El tratamiento comenzó.
No fue rápido.
No fue sencillo.
Hubo días buenos.
Hubo días horribles.
Días en los que creía que estaba avanzando y al siguiente sentía que había vuelto al principio.
Aprendí a respirar.
A reconocer mis pensamientos.
A entender que el miedo no siempre significaba peligro.
Aprendí que pedir ayuda no me hacía débil.
Y lentamente empecé a salir.
Primero al jardín.
Después hasta la esquina.
Más tarde acompañé a Ciara.
Cada pequeño paso parecía insignificante para el resto del mundo.
Para mí era una victoria.
Una mañana me quedé frente al espejo.
Hacía mucho tiempo que no me miraba realmente.
Vi a una mujer cansada.
Pero también vi algo más.
Una pequeña parte de aquella joven que había sido.
Seguía allí.
Había sobrevivido.
La había abandonado durante años, pero no había desaparecido.
—Perdón —susurré.
No sabía exactamente a quién se lo decía.
Quizás a mí.
Quizás a la mujer que había dejado de soñar.
Quizás a aquella joven que alguna vez creyó que merecía una vida propia.