El hombre que me había matado cinco veces sabía exactamente cómo tomaba el café.
Por supuesto, yo todavía no sabía lo de las cinco muertes.
A las cuatro y diecisiete de aquella tarde solo sabía que un desconocido acababa de sentarse frente a mí y había apartado con dos dedos el sobre de azúcar que el camarero había dejado junto a mi taza.
—No lo usas —dijo.
Levanté la mirada.
Treinta y tantos. Quizá treinta y seis. Abrigo oscuro mojado por la lluvia, cabello negro pegado ligeramente a la frente, una expresión demasiado cansada para alguien que acababa de entrar en una cafetería.
Tenía las manos frías.
Lo supe porque una de ellas había rozado la mía al mover el azúcar.
Retiré los dedos de inmediato.
—¿Perdón?
—El azúcar. Nunca lo usas. Café solo, una cucharada de leche fría. No caliente. Si está demasiado fuerte, finges que no te molesta y lo terminas igual.
Miré mi taza.
Luego lo miré a él.
—¿Nos conocemos?
Durante un instante ocurrió algo extraño.
Su rostro cambió.
No mucho. Apenas una tensión alrededor de los ojos, una respiración demasiado lenta, como si la pregunta hubiera dolido.
—No de la manera que tú recuerdes.
Aquella respuesta habría debido hacerme levantarme inmediatamente.
No lo hice.
No porque me pareciera interesante.
Porque me dio miedo.
Hay personas que amenazan levantando la voz. Otras se acercan demasiado. Algunas sonríen cuando no deberían.
Él permanecía sentado con las manos sobre la mesa, dejando suficiente espacio entre nosotros.
Y aun así cada músculo de mi cuerpo me decía que me marchara.
La lluvia golpeaba los cristales del café. Afuera, los paraguas avanzaban inclinados bajo un cielo gris de octubre.
Yo había entrado allí después de salir del Archivo Histórico Municipal, donde trabajaba desde hacía seis años clasificando fotografías, documentos y correspondencia que la mayoría de la ciudad había olvidado.
Una hora antes había estado restaurando digitalmente la fotografía de una boda de 1924.
Ahora un desconocido sabía cómo bebía el café.
—¿Quién es usted?
—Adrián.
—No he preguntado su nombre.
Algo parecido a una sonrisa apareció en sus labios.
No era una sonrisa feliz.
—Sigues haciendo eso.
—¿Haciendo qué?
—Responder como si necesitaras ganar una conversación que todavía no sabes que estás teniendo.
Se me heló la espalda.
Cogí el teléfono.
Él lo vio.
—Puedes llamar a la policía.
—Qué tranquilizador.
—No pretendía que lo fuera.
Abrí la aplicación de emergencias.
—Entonces empiece a hablar.
Miró la puerta del establecimiento antes de volver a mí.
—Te llamas Elisa Valcárcel. Tienes treinta y un años. Trabajas en el archivo de la calle Belgrano. Vives sola desde hace cuatro años. No soportas dormir con las puertas de los armarios abiertas.
El pulgar se me quedó quieto sobre la pantalla.
—Eso se puede averiguar.
—Sí.
—Mis redes sociales.
—No publicas tu casa.
—Alguien pudo contárselo.
—También.
Su tranquilidad empezó a irritarme casi tanto como el miedo.
—Continúe.
Sus ojos bajaron hacia mi mano izquierda.
—Tienes una marca de nacimiento debajo de la muñeca.
La cubrí instintivamente con la manga.
Era pequeña. Alargada. De un tono más oscuro que mi piel.
Casi nadie la había visto.
Adrián tragó saliva.
—Parece una media luna partida.
Sentí un golpe desagradable en el pecho.
—¿Me ha seguido?
—No.
—¿Ha entrado en mi casa?
—Nunca.
—¿Quién demonios es usted?
No respondió.
A nuestro alrededor continuaban las conversaciones, las cucharillas contra la porcelana, el vapor de la cafetera, el murmullo de la lluvia.
Todo seguía siendo normal.
Eso era lo peor.
—Cuando estás nerviosa —dijo—, aprietas el pulgar contra el dedo índice hasta dejarte una marca.
Solté la mano.
No me había dado cuenta de que lo estaba haciendo.
—Y antes de mentir —continuó— miras ligeramente hacia la izquierda.
—Eso es absurdo.
Miré hacia la izquierda.
Él cerró los ojos.
Solo un segundo.
Cuando volvió a abrirlos había algo parecido a dolor en ellos.
—No has cambiado.
Me puse de pie.
La silla chirrió sobre el suelo.
Varias personas nos miraron.
—Se acabó.
Adrián no intentó detenerme.
Saqué unos billetes de la cartera y los dejé junto a la taza.
—Elisa.
—No diga mi nombre.
—Escúchame durante diez segundos.
—No.
—Entonces cinco.
Guardé el teléfono en el bolso y me puse el abrigo.
—Si vuelve a acercarse a mí llamaré a la policía.
—Esta vez no cruces la calle cuando escuches tu nombre.
Me quedé inmóvil.
No sé por qué.
Quizá fue la forma en que lo dijo.
No como una amenaza.
Como alguien que conocía el final de una historia y estaba intentando cambiar una sola frase.
—¿Qué significa eso?
—Exactamente lo que he dicho.
—¿Esta vez?
Adrián apartó la mirada.
Vi entonces una cicatriz que comenzaba bajo el cuello de su camisa y subía apenas unos centímetros por el lado derecho.
Blanca. Antigua. Irregular.
Volvió a mirarme.
—Vete a casa.
—No me dé órdenes.
—Nunca funciona cuando lo hago.
Sentí otro escalofrío.
—Está loco.
—Ojalá.
Salí.
La lluvia me golpeó la cara.
No abrí el paraguas.
Necesitaba aire.
Necesitaba alejarme de aquel hombre.
Caminé deprisa por la acera, esquivando gente, diciéndome que todo tenía una explicación lógica.
Me había investigado.
Un acosador.
Un hombre obsesionado.
Un compañero de alguien que conocía.
Quizá había visto mis redes.
Quizá había hablado con una antigua pareja.