasión.

Era romance.

Era intensidad.

Era deseo.

Era ese tipo de emoción que hace que una historia parezca escrita antes de comenzar.

Yo todavía creía, en cierta manera, que cuando algo se sentía demasiado fuerte debía significar que era importante.

Que la intensidad era una señal.

Que enamorarse podía parecerse a encontrar una respuesta.

No sabía todavía que algunas cosas pueden arder muchísimo y, aun así, no estar destinadas a permanecer.

I. Entrar al fuego

A los veinte entré en una etapa de mi vida en la que todo parecía tener una intensidad particular.

Había expectativas.

Había sueños.

Había ganas de crecer.

Había amor.

Y había una idea muy poderosa de lo que significaba encontrar a alguien y comenzar una vida juntos.

Cuando conocí a quien después sería mi esposo, no pensé que estuviera entrando simplemente en una relación.

Sentí que estaba entrando en una historia.

Y quizá ésa fue la primera confusión.

Porque una historia puede ser emocionante sin necesariamente ser sostenible.

Puede tener personajes fascinantes.

Puede tener momentos inolvidables.

Puede tener escenas que parecen sacadas de una novela.

Y aun así, cuando termina la intensidad del comienzo, aparecen las preguntas que ninguna pasión puede responder por sí sola.

¿Quiénes somos cuando dejamos de estar enamorados del comienzo?

¿Cómo resolvemos los problemas?

¿Cómo tomamos decisiones?

¿Cómo construimos?

¿Qué hacemos cuando querer no es suficiente?

Yo todavía no tenía esas respuestas.

Tenía veinte años.

Y tenía fuego.

II. El estroncio escondido en la piedra

Hay algo que me gusta particularmente del rojo de aquel año.

El rojo de los fuegos artificiales puede obtenerse mediante compuestos de estroncio.

El estroncio es un elemento químico cuyo símbolo es Sr y cuyo número atómico es 38.

No necesito convertir la química en una explicación espiritual.

Me basta la imagen.

Un elemento escondido dentro de la materia puede transformar el color de una llama.

Y eso se parece mucho a lo que ocurre con las personas.

Hay cosas dentro de nosotros que todavía no sabemos nombrar.

Deseos.

Miedos.

Necesidades.

Heridas.

Expectativas.

Todo eso permanece aparentemente escondido hasta que algo enciende la llama.

Entonces aparece el color.

A los veinte, mi fuego era rojo.

Todavía no sabía qué había dentro de él.

Sólo sabía que brillaba.

III. La expectativa

Creo que la emoción predominante de aquel año no fue exactamente el amor.

Fue la expectativa.

La expectativa de una vida.

La expectativa de una relación.

La expectativa de lo que podía llegar a ser.

Y la expectativa es peligrosa cuando la confundimos con una certeza.

Porque cuando imaginamos demasiado lo que algo será, dejamos de mirar con claridad lo que realmente es.

Yo no solamente veía a una persona.

También veía posibilidades.

Veía futuro.

Veía aventura.

Veía una historia.

Veía una versión de mí misma que todavía no existía.

Y quizá parte del enamoramiento consistía precisamente en eso:

en enamorarme también de todo lo que imaginaba que podía suceder.

La expectativa puede ser hermosa.

Nos ayuda a soñar.

Nos da energía.

Nos permite comenzar.

Pero también puede convertirse en una especie de lente.

Y cuando miramos a través de ella, podemos terminar viendo más lo que esperamos que lo que tenemos delante.

IV. Cuando el rojo deja de ser solamente pasión

Durante mucho tiempo pensé que el rojo representaba principalmente el amor.

Pero al mirar hacia atrás, ahora veo que representaba algo mucho más complejo.

Representaba intensidad.

Y la intensidad no es sinónimo de amor.

Una emoción puede ser enorme y aun así no ser saludable.

Una relación puede sentirse apasionada y aun así carecer de estructura.

Una persona puede hacernos sentir cosas que no necesariamente significan que esa persona sea capaz de construir con nosotros.

Eso fue difícil de aprender.

Porque cuando una es joven, muchas veces cree que sentir muchísimo significa que algo importa muchísimo.

Pero no siempre.

A veces simplemente significa que algo está activando algo profundo dentro de nosotros.

Y eso merece ser observado.

No necesariamente obedecido.

V. La arquitectura de la pasión

Hoy puedo mirar aquel año desde una metáfora que entonces todavía no existía para mí:

la arquitectura.

La pasión es como el fuego.

Necesita energía.

Necesita oxígeno.

Necesita materia que pueda transformar.

Pero también necesita límites.

Porque un fuego sin estructura puede expandirse hasta donde encuentre algo que quemar.

Y yo todavía no sabía construir esa estructura.

No sabía poner límites al entusiasmo.

No sabía distinguir entre deseo y necesidad.

No sabía cuánto de una relación debía construirse sobre acuerdos y cuánto estaba intentando sostener solamente con emoción.

No sabía que amar a alguien no significa necesariamente que puedan vivir de la misma manera.

No sabía que una relación necesita algo más que química.

Necesita comunicación.

Responsabilidad.

Respeto.

Límites.

Capacidad de negociar.




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