Sueña...Inari Masga.

Lila/vino — Fabricar luz enmedio de la tormenta.

22 años

A los 21 elegí el lila para alguien que todavía no conocía.

Todavía no sabía si tendría una hija o un hijo.

Tampoco quería saberlo.

Quería que fuera sorpresa.

Pero había algo más detrás de esa decisión.

No quería que el color de mi bebé dependiera de su sexo.

No quería empezar a construirle un personaje antes de conocerla.

No quería que el rosa significara niña.

Ni que el azul significara niño.

Quería dejar un espacio en blanco.

O, mejor dicho, un espacio lila.

Y así empezó uno de los colores más importantes de mi vida.

I. Antes de conocerla

El lila era una especie de punto intermedio.

No necesitaba decirme quién sería mi bebé.

Sólo acompañaba la espera.

Y quizá eso era precisamente lo que yo necesitaba aprender:

que todavía no sabía quién iba a ser ella.

Ni quién iba a ser yo como madre.

Ni quién iba a ser yo después de convertirme en madre.

Había muchas cosas que todavía no tenían nombre.

Pero ya había un color.

Lila.

No como una respuesta.

Como una posibilidad.

II. Cuando nació

A los 22 nació mi hija.

Y entonces el lila dejó de ser una elección abstracta.

Ahora tenía un rostro.

Un cuerpo pequeño.

Una respiración.

Un nombre.

Una vida que dependía de mí.

Y decidí conservar el color.

Aunque ya sabía que era una niña, no quise cambiarlo.

Quizá porque el lila había nacido precisamente de mi deseo de no encasillarla.

Ella no necesitaba que yo decidiera por adelantado quién sería.

Podía crecer y descubrirlo por sí misma.

El color podía acompañarla.

No definirla.

III. Mi habitación lila

En algún momento comenzó a hacerse muy fuerte esa estética de las llamadas beige moms.

No sé exactamente cuándo comenzó aquella tendencia ni me interesa convertirlo en una guerra contra un color.

Pero el beige nunca me gustó.

A mí me recuerda a la humedad.

A ciertas paredes antiguas.

A lo vintage cuando el tiempo ya dejó una marca demasiado evidente.

Y yo no quería eso.

No quería una habitación deslavada.

No quería que todo pareciera diseñado para no molestar.

Quería color.

Quería vida.

Y además había una razón mucho más sencilla:

yo siempre había amado el morado.

Así que convertí mi habitación en lila.

Todo lo que pude.

Lila por todas partes.

Y había algo divertido en descubrir que incluso existían zafiros morados.

Como si la vida me estuviera diciendo que aquel color también podía pertenecerme.

No necesitaba justificarlo.

Me gustaba.

Y eso era suficiente.

IV. El color de una tormenta

Pero mientras mi habitación se llenaba de lila, mi vida comenzaba a llenarse de cosas que no había planeado.

Tuve preeclampsia.

Desde afuera no parecía estar atravesando una emergencia.

No era la imagen que muchas personas imaginan cuando escuchan que alguien está gravemente enfermo.

Yo me veía relativamente bien.

Quizá un poco hinchada.

Pero por dentro mi presión arterial estaba demasiado alta.

Y esa diferencia entre lo que se veía y lo que estaba ocurriendo dentro de mí terminó convirtiéndose en una de las experiencias más importantes de mi vida.

Porque aprendí que no todo lo grave se ve.

Que una persona puede estar sonriendo mientras algo dentro de ella está ocurriendo a una velocidad que nadie más puede observar.

Y también aprendí algo sobre mí:

yo tenía un umbral del dolor muy alto.

Durante mucho tiempo había aprendido a funcionar incluso cuando algo dolía.

Pero el cuerpo no siempre negocia con nuestra capacidad de aguantar.

V. Una llegada antes de tiempo

La preeclampsia llevó a un parto prematuro.

Mi hija llegó antes de lo que habíamos imaginado.

Y el parto fue por cesárea.

De pronto, todo aquello que había imaginado alrededor de la maternidad tuvo que adaptarse a una realidad completamente distinta.

No hubo tiempo para que las cosas sucedieran exactamente como yo las había pensado.

Había hospital.

Había preocupación.

Había cuentas.

Había deudas.

Y había una bebé que necesitaba de mí.

Yo también necesitaba tiempo.

Pero las deudas no esperaban.

Así que tuve que trabajar para pagar las cuentas del hospital.

Mientras intentaba aprender a ser madre, también estaba intentando resolver las consecuencias económicas de haber llegado hasta allí.

Y eso fue sólo una parte de la tormenta.

VI. La ausencia

Después vino el abandono del padre de mi hija.

Dos meses después de que ella naciera, él se apartó de nosotras.

Dejó de llamar.

No pagó manutención.

Me bloqueó.

Y aquella situación se convirtió en una rutina extraña que se prolongó durante mucho tiempo.

Yo había imaginado que después del nacimiento de mi hija habría dos personas aprendiendo a ser padres.

Pero terminé aprendiendo a ser madre mientras también aprendía a enfrentar una ausencia.

Y hay una diferencia enorme entre cuidar a un bebé porque elegiste hacerlo y tener que sostener prácticamente todo mientras todavía estás intentando entender lo que te está pasando.

VII. Llorar sin hacer ruido

Trabajaba.

Y lloraba.

Pero muchas veces no podía llorar donde alguien me viera.

Me escondía en el baño.

Lloraba en silencio.

Volvía a salir.

Continuaba trabajando.

Tenía que extraerme la leche.

Regresaba a casa.

Y por las noches seguía llorando.

Era una rutina que nadie veía completa.

Durante el día podía parecer funcional.

Podía trabajar.

Podía cuidar a mi hija.

Podía hablar.

Podía hacer lo necesario.

Pero cuando llegaba la noche, cuando ya no tenía que demostrar que podía continuar, aparecía todo lo que había estado guardando.




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