Bajo las luces de Londres Ii

Capítulo IV - Silencios de plomo y sal

Capítulo IV - Silencios de plomo y sal

El termómetro digital sobre la mesilla de noche dejó de emitir su alarma estridente. Con el paso de los días, la piel de John recuperó un tono menos translúcido, un atisbo de color que desafiaba la palidez de los últimos meses en el norte de África. La fiebre, aquella marea constante que borraba sus recuerdos y enturbiaba su pulso, cedió terreno ante un descanso prolongado y la medicación clandestina que Elena lograba dosificar hurtando las miradas del enfermero.

Una mañana, John se incorporó por su propio pie. Apoyó las palmas de las manos sobre el borde del colchón y contuvo el aliento mientras la musculatura de su espalda respondía al esfuerzo tras semanas de atrofia.

—No te precipites —dijo Elena desde el marco de la puerta, sosteniendo una taza de té humeante con ambas manos—. El ministerio sigue vigilando la frecuencia del agua y de la luz. Cualquier consumo anómalo encenderá las alarmas en el distrito.

John respiró hondo, llenando los pulmones de aire fresco que entraba por una rendija de la ventana blindada. Su voz, aunque ronca, recuperó la firmeza de antaño.

—Mis piernas responden mejor de lo que esperaba —murmuró, dando un paso vacilante hacia la alfombra—. El encierro empieza a pesar más que la propia enfermedad. ¿Hay noticias del frente sur?

Elena dejó la taza sobre la cómoda con un leve golpe seco y cerró el pestillo del dormitorio. Su rostro reflejaba horas de insomnio, pero en sus ojos brillaba una chispa de fría determinación.

—He hablado con Tomás —respondió en un tono apenas audible, pegando los labios al oído de John para evitar cualquier eco en los conductos de ventilación—. Logré contactar con él a través de una línea de voz empleada en el puerto de Amberes, utilizando los viejos códigos de cifrado comercial que no revisan con frecuencia. Tardó en responderme, pero al final atendió.

—¿Tomás sigue en Málaga? —preguntó John, apoyándose en el respaldo del sillón orejero para no perder el equilibrio.

—Sigue allí. Maneja una pequeña red de intermediarios náuticos en la zona de El Palo. Conoce cada recoveco de la costa, cada cala sin vigilancia y, sobre todo, sabe cómo hacer desaparecer a dos personas del radar fiscal y policial sin dejar rastro de papeles firmados. Le conté parte de nuestra situación, omitiendo los detalles del Proyecto Aqueronte por seguridad, y accedió a ayudarnos a cambio de los fondos que dejamos en la cuenta de Zúrich.

John asintió con la cabeza, evaluando los riesgos con la frialdad de quien ha pasado media existencia midiendo distancias entre la vida y la muerte.

—¿Tiene un lugar seguro para nosotros? Una casa aislada llamará la atención de los vecinos en cuestión de horas. En Andalucía, la curiosidad local funciona mejor que cualquier cámara de seguridad del Estado.

—Por eso mismo descartó las urbanizaciones nuevas —explicó Elena, cruzando los brazos con gesto tenso—. Me consiguió una vieja casa de pescadores situada en un callejón sin salida, cerca del arroyo de los Ángeles. Pertenece a una familia que emigró a Argentina hace años y cuyo casero apenas aparece por allí una vez por temporada para cobrar el impuesto de bienes inmuebles en efectivo. No tiene conexión de fibra óptica, ni contadores inteligentes de última generación. Todo se maneja a la antigua usanza: pagos en mano y discreción absoluta.

—Perfecto —aprobó John, dando un segundo paso con mayor seguridad sobre el parqué—. ¿Y el traslado? No podemos subir a un tren en la estación de Euston ni tomar un vuelo comercial en Heathrow. Los escáneres biométricos nos identificarán antes de cruzar los torniquetes.

—Tomás está organizando la logística del transporte —respondió Elena, acercándose a la ventana para observar la calle gris a través del cristal blindado—. Un camión de distribución de productos congelados procedente de Rungis hará escala en un almacén logístico de las afueras de Londres antes de cruzar el canal de la Mancha en el transbordador de carga pesada. El conductor es un viejo conocido de Tomás que transporta mercancías perecederas hacia el sur de España sin pasar por los controles rutinarios de aduanas de pasajeros. Nos ocultaremos en la cámara frigorífica posterior, entre las tarimas de pescado y los contenedores isotérmicos.

John esbozó una sonrisa torcida, mezcla de ironía y alivio.

—Viajar congelados para escapar del fuego del ministerio. Parece una metáfora adecuada para el final de nuestras carreras.

—No bajes la guardia —le advirtió Elena con dureza, posando una mano sobre su hombro—. El enfermero bajará dentro de veinte minutos para revisar el pulso. Tenemos que ensayar la coartada. Si nota el menor cambio en tu estado físico o descubre que hemos manipulado el ordenador, nos eliminarán antes de que podamos llegar a la puerta principal.

Durante los días siguientes, la rutina en el apartamento de Hampstead se transformó en una obra de teatro milimétricamente ensayada. John fingía debilidad cuando el cuidador cruzaba el umbral, arrastrando los pies con lentitud calculada y emitiendo suspiros que simulaban una recaída pulmonar. El enfermero, satisfecho con los datos que registraba en su tableta oficial, redujo sus inspecciones físicas a la mínima expresión, confiando en el termostato y en el aislamiento del edificio.

Aprovechando las horas nocturnas, mientras el zumbido sordo del monitor de constantes vitales marcaba el ritmo de la madrugada, Elena repasaba una y otra vez los archivos de la tarjeta Micro-SD en el ordenador sin conexión. Cada documento rescatado confirmaba la magnitud de la trampa en la que habían caído. Las órdenes del Proyecto Aqueronte no procedían de mandos intermedios del ejército, sino de un comité ejecutivo secreto formado por altos cargos de Whitehall y directivos de Apex Resources. El objetivo de los experimentos en África Occidental no era buscar una cura ni estudiar patógenos exóticos, sino comprobar la efectividad de un compuesto neurotóxico capaz de inhibir la voluntad humana sin dejar huella en las autopsias clínicas. John había sido elegido porque su historial en operaciones encubiertas lo convertía en el sujeto perfecto para medir el deterioro mental bajo condiciones extremas de estrés ambiental y aislamiento.




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