Cruzada de sangre - Linajes

Capítulo 27

Contemplo la copa con sangre que yace sobre la bandeja, luego dirijo mi mirada hacia las ventanas con barrotes observando la luna llena. Pienso en lo que debe estar haciendo en estos momentos Víctor, si acaso logró encontrar lo que fue a buscar con ansiedad. Luego pienso en Maximiliano, Cristóbal y los demás, si acaso han seguido los ataques. Acá no recibo noticias del exterior y por más que le he preguntado a Volker cambia el tema haciendo que mi angustia no disminuya.

 

Tomó la copa para beberla, pero antes un fuerte golpe me hace dar un sobresalto, y luego el piano cuyas notas parecen llorar con rencor por un destino que detesta. Debe ser ese príncipe. Si lo pienso bien fui afortunada de que Víctor respondiera a mis sentimientos, y que Cristóbal fuera tan amable y cálido con una simple sirvienta vampiro. Algo que no sucedió con todos los convertidos, hay rencor en ellos por haberlos obligados a abandonar su vida como humano. ¿Será a esto que Aukan se refería a más humano que vampiro? Pero yo en esta etapa de mi vida ya he dejado de sentir odio por el futuro que eligieron para mí, y no por sumisión, sino porque he aceptado vivir como un vampiro y no puedo odiar algo que es ahora parte de mi propia esencia.

 

La lúgubre sonata de piano llena de odio no deja de producirme escalofríos tal solo pensar como ha de haber sufrido aquel que ahora toca cada nota con ese resentimiento. Y entrecierro los ojos mirando mis propias manos como si inevitablemente los recuerdos de los días que fui obligada a vivir bajo las órdenes de Marcos aparecieran en mi cabeza solo con intenciones de torturarme.

 

—Es hermoso ¿No es así? —vi como madame, la mujer vampiro amante de los pasteles. Entraba a mi habitación.

 

Me quedé estupefacta ante su presencia a estas horas. Recuerdo que Volker, entre una de sus reglas, es que no está permitido las visitas a estas horas, menos entre pacientes. Aunque igual pensando en ese príncipe que toca el piano fuera de horario sin que intenten detenerlos me hace pensar que la rigidez de sus reglas no es como imaginaba.

 

—Vamos querida —indicó con una sonrisa—. Escuchemos el lamento del Príncipe en un lugar más elegante.

 

—Agradezco su invitación, pero ¿Eso no va contra las normas de este lugar? —le pregunté inquieta.

 

—Somos pacientes ilustres ¿Que podrían hacernos? Castigarnos encerrándonos en nuestras habitaciones —sonrió mostrando una perfecta hilera de dientes—. Tranquila, es el último viernes del mes, este día se nos permite salir a estas horas, ayuda a que nos sintamos como si estuviéramos dentro de nuestra cordura.

 

Y sin decir más palabras, mientras sacaba su abanico, salió de mi habitación caminando por calma y alejándose por el pasillo hacia el salón del piano. Titubee, sin embargo, necesito ver a ese príncipe para averiguar si lo que Aukan me dijo fue refiriéndose a aquellos humanos convertidos que odian a los vampiros. Me vestí con rapidez, y atando mi cabello solo en una larga trenza salí hacia el salón del piano mientras la melodía se sigue escuchando. Pero de repente la música se terminó en forma abrupta, y al llegar al lugar la sala esta vacía no hay nadie en el lugar. Ni aquel príncipe ni madame. Preocupada, giro a mi alrededor ¿Habrá sido una ilusión?

 

—Parece que te gusta escucharme a escondidas —sentí una voz a mi espalda seguido por un escalofrío que me hizo reaccionar casi de un salto.

 

Sin esperar que aquel tipo me sostuviera de la muñeca y me atrajera a su lado ante mi sorpresa, nos quedamos mirando de frente. Su expresión seria se endureció aún más arrugando el ceño, molesto. Sus ojos de un azul oscuro no dejan de mirar a los míos mientras guardamos silencio. Respiro, agitada, sin saber que esperarme.

 

—Si quieres escuchar el piano aprende a ser cortes y escucha como debes hacerlo —y dicho esto me llevó consigo haciéndome sentar en una silla a una corta distancia del instrumento.

 

Me quedé sentada, mirándolo con fijeza sin saber qué es lo que planea hacer, pero atenta a defenderme si intenta atacarme, sin embargo, quiero entender lo que pasa en su cabeza y con ello poder entenderme a mí misma, sobre el “ser más humana que vampiro”, por eso le sigo el juego manteniéndome cauta ante cualquier desagradable sorpresa. Se sentó en el banquillo frente al piano y sin más comenzó a tocar cada tecla sacando un sonido dolido y triste, hasta convertirse en una sonata llega de resentimiento, y una rabia que refleja en su rostro, con los dientes apretados y los ojos que antes azules ahora lucen rojos. Sus dedos más que tocar el piano parecen golpearlo, y siento mi pecho agitado por los sentimientos negativos que proyecta a través de su música. Y de un momento a otro, dejo caer la tapa del piano dándole la espalda como si estuviera ofendido contra el instrumento que ahora yace en silencio.

 

—Eres Catalina ¿No es así? —me preguntó con tono de voz severo—. Madame dijo que querías conocerme.

 

¿Eso dijo? Lo contemplé en silencio sin responder de inmediato, mientras aquel toma su cabello desordenado y lo ata en una cola detrás de su nuca. Su rostro parece lucir más sereno con el cabello ordenado, aun cuando sus ojos azules no dejan de mirarme con frialdad.

 

—Sí, soy Catalina —le respondí arrugando el ceño.

 

—Eres como yo —dijo antes de darme la espalda y tomar dos copas y una botella de vino.

 

Sirvió las copas y me acercó una de ellas sin preguntarme si quería beber o no.

 

—Es vino, no sangre —indicó al notar mi incomodidad—. Así como tú, no disfruto de la sangre. Aunque llevas menos tiempo convertida que yo.

 

—¿Cuánto tiempo llevas convertido? —le pregunté mirándolo de reojo jugando con la copa en las manos.

 

Se sentó en el banquillo del piano mirando al vacío, no supe si me había escuchado o bien si se animaba a responderme. Bebió su vino en silencio y luego apoyó sus manos en sus rodillas mirándome con fijeza.



A.L. Méndez

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En el texto hay: vampiros, cazadores, cruzada de sangre

Editado: 21.04.2021

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