Bajo las luces de Londres Ii

Capítulo VI — Las venas del monte

Capítulo VI — Las venas del monte

El rugido ronco del motor diésel de la camioneta Land Rover Santanera sofocaba el bisbiseo del viento seco que descendía desde la cumbre de los Montes de Málaga. Tomás conducía con la vista fija en la pista de tierra batida, una cicatriz blanquecina que serpenteaba entre pinos carrascos, matorrales de romero y la parda desnudez de los escarpados. El sol del amanecer aún no calentaba el ambiente; flotaba en el aire un frío cortante, impregnado de resinosa humedad y polvo fino.

En la parte trasera del habitáculo, John permanecía en silencio, apoyando el hombro contra el marco de la ventanilla. El batir constante de la suspensión de ballestas sacudía sus articulaciones cansadas, pero el aire puro de la montaña parecía mitigar el embotamiento que la neurotoxina le había dejado en el encéfalo. A su lado, Elena repasaba el cierre de la mochila donde la pequeña tarjeta Micro-SD viajaba oculta en una fisura del dobladillo.

—Estamos entrando en el parque natural —dijo Tomás sin retirar las manos del volante de baquelita descolorida—. A partir de la siguiente curva, la cobertura celular se desploma. A Mateo no le gusta que la señal de las antenas de repetición ronde cerca de su morada.

—¿Sigue igual? —preguntó Elena, alzando la voz sobre el traqueteo de la caja de cambios.

—La paranoia es un arte que mejora con la soledad —masculló el marinero—. Desde que los sistemas de la red marítima de Algeciras detectaron su intrusión, está convencido de que los ingleses usan satélites de órbita baja para medir los picos de consumo eléctrico de los cortijos. Por eso se aisló aquí arriba. Si no hay contador a tu nombre, dice él, no existes.

—Olvida que a los satélites no les interesan los contadores, sino el calor —murmuró John con la voz rasgada, mirando hacia las laderas secas.

—A Mateo no le expliques cómo funciona el mundo, John —replicó Tomás sin mirarle por el retrovisor—.

Él construyó su propia vida para no tener que dar explicaciones a nadie. Ni a ti, ni a los hombres que te dejaron esa cara de difunto.

La camioneta coronó una loma escarpada y descendió por una cañada angosta rodeada de ruinas de antiguos cortijos dedicados en otro tiempo a la pisa de la uva. Al fondo del barranco, semioculto por una arboleda de almendros secos y encinas centenarias, se erigía una construcción de piedra y tapial con el tejado mitad derrumbado y mitad parcheado con chapas de zinc ondulado.

Seis paneles solares cubiertos por una fina pátina de polvo se alineaban sobre un armazón de tubos de aluminio junto al lateral oeste. Un mástil de antena de radio de aficionado, sujetado con cables de acero tensados, sobresalía por encima de las vigas rotas, apuntando al cielo despejado como una lanza.

Tomás detuvo el vehículo a unos cincuenta metros de la fachada, apagó el motor y dio dos ráfagas rápidas de luz con los faros antes de quitar la llave del contacto.

—Las manos donde las vea el viento —advirtió Tomás, escupiendo por la ventana—. Mateo montó sensores piezoeléctricos en el camino. Sabe con exactitud cuánto pesamos desde que la rueda delantera tocó la primera curva.

Descendieron de la furgoneta. El silencio del monte los envolvió de golpe, roto solo por el crujido de la grava bajo sus botas y el chirrido distante de una rapaz planeando sobre la garganta de los arroyos.

La puerta de madera maciza de la entrada al cortijo, reforzada con pletinas de hierro cruzadas, se abrió con la lentitud de un portón de fortaleza.

De la penumbra del umbral emergió un hombre delgado, casi enjuto, vestido con un jersey de lana raído de color pardo y pantalones tácticos descoloridos. Su cabello canoso, cortado a ras de forma irregular, enmarcaba un rostro surcado por arrugas profundas y unos ojos desorbitados por años de insomnio frente a pantallas e instrumentos. Sostenía en la mano izquierda un receptor de frecuencias modificado con una pequeña antena parabólica artesanal orientada hacia el camino.

—Traes peso muerto, Tomás —dijo el hombre. Su voz era quebradiza, áspera por la falta de uso y el exceso de tabaco de picadura.

—Traigo a quienes pagaron el alquiler de este agujero durante tres años —respondió el marinero, dando un paso al frente con calma fingida—. Pero deberías darles las gracias. Sigues teniendo tejado sobre la cabeza.

Mateo fijó sus pupilas sobre Elena. Tardó unos segundos en reconocer los rasgos bajo el cansancio del viaje y el polvo del camino.

—La diplomática —musitó el informático, bajando el receptor con lentitud—. La que convenció al comité de Ginebra de que los servidores de la embajada en Viena habían sufrido un cortocircuito y no un vaciado de registros.

—Hola, Mateo —saludó ella con una inclinación de cabeza helada—. Veo que el aire del monte no ha curado tus modales.

—El aire del monte conserva la carne, no la educación —el anciano desvió la mirada hacia John, reparando en su andar rígido y en la sombra grisácea que bordeaba sus cuencas oculares—. Te dieron de comer algo pesado en Londres. Hueles a hospital y a producto químico desde aquí.

—Sigo en pie —contestó John, sosteniendo la mirada del viejo con severidad.

—Por poco tiempo —sentenció Mateo—. Entrad. Las sombras se acortan y no me gusta el reflejo del sol sobre la carrocería de esa chatarra.

El interior del cortijo era una extraña y claustrofóbica simbiosis entre un inmueble agrícola abandonado y un centro de datos clandestino. Las paredes de cal desnuda albergaban estanterías abarrotadas de placas base, discos duros destripados, bobinas de cable de red y bancos de baterías de litio rescatadas de vehículos fuera de uso. Dentro de la nave principal, sobre una mesa de trabajo construida con un grueso tablón de pino y dos caballetes de hierro, parpadeaban cuatro monitores alimentados por el zumbido sordo de un inversor de corriente.

El aire olía a soldadura de estaño, a café concentrado y al aroma rancio del aceite de linaza.




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