Vínculos Inquebrantables — Capítulos Especiales.

ESPECIAL CONRAD: El Fuego Dentro De Ella.

Descarado

— Conrad —

[...]

Lynna está sobre mi escritorio, con las piernas rodeándome la cintura mientras la domino quirúrgicamente a base de besos y caricias obscenas. La falda de esta hermosa chica está arrugada y subida hasta sus caderas, dejando al descubierto la piel pálida de sus muslos suaves al tacto.

La forma en que tiene las piernas abiertas para dar paso a mi mano me es irresistible. Puedo sentir por sobre la suave tela de su pantaleta el surco de su hermosa vulva, esa que me ha recibido con calor y humedad incontables veces. Muevo mis dedos, deslizando el néctar que los besos y las caricias ya han causado en ella. El movimiento es circular y longitudinal por toda su intimidad.

La atmósfera dentro de mi oficina es tan asfixiante; los besos son voraces. La colisión de nuestras lenguas y saliva nos deja sin aliento, pero ninguno cede, y si ella intenta apartarse, la obligaré a seguirme el ritmo hasta quedar completamente saciado de sexo.

«Aunque, para ser sincero, eso no me sucederá jamás».

Ahora mismo solo puedo concentrarme en lo linda que suena su voz al gemir cada vez que mis dedos le estimulan el clítoris de forma insistente, haciendo que se aferre a las solapas de mi saco, mirándola echar la cabeza hacia atrás. Y por último, el erotismo crudo que se combina con su perfume floral y mi perfume amaderado en el ambiente de este imperio de mármol y madera.

Entre los besos y el roce inminente de nuestros cuerpos, ella rompe el ritmo, buscando alejarse sutilmente para hablar con la desesperación de alguien que quiere rogar por más…

«Ruégamelo, preciosa… Ruégame sacarme la verga, hacer de lado esa estorbosa tela húmeda y encajártela hasta dejarte adolorida sobre el papeleo del día…», pienso dándole el espacio que busca para hablar…

— Conrad… — susurra contra mi boca, jadeando levemente y mordiendo ese labio inferior carnoso y tentador mientras mi mano no da tregua entre sus piernas — ¿Alguna vez vas a presentarme a tu familia… O vas a seguir escondiéndome como si fuera un secreto sucio?

Me detengo en seco. La calidez de mi tacto se transforma instantáneamente en rigidez. Me separo de ella con lentitud deliberada, rompiendo el contacto visual y dejándola expuesta, vulnerable sobre mi espacio, aún con las piernas abiertas.

Mis ojos, antes ocupados por el deseo son ahora dos estructuras que la escrutan de forma analítica.

— ¿A qué te refieres con eso? — pregunto. Mi voz no es la de un amante apasionado; es la voz del hombre de negocios, cortante y desprovista de cualquier rastro de afecto.

Lynna se tensa frente a mis ojos. Se le quita del rostro todo rastro de excitación, dando paso a la mirada de una presa acorralada. Se incorpora un poco, intentando recomponer su falda con las manos temblando.

— H-hemos salido por meses, Conrad — replica con la voz flaqueando, pero intentando mantenerse digna — Hemos hecho el amor tantas veces que he perdido la cuenta… Te he entregado todo, ¿no quieres que demos un paso más firme ahora? ¿o es que esto no significa nada para ti?

«¿Hacer el amor?», pienso mientras la miro en silencio. No es un silencio bueno, es el silencio que todos saben que es devastador. Me aparto por completo y le doy la espalda mientras me ajusto las sardinetas del saco con una calma que sé que le va a resultar insultante.

En mi mente el desdén ya fluye como veneno; es una irritación profunda y oscura que se me instala en la parte alta del pecho.

«¿Por qué tenías que arruinar todo esto a base de tus cursilerías?», pienso ahora con una frialdad implacable.

Para mí, el orden de las cosas estaba siendo tan simple: Lynna no era más que una distracción exquisita, mi escape sensorial, un cuerpo que me pertenecía en cuanto la verga me palpitaba por ser usada. Pero los sentimientos son variables que no me permito en la ecuación de mi control. Fueron solo meses de fuego, piel contra piel y entrega sexual absoluta. Una transacción de placer altamente eficiente.

— No te equivoques, Ly — digo por fin, girándome para mirarla con total desinterés — No hay pasos “más firmes” que esto. Lo que ves es lo que hay: una forma de pasar el tiempo cuando el trabajo se vuelve tedioso. No quiero que conviertas esto en una aburrida novela romántica. Es patético viniendo de alguien tan educada como tú.

Mis palabras parecen darle de lleno en el corazón, es casi como si pudiera escucharlo haciendo:

¡CRUJ!

Veo cómo es que la sangre le sube al rostro pero no por vergüenza. Pues puedo percibir a través de sus ojos azules la rabia explosiva que le quema las entrañas. Se pone de pie en un salto, ignorando la desnudez parcial de sus piernas.

— ¡Eres un idiota insensible! — grita al llegar hasta mí, su voz chillona llena el espacio de un golpe — ¡Un imbécil obstinado y cruel! ¡Me tratas como si fuese un objeto que compras y usas cuando te apetece!, ¿es así como tratas a todas las personas?, ¿somos todos unas herramientas para tu satisfacción? — me da un par de manotazos débiles, ahora con los ojos empañados y el rostro descompuesto en una ridícula mueca de dolor — ¡No tienes corazón, Conrad. Solo una ambición vacía y un ego que no te deja ver al resto con respeto!

Yo permanezco inmóvil, observándola fijamente. Como el cazador al mirar por la cruceta al ciervo que está a punto de asesinar.

Dado que no hay respuesta de mi parte, el sitio se queda en un silencio sepulcral, el aire se vuelve denso, casi sólido y con una temperatura helada.

Me dispongo a acortar la distancia con una precisión metódica, dispuesto a terminar con este juego infantil de gritos y lloriqueos. Ella, con el rostro encendido de la rabia y los ojos inundados, retrocede con miedo hasta que su culo choca contra el borde del escritorio. Sus manos le tiemblan mientras se limpia las mejillas, intentando aferrarse a una decencia que yo ya pisoteé con comodidad.




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