¶ El imbécil del café ¶
KIARA
Odiaba los lunes.
No era una manía pasajera ni una exageración de esas que soltaba la gente cuando sonaba el despertador. Los lunes eran, sencillamente, una desgracia. Y aquella mañana estaba a punto de convertirme en la prueba viviente de mi propia teoría.
Todo empezó con el despertador.
Después vino el autobús que casi perdí, la lluvia que me empapó el pelo y el café que tuve que comprar en la cafetería de al lado de la oficina porque no me había dado tiempo a desayunar en casa.
Y, por si aquello no era suficiente, un desconocido acababa de chocarse conmigo en mitad del pasillo de Aureon Group.
Mi café terminó sobre mi camisa blanca.
Me quedé inmóvil, mirando la mancha marrón que se extendía por la tela.
No.
No, no, no.
El vaso que llevaba en la mano había quedado prácticamente vacío, mientras que el suyo había terminado en el suelo.
Levanté la cabeza despacio.
El responsable del desastre estaba delante de mí, sujetando su vaso vacío y mirándome con una expresión que dejaba bastante claro que tampoco estaba especialmente contento con la situación.
Me quedé inmóvil, mirando la mancha marrón que se extendía por la tela.
Era alto, de pelo castaño y ojos oscuros. Llevaba una camisa negra con las mangas remangadas y unos pantalones del mismo color. Tenía la mandíbula tensa y una mirada seria que habría conseguido que cualquiera se lo pensara dos veces antes de dirigirle la palabra.
Yo, evidentemente, no era cualquiera.
—¿Te importaría mirar por dónde vas? —pregunté, intentando contenerme.
Él bajó la vista hacia mi camisa.
—Podrías haber apartado el camino.
Parpadeé.
¿Acababa de decirme eso?
—¿Perdona?
—Que también podrías haber mirado tú.
Lo observé durante unos segundos, esperando que se diera cuenta de lo absurdo que sonaba.
No ocurrió.
—El café es tuyo —le recordé, señalando la mancha.
Miró el vaso que tenía en la mano.
Después volvió a mirarme.
—Cierto.
Esperé una disculpa.
Una palabra. Un gesto. Algo que demostrara que sus padres no habían desperdiciado completamente su tiempo educándolo.
En cambio, se encogió de hombros.
—Entonces estamos en paz.
Solté una risa incrédula.
—¿Estamos en paz?
—Tú tienes café en la camisa y yo me he quedado sin desayuno. Una tragedia para ambos.
Lo miré con una sonrisa tan falsa que hasta yo habría desconfiado de mí misma.
—Tienes razón. Una tragedia. Aunque creo que sobreviviré.
—Me alegro por ti.
Y se marchó.
Así, sin más.
Ni una disculpa ni una servilleta. Ni siquiera tuvo la decencia de mirar atrás.
Me quedé observándolo mientras se alejaba por el pasillo, con unas ganas tremendas de lanzarle el vaso a la cabeza.
—Imbécil —murmuré.
—¿Hablando sola tan temprano?
Cerré los ojos.
Aquella voz sí que la reconocía.
—Buenos días, Bianca.
Mi mejor amiga apareció a mi lado con dos cafés y una sonrisa que me hizo sospechar que había escuchado más de lo necesario.
Me tendió uno de los vasos y miró mi camisa.
—¿Qué te ha pasado?
—Un accidente de tráfico.
Frunció el ceño.
—¿Te ha atropellado un coche?
—Peor. Un hombre.
Bianca abrió la boca, interesada de repente.
—¿Un hombre?
—No empieces.
—Todavía no he dicho nada.
—Pero estás a punto.
Sonrió de oreja a oreja.
—¿Era guapo?
La miré como si acabara de preguntarme si el café sabía a café.
—Me ha manchado la camisa, no me ha pedido perdón y encima ha tenido la desfachatez de decirme que estamos en paz.
—Vale, pero ¿era guapo?
—Bianca.
—Es una pregunta completamente objetiva.
Suspiré y empecé a caminar hacia mi despacho.
—Era un maleducado con complejo de superioridad.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Pues qué pena.
La escuché reírse mientras me seguía.
Bianca Morelli tenía un talento especial para encontrar la parte divertida de cualquier situación, incluso cuando yo estaba a dos segundos de perder los nervios. A veces la admiraba por ello. Otras veces me planteaba seriamente cambiar la cerradura de mi casa.
Nos conocíamos desde hacía años y trabajábamos juntas en Aureon Group, una empresa de Dublín especializada en grandes eventos, campañas de comunicación y proyectos para clientes importantes.
Yo era responsable de proyectos. Había conseguido el puesto trabajando más horas de las que me gustaba reconocer y demostrando que podía hacer mi trabajo tan bien como cualquiera.
No me habían regalado nada.
Por eso me molestaba tanto que algunas personas siguieran mirándome como si mi edad fuera un impedimento para hacer bien las cosas.
Y por eso tampoco soportaba a los hombres que se creían con derecho a tratarme como si fuera inferior.
El desconocido del café acababa de ganarse un puesto en mi lista negra sin necesidad de decirme su nombre.
—Por cierto —comentó Bianca cuando llegamos a nuestros despachos— Alexander quiere que estemos en la sala de reuniones dentro de quince minutos.
Dejé el bolso sobre la mesa.
—¿Para qué?
—Va a presentar a alguien nuevo.
Abrí el ordenador y revisé rápidamente los correos pendientes.
—¿Alguien nuevo en nuestro departamento?
—Eso he entendido.
—¿Y por qué me entero por ti?
Bianca se sentó frente a su ordenador.
—Porque quizá el director de la empresa tiene cosas más importantes que hacer que informarte personalmente de cada movimiento.
Le lancé una mirada.
—No te pongas de su parte.
—No me pongo de parte de nadie. Solo digo que no eres la emperatriz de Aureon Group.
—Ja Ja que graciosa
Intenté concentrarme en mis correos, pero no dejaba de pensar en la camisa. La mancha seguía ahí, justo donde más se veía, y no tenía tiempo de volver a casa para cambiarme.
Editado: 13.10.2026