Nuestra casa era enorme.
Tan grande que a veces sentía que el silencio podía caminar por los pasillos.
Había habitaciones que casi nunca utilizábamos.
Una cocina demasiado grande para dos personas.
Un jardín precioso que nadie disfrutaba.
Y una mesa en la que cada vez hablábamos menos.
Él llegaba tarde.
Yo había dejado de preguntarle cuándo volvería.
Ya no quería discutir.
Ya no quería reclamar.
Ya no quería escuchar que estaba exagerando.
Me acostumbré a vivir con migajas de atención.
Y eso fue quizás lo más peligroso.
Porque uno puede acostumbrarse a casi cualquier cosa.
Incluso a sentirse solo estando acompañado.
Por las noches miraba a Ciara dormir.
Ella abrazaba sus muñecos y respiraba tranquilamente.
Yo me preguntaba qué clase de infancia estaba construyendo para ella.
Una infancia llena de cosas...
pero vacía de afecto.
Entonces empecé a recordar a la mujer que había sido.
La que tenía sueños.
La que reía.
La que quería estudiar.
La que tenía proyectos.
¿Dónde estaba?
No sabía responderme.
Quizás seguía allí.
Quizás simplemente llevaba demasiado tiempo encerrada.