No sabía cuánto había extrañado mi familia hasta que regresé.
Era extraño.
La misma casa.
Los mismos rostros.
Pero yo ya no era la misma mujer que había salido de allí años atrás.
Ciara, en cambio, parecía estar renaciendo.
Mi padre la llevaba a la guardería.
La esperaba a la salida.
Jugaba con ella durante horas.
Le enseñaba a cuidar a los animales.
Mi madre preparaba sus comidas favoritas.
Por las noches le leía cuentos.
Y poco a poco vi algo que me rompió el corazón.
Ciara estaba feliz.
La tristeza que durante tanto tiempo había visto en sus ojos comenzaba a desaparecer.
Había una luz allí.
Una luz que siempre había debido estar.
Una tarde mi padre llegó con ella de la mano.
—Abuelo, mira lo que hice.
Tenía las manos llenas de tierra.
Mi padre se rio.
—¿Qué hiciste?
—Ayudé a cuidar a los animales.
La miré.
Y sonreí.
Pero por dentro lloré.
Porque comprendí que mi hija había encontrado en mi familia algo que yo no había podido darle durante aquellos años.
Y entonces apareció una pregunta que no pude evitar:
¿Y yo?
¿Quién iba a cuidarme a mí?