Durante mucho tiempo creí que perder a alguien era lo más doloroso que podía sucederme.
Después entendí que había algo peor.
Perderme a mí misma.
No ocurrió de un día para otro. No hubo una mañana en la que despertara y dejara de reconocerme frente al espejo. Fue mucho más lento. Casi imperceptible.
Primero dejé de visitar a mi familia.
Después dejé de hacer las cosas que me gustaban.
Más tarde abandoné mis sueños.
Y, cuando quise darme cuenta, había aprendido a vivir en silencio.
Me llamo Anna.
Soy madre de una niña llamada Ciara.
Y esta es la historia de cómo olvidé quién era por amor...
y de cómo aprendí a encontrarme otra vez.