Bajo las luces de Londres Ii

Capítulo V — El reverso de la luz

Capítulo V — El reverso de la luz

El pestillo del portón trasero cedió con un chasquido seco que resonó en el polígono industrial a las afueras de Calais. El vapor acumulado en la cámara de congelación brotó hacia la penumbra de la madrugada francesa como un aliento ceniciento, espeso y denso.

John fue el primero en apoyar las botas sobre el asfalto mojado. Sus rodillas crujieron, resintiéndose tras diez horas de inmovilidad entre palés de bacalao y bloques de hielo seco, pero la firmeza de sus pies sobre el suelo firme tuvo el efecto de un tónico inmediato. Se sujetó al borde del bastidor de hierro durante tres segundos, tomando una bocanada de aire exterior. Olía a gasoil, a marea baja y a salitre rancio.

Elena saltó a su lado con un movimiento felino y enérgico, cargando la mochila al hombro. No había rastro de temblor en sus gestos. Ajustó el cuello de su abrigo de lana hasta la barbilla y miró de reojo al conductor.

El hombre de la cicatriz en la ceja no descendió de la cabina. Mantuvo la mirada fija en el retrovisor exterior, con el motor de seis cilindros ronroneando al ralentí para ocultar cualquier ruido secundario. Estiró el brazo por la ventanilla y dejó caer un sobre de papel de estraza encima de una barrica de aceite vacía.

—Un servicio exprés de aviación privada desde el aeródromo de Lesquin os costaría la mitad de lo que hay en ese sobre —masculló el búlgaro con su inglés áspero, sin volver la cara—. Pero en los vuelos comerciales de escala corta desde Lille a la costa sur nadie pide un análisis de sangre. Tenéis dos horas para llegar a la terminal. La furgoneta de enlace espera tras los depósitos de grano.

—¿Y el camión? —preguntó Elena, manteniendo la voz baja.

—El camión sigue hacia Amberes a descargar pescado —el hombre escupió una hebra de tabaco hacia el barro—. A partir de este metro de asfalto, nunca habéis estado en Calais.

John tomó el sobre antes de que la brisa del canal lo desplazara hacia el charco. Dentro encontró dos pasaportes italianos de cubierta desgastada, un par de tarjetas de embarque impresas en papel térmico para un vuelo regular a Málaga con despegue a primera hora de la mañana, y tres fajos finos de billetes de cincuenta euros unidos por gomas elásticas.

—Tomás cambió el itinerario a última hora —murmuró Elena, examinando la fotofijación del documento que llevaba su nueva identidad—. Dos días por carretera atravesando la península en un remolque refrigerado habrían destruido tus pulmones antes de cruzar el Ebro. Un vuelo doméstico europeo con identidades de la zona Schengen plantea menos preguntas a los lectores ópticos si sabemos mezclarnos con los turistas de invierno.

—Un riesgo medido sigue siendo un riesgo —repuso John, frotándose las palmas heladas para devolver el riego a los dedos—. Whitehall controla los servidores de la policía de fronteras en el canal. En cuanto noten la ausencia del enfermero en Hampstead, enviarán los vectores biométricos a todas las bases de datos continentales.

—Entonces asegurémonos de estar a tres mil pies de altura antes de que en el ministerio terminen su primer café de la mañana.

El vestíbulo del aeropuerto de Lille-Lesquin olía a detergente industrial y a café quemado. Luces de tubo fluorescente zumbaban en el techo alto, proyectando sombras alargadas en el suelo de linóleo brillante. A esa hora, la terminal albergaba apenas a un puñado de pasajeros: tres viajeros de negocios con carpetas de piel bajo el brazo, una familia con niños pequeños dormidos sobre los equipajes y un par de mochileros exhaustos.

John caminaba al lado de Elena manteniendo un ritmo pausado, calculando la distancia exacta entre el área de facturación y los arcos del control de seguridad. Su cuerpo erguido ocultaba la debilidad muscular que aún le agarrotaba los omóplatos, aunque la palidez de sus mejillas pasaba desapercibida bajo la luz fría de la terminal.

Al acercarse a la zona de lectura de tarjetas, un agente de la gendarmería con el fusil de asalto colgado del pecho observó la pantalla de control con expresión apática.

—Documentos, por favor —solicitó el agente en francés, sin levantar la vista del teclado.

Elena entregó los dos pasaportes italianos con una fluidez pasmosa. Apoyó la mano derecha sobre el mostrador, dejando ver una alianza de plata que Tomás había incluido en la logística del paquete.

—Buenos días. Vamos a Málaga —dijo en un francés impecable, matizado con un sutil acento turinés que delataba años de formación en la diplomacia europea.

El agente ojeó las páginas de los documentos. El lector óptico emitió un pitido grave. Para John, ese pequeño pulso sonoro se sintió como el disparo de un percutor a pocos centímetros del oído. Contuvo la respiración durante un segundo interminable, sintiendo cómo el frío del veneno militar parecía retornar por un instante a sus extremidades.

El funcionario devolvió los pasaportes con un gesto indiferente.

—Buen viaje. Tienen la puerta cuatro al fondo a la izquierda.

Cruzaron el arco detector sin activar la alarma. En la sala de espera posterior, las grandes vidrieras mostraron la silueta oscura de un Airbus de fuselaje estrecho recibiendo combustible bajo la llovizna del norte.

Al subir la escalerilla metálica y ocupar sus asientos en la fila dieciocho, John apoyó la cabeza contra la ventanilla fría. El temblor involuntario de sus manos cedió por fin cuando los motores de chorro comenzaron su zumbido progresivo, empujando la nave hacia la pista de despegue.

—Estás pensando en el enfermero —dijo Elena en un susurro, mientras el avión ganaba altitud atravesando la capa densa de nubes grises.

John no giró la cabeza. Miró el manto blanco que se extendía bajo ellos como un océano sin orilla.

—Pensaba en la tarjeta Micro-SD que llevas en el forro —corrigió él con voz apagada—. Ese trozo de plástico pesa más que todo el equipaje del avión. Si en Whitehall se dan cuenta de que no tenemos intención de venderla sino de usarla como un hacha, la orden de ejecución cambiará de tono. Ya no querrán analizar mi sangre. Querrán borrarnos de la tierra.




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