Cuando tus ojos me hablan

Capítulo 2

Él suspira de alivio ante mi confesión, y solo así se anima a volver a cerrar los ojos, por lo que, sin volver a perder más el tiempo, corro hacía la cocina en busca del pequeño cesto que tengo como botiquín. Tomo todo lo que necesito y nuevamente estoy con él.

—Escucha, voy a limpiarte las heridas y te aplicaré un cicatrizante, luego trataré de bajarte esa fiebre. No te esfuerces en hablar, solo asiente o niega con la cabeza a lo que te pueda preguntar. ¿Estás de acuerdo?—Asiente—Arderá un poco, se valiente, ¿vale? pero si te es muy insoportable puedes apretar mi muñeca o a este cojín.

Ok, vamos a hacer esto lo mejor que podamos, lo más probable es que lo deje mucho peor de lo que ya está, pero es su recompensa por no querer ir al hospital, donde obviamente iba a recibir un mejor trato. Bien, aquí vamos.

Con manos totalmente temblorosas le voy pasando el algodón con alcohol por todas las zonas afectadas. Limpiándolas tan delicadamente me toma un tiempo bastante generoso, puesto que él es un carnaval de cardenales, rasguños, golpes y más golpes. De veras que hay de todo un poco aquí, no termino con una cuando otra herida ya me está saludando. Las que más me preocupan son las que trae en el rosto, sobre todo la de la nariz, frente, ceja, parte del pómulo y mentón porque no paran de sangrar. Hago memoria de todos los cuidados básicos que vi en el CSI y opto por ejercer un poco de presión sobre ellas para ayudar a frenar el sangrado, y sí ¡Bingo! ¡Funciona! ¡Ya me puedo graduar como enfermera!

Tras múltiples maniobras y muchas cantidades exageradas de cicatrizante, puedo decir que aquí mi trabajo está hecho.

—Ya te he limpiado y cubierto las heridas, salvo la del mentón. Tienes una barba tan espesa, muy similar a la Santa Claus, pero no importa, igual ya te he aplicado cicatrizante, no te asustes si ves que se me ha ido la mano. Ahora debo preguntarte algo, esto es serio. Mírame, por favor. ¿No hay problema con que te coloque esta tirita en la nariz?

Ante mi pregunta, él cede a mi pedido y… ¡Zas! Otra vez esa bendita e inexplicable sensación que se apodera de mí, consiguiendo evadirme parcialmente de esta realidad, de nuevo. «Pero, ¿qué te está pasando, Mandi? Ya son muchas veces en menos de una hora» Por suerte no soy muy evidente, ya que su mirada se posa enteramente en la tirita de hello kitty que tengo aún en la mano, para luego recibir un muy marcado frunce de ceño asintiendo con mucha seriedad. ¿O-k? ¿No es para tanto, o sí?

—Lo siento, ya se me habían acabado las de bob esponja.

Le pego la tirita y otra vez le echo una exhaustiva mirada, confirmando que efectivamente, mi trabajo ahí ha concluido, sin embargo, mi observación no es del todo satisfactoria para él, dado que su ya fruncido ceño toma mayor protagonismo en esta incómoda escena.

—¿Pasa algo?—niega suavemente en respuesta, y continúa escrutándome severamente—¿Lo he hecho mal?—vuelve a negar—Entonces, ¿qué ocurre?

Me mira, me sigue mirando, y me vuelve a mirar, pero cuando iba a retomar conversación, este se adelanta.

—Lo… siento.

—¿Por qué?

—Por…—No puede agregar más, otra vez ese bendito dolor que no lo deja en paz.

—Basta de hablar por hoy. Te traeré una libreta para que así anotes las respuestas largas, las demás solo con la cabeza, pero antes te traeré algo de ropa, la que tienes está sucia, no queremos que las heridas se te infecten. Bien, a por ello—Salgo disparada hacia las escaleras, pero antes…—No te muevas, de lo contrario, haré volar mi zapato por cabeza. No sabes lo que me costó parar con tu sangrado.

Mi comentario le saca una pequeñísima sonrisa, ya que esta desapareció tan pronto como se asomó y en su lugar optó por nuevamente fruncir el ceño. ¿Es que acaso no sabe sonreír? ¿O verdaderamente es el dolor que le quita todo? En fin, no divago más y voy en busca de lo que necesito. Voy hacia mi closet y busco algo que le pueda quedar, y sin más opción que mis inmensas camisetas que uso como pijama y una manta, regreso hasta él.

—Toma, esto es lo único que puede quedarte de mi ropa, solo tengo esta camiseta, y para la parte de abajo puedes cubrirte con la manta. Dame la que traes para ponerlas a lavar.

Mi pedido claramente le afecta, porque prácticamente me deja con la mano suspendida, y ante su falta de respuesta yo opto por darle la espalda. Creo que quiere un poco de privacidad para quitarse la ropa, ¡qué tonta! Eso era. Así que espero, espero, y espero. Un minuto, dos minutos, tres minutos y todo sigue en un terrible silencio, tornándose cada vez más incómodo y yo sintiéndome aún más tonta por seguir de pie con esta posición.



Carolmiranda

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En el texto hay: comediaromantica, primeramor, primera vez

Editado: 14.05.2019

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